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El primer problema que tuvo Pedro García el último viernes de enero con el bus que debía llevarlo a Chapinero, fue pagar su pasaje con un billete de cinco mil, pero a las siete de la mañana no tenía dónde cambiarlo por “más sencillo”, como le gritó el conductor. Él le dijo que esperaría a que tuviera vueltas. Intuía, sin embargo, que no habría “vueltas”, pues como todas las mañanas, en cinco cuadras el bus se llenaría por completo y sería imposible que aquellas vueltas llegaran a sus manos. Así ocurrió. No obstante, García se impuso la tarea de recuperar lo que le debían y, entre pisotones, apretujones, gritos y manotazos, le exigió al conductor que le diera su dinero.
Alcanzó a escuchar algunas palabras. No les prestó mayor atención. Abrió su mano y recibió los supuestos cuatro mil cien pesos que le adeudaban, sucios, arrugados y, seguro, rotos. No los contó, simplemente porque era imposible que allí, de pie, entre decenas de pasajeros, con un bus que iba a más de 80 kilómetros por hora, pudiera mantenerse en pie. Sin más, decidió ir hasta la puerta trasera de nuevo para bajarse. Timbró. El bus se detuvo dos cuadras más allá de lo presupuestado y en la mitad de la Avenida Novena. Nervioso, molesto, García bajó, un poco lento porque quería mirar si pasaba una moto o alguien por el carril derecho. Tenía que darse prisa, él era consciente de que debía apurarse, pues el acelerador ya hacía rugir el motor del vehículo.
Sin embargo, se demoró unos instantes, mientras aguardaba a que pasara una moto que bien podría haberlo arrollado. Luego, cuando puso su pie derecho sobre el asfalto, el conductor cerró la puerta y arrancó. Los pasajeros gritaron “que la puerta lo cogió, que abra, señor, que pare, deténgase, ¡oiiiga!”. García golpeó como pudo y con lo que pudo la carrocería, el vidrio y lo que encontró por ahí. Si no acabó en el suelo, fue porque un señor lo agarró del brazo por la ventanilla trasera del vehículo. Unos cuantos metros después del accidente, el señor conductor “tuvo a bien” frenar. Ya en la acera, exaltado e impotente, García sacó un papelito y un lápiz para anotar la placa del bus. “Estaba borrosa”, diría luego. “Lo único que alcancé a tomar fue la empresa, Coointracóndor”.
Luego supo, por el amigo de una amiga, que esa empresa, precisamente esa empresa, cuyo nombre exacto era Cooperativa Integral de Transportes El Cóndor, fue la que más accidentes tuvo en 2007: 1.515. Hizo cuentas rápidamente. Por día, los 412 buses de Coointracóndor que tienen asignadas 13 rutas de Bogotá, sufrieron, en promedio, 4,1 accidentes, que arrojaron un total de 10 muertos y 70 heridos. “No, no, hermano —explicaba la semana anterior uno de sus conductores—, es que ustedes no tienen ni idea de lo que uno tiene que vivir en la calle, con las carreras, los pasajeros, los otros buses y uno despierto desde las cinco de la mañana o antes”.
Los trancones, la lluvia, el peatón que se atraviesa, la guerra del centavo desatada por todas las calles de la ciudad, las horas sin dormir, el policía que pide su parte para que no haya parte, el hampón que pide su cuota para que no haya retaliaciones, los atracadores que se suben donde sea y a la hora que sea, los vendedores-cantantes-rezanderos-pintores ambulantes, los controles de la empresa: “que la 742, mi hermano, pasó hace 30 segundos”. Recibir los 900 del pasaje, contarlos y verificar que no haya falsedades, guardar cada moneda y cada billete en el lugar correspondiente, buscar entre los fajos las denominaciones necesarias para entregar las vueltas, y entre las monedas, la moneda de 100, que al final del día, irremediablemente, se agota…
La vida del chofer de bus no es para nada sencilla. “En la calle nadie te regala nada”, dice uno de ellos. Sin prestaciones en la mayoría de los casos, sin seguros ni horas extra, a veces es fácil que caigan en la tentación de devolver menos de lo que corresponde, de meter un pasajero por la puerta de atrás. Todo el mundo lo sabe, todo el mundo tiene que aceptarlo. Alguna vez, unos años atrás, un profesor argentino se subió a un bus urbano y le preguntó al conductor si le permitía sentarse a su lado. Quería ver y saber de cerca cómo funcionaba ese mundo raro sin paraderos ni orden ni tiquetes. Recorridas algunas cuadras, el profesor le preguntó al chofer si ellos estaban en algún sindicato, si tenían algún gremio que los agrupara. El conductor le respondió: “¿Usted está loco? Lo que menos queremos nosotros son pruebas o papeles, no queremos ni pruebas ni papeles de nada, los documentos siempre lo hunden a uno”.
Los transportadores son de tiempo atrás los “malos” de la película. Nadie los quiere, pocos los defienden. Sin embargo, uno y otros acaban por rendirse a sus pies. Su poder parece infinito. Tampoco responden cuando se les busca, como ocurrió la semana que termina con la gerente de Coointracóndor, Gloria Estela Silva. “¿Para qué sería?”, preguntó más de 10 veces su secretaria. “Que no está, que más tarde le devuelve la llamada, que ella es la única autorizada para dar declaraciones”, decía luego.
El último accidente grave de Coointracóndor fue registrado por los medios el pasado 3 de febrero. “Accidente de tránsito deja 27 personas heridas”, decían los titulares de los periódicos. Un portal de internet, Bogotanos.com, relataba luego que “Tras chocar contra una barrera de seguridad en una curva, un vehículo de servicio público se volcó en el barrio Lucero Medio, al sur de la capital. Aunque la mayoría de los lesionados presentaron heridas leves, los mismos fueron trasladados al Hospital Meissen, en donde los primeros partes médicos confirmaron que había una mujer en estado de embarazo, quien manifestó fuertes dolores abdominales, y un menor de 16 años que llegó con la boca cortada. Según las primeras versiones de la policía de tránsito, la buseta perteneciente a la empresa Coointracóndor y de placas VDC-567 chocó en la barrera de seguridad tras descender una pendiente a una velocidad que superaba los límites en esa zona. Al parecer, la impericia del conductor al descender por las estrechas calles del barrio Lucero Medio, en la localidad Ciudad Bolívar, provocó el siniestro en la calle 68 sur con carrera 18. El conductor fue la persona, que según testigos, presentó heridas más graves. Cuatro de los lesionados ya fueron dadas de alta. Otra de las hipótesis que manejan las autoridades es que el vehículo se haya quedado sin frenos justo cuando descendía por la pendiente”.
El bus iba “como llevado por el diablo”, fue lo que dijeron algunos testigos de Lucero Alto, que, según la Policía, movilizaron a algunos de los heridos dejándolos en el hospital. La empresa no emitió comunicados, ni en ése ni en los 1.500 accidentes del año pasado, como si sus buses fueran fantasmas con la particularidad de generar accidentes.
LA SECRETARÍA DE MOVILIDAD RESPONDE
1. En la actualidad no hay la normatividad que nos permita responsabilizar a la Empresa por los accidentes que causen los vehículos afiliados.
2. La mayoría de empresas transportadoras son afiliadoras de vehículos y la operación efectiva está a cargo del dueño y del conductor, razón por la cual hay una ruptura en la cadena de la responsabilidad civil.
3. Sin embargo, hay algunas empresas que llevan un control sobre la accidentalidad de sus vehículos y motivan a sus conductores para una conducción segura. Es el caso de las empresas Cooptransbosa, Sidauto, Promotora Universo, Cooptranscompartir y Cooptranskennedy, que registraron el menor número de incidentes en el año 2007.
4. La solución de esta situación se tendrá de manera definitiva en la implantación del Sistema Integrado de Transporte Público, SITP, debido a que las empresas transportadoras se convertirán en empresas operadoras, dueñas de los buses y los conductores tendrán contrato de trabajo, tendrán jornadas laborales definidas. Estas empresas operarán bajo un contrato que obligará al cumplimiento de indicadores de calidad e impondrá multas por deficiencias, tales como una accidentalidad elevada de sus vehículos y la falta de un sistema de gestión de la seguridad vial.