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Los hombres de hierro

El Espectador, a manera de entregas, le cuenta desde hoy  las historias de los monumentos de la capital, a raíz de la publicación del libro “Bogotá, un museo a cielo abierto”, editado por el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural.

Redacción Bogotá
03 de octubre de 2008 – 06:56 p. m.

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El mismo día de la inauguración de la nueva sede del Museo de Bogotá, en la casa que fuera del Virrey Sámano, el último de los virreyes españoles, se lanzó el libro y la exposición que lleva el mismo nombre, “Bogotá, un museo a cielo abierto”. El texto, un documento bellamente editado, contiene la historia de las diferentes estatuas que hay y otras que ya no están, pero pasaron a la historia de Bogotá.

La primera entrega de esta publicación, cuya investigación y edición estuvieron a cargo del Instituto Distrital de Patrimonio, relata la historia de los monumentos de personajes tan disímiles como Tomás Cipriano Mosquera hasta Guglielmo Marconi, el inventor del telégrafo, pasando por el célebre Mono de la Pila, un verdadero ícono de la Bogotá de siglos pasados, y La Rebeca, ahora restaurada.

El Espectador, en varias entregas, irá relatando la historia de estos personajes que observan, en silencio, cómo el mundo gira y gira, mudos testigos de las épocas, las revoluciones, la sangre en las calles, el tráfico y la vida diaria de la capital.

De la misma forma, el relato recorrerá aquellos que aún están y todos los demás que se han ido para no volver, aquellos que la planeación urbana, el afán desordenado de crecimiento, han relegado a la bodega de un coleccionista obsesionado o, peor aún, a algún horno de fundición a donde ha ido a parar la gloria o infamia de todos los que fueron inmortalizados, para bien o para mal, en hierro, bronce, mármol o concreto.

El Caudillo

Siempre con el brazo en alto, con las cejas fruncidas, con los labios tensos, con el discurso enardecido y elocuente: “Yo no soy un hombre, soy un pueblo”. Siempre Jorge Eliécer Gaitán. Para inmortalizarlo, para que su memoria no muriera, para que trascendiera el hombre que pudo cambiar la historia de Colombia, como repiten cientos de voces seguidoras de El Caudillo, el 15 de julio de 1962, a las 11:00 a.m., se inauguró en el barrio La Perseverancia este monumento. No hubo un autor que pasara a la historia. Es una obra anónima. También está El Caudillo en un busto en el barrio El Centenario y otro en el parque del barrio Ricaurte, pero éste tiene color, el rojo y blanco del Partido Liberal, el partido de Gaitán.

El mono paseador

En 1775 fue instalada en la Plaza Mayor una fuente de gran altura coronada por una figura que se pensaba, era Neptuno, el Dios de los Mares en la mitología romana. En tierras del Sagrado Corazón fue rebautizado como San Juan Bautista. Los habitantes de Bogotá no entendieron quién era quién y se referían al ídolo que dominaba la fuente como el muñeco, el

matacho, el mono de la pila. En este lugar estuvo hasta 1846, cuando fue reemplazado por la estatua de Bolívar. Ese año la fuente fue trasladada a la Plazuela de San Carlos, donde estuvo hasta 1940, año en que encontró su última locación en el Museo de Arte Colonial.

El Almirante Padilla

Durante la Guerra de Independencia, José Prudencio Padilla militó en las filas de la Armada colombiana. Dedicó su vida a esa institución hasta comienzos de 1828, cuando fue encarcelado, según algunos textos de historia, por la infamia y traición de sus antiguos compañeros de armas. La noche del 25 de septiembre de ese mismo año, mientras el Libertador y Presidente de la Gran Colombia, Simón Bolívar, era víctima de un atentado, algunos seguidores de Padilla escalaron las paredes de la  cárcel y después de asesinar al coronel José Bolívar, que lo custodiaba, liberaron al almirante y lo reconocieron como su jefe. Fue capturado nuevamente, condenado a muerte y fusilado en la Plaza de la Constitución de Bogotá. Su monumento, inaugurado el 7 de agosto de 1940, reposa en el barrio La Soledad.

El eterno presidente

Rafael Núñez nació en 1825 en Cartagena. El lado oficial de la historia lo sitúa dentro de los grandes prohombres de Colombia: llegó a la Presidencia de la República en cuatro ocasiones, fue el autor del texto del himno nacional y un activo militante político.

La otra historia lo retrata, no como el héroe nacional, el gran hombre detrás del país, sino como un ser a quien le aburría profundamente la presidencia, tanto así que se retiraba cada vez más a menudo a su hacienda, ubicada en Cartagena, El Cabrero. Asimismo, varios documentos   hablan de su resentimiento, de su afán por conquistar mujeres a pesar de su escaso encanto físico: “Conquistaré el mundo para así conquistar a las mujeres”, habría dicho en alguna ocasión el ex presidente. Su estatua se encuentra desde 1922 en el patio sur del Capitolio.

“El Sabio Caldas”

Francisco José de Caldas pasó a la historia como “El Sabio Caldas”. Como los grandes hombres medievales, Caldas acumuló conocimientos en varios campos: ciencia, geografía, botánica y astronomía, además fue de los primeros periodistas

que existió en lo que entonces era la Colombia antes de la Independencia. Nació en Popayán en 1768. Fue uno de los alumnos de otro sabio, José Celestino Mutis, en el ilustre Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario.

Murió cobardemente fusilado por la espalda por las tropas realistas, que reconquistaron el país en 1816, el 28 de octubre de ese año en la plazuela de San Francisco, en donde hoy queda el Parque Santander. Pablo Morillo, el carnicero enviado por España, exclamó, justo antes del fusilamiento, que “La Corona no necesita de sabios”.

La estatua del “Sabio” se encuentra en la calle 20, entre las carreras séptima y octava, en la Plaza Caldas. Se inauguró el 6 de agosto de 1910. El autor fue Charles Raoul Verlet, la cual donó el Polo Club a la ciudad con ocasión del primer aniversario de la Independencia.

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La diosa de la sabiduría

Dice la mitología romana que Minerva  —la diosa de la sabiduría, las artes y las técnicas de la guerra— era la hija predilecta del Olimpo. Tenía los dones de la adivinación y de prolongar a su voluntad la vida de los mortales. Dice también esta mitología que todo lo que la diosa de la sabiduría disponía con un gesto de su cabeza, era irrevocable y que todo lo que prometía se cumplía sagradamente. Minerva corresponde a la diosa Atenea en la mitología griega. Su monumento reposa, desde abril de 1958, en las afueras de la Biblioteca Luis Ángel Arango, en el centro de la capital. Según los textos históricos, la estatua de Minerva, hija de Júpiter, fue fundida en la ciudad de Florencia, Italia, y su creador fue el escultor italiano Vico Consorti.

Monumentos desaparecidos en la capital

Guglielmo Marconi, Premio Nobel de Física en 1909. Su monumento, inaugurado el 1° de diciembre de 1938, fue donado por la colonia italiana. Primero la escultura de Marconi estuvo en el jardín oriental de la Biblioteca Nacional de Colombia. Después fue trasladado al parque del barrio Quinta Camacho, donde fue hurtado en 2006.    

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El busto del poeta peruano José Santos Chocano, llamado ‘El Cantor de América’, se realizó en 1941. Estaba acompañado de los escudos nacionales de Colombia y Perú, hechos en bronce por Bernardo Vieco, uno de los primeros fundidores de Colombia. La inauguración (foto) estuvo presidida por el embajador de Perú y el poeta Rafael Maya.     

El martes 7 de noviembre de 1933 se expuso al público la estatua de Rafael Pombo, obra de Luis Alberto Acuña. La escultura estaba ubicada en el costado norte del Parque Santander.    

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A mediados 1930 se inauguró el monumento del poeta José Asunción Silva, en el Parque Santander. Años después este busto, obra de Ramón Barba, fue trasladado al Parque del Centenario.   

La escultura del escritor Jorge Isaacs reposaba en el Parque del Centenario desde el 20 de abril de 1947. Fue donado por el poeta vallecaucano Cornelio Hispano.   

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