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En la puerta del lugar —campestre, de 20 mil metros cuadrados—, una placa que reza “un joven en dificultad es un reclamo de amor” y adentro Julio*, a punto de cumplir los 18 años, que te cuenta que creció trabajando como vendedor en un depósito de papas y el resto del tiempo en la calle. Estudié hasta 7° de bachillerato, te explica, pero las malas amistades y las drogas lo van envolviendo a uno y uno se va llenando de enemigos. Ya llevo aquí 23 meses y dos intentos de fuga. ¿Quieres hablar de por qué entraste aquí?, le preguntas sabiendo que será una respuesta dolorosa y él asiente sin titubeos: homicidio doloso, te dice sin dramas, como si dijera “hace sol” o “tengo hambre” y remata: doloso es cuando matas con sevicia.
En la entrada del lugar —llamado Escuela de Trabajo El Redentor, aunque es más conocido como el centro de reclusión El Redentor, al sur, en la localidad de Tunjuelito—, un grupo de unos 10 policías que te piden no fumar porque “a estos muchachos no les puede llegar el olor del cigarrillo” y una señora que te advierte que si entras el vehículo en el que te movilizas, nadie allí responderá por los daños causados, en caso de que hoy haya motín.
Adentro, David, entró de 17 y ya cumplió 20, que habla de un homicidio y una tentativa de homicidio porque en una fiesta unos tipos quisieron abusar de su hermanita y no se aguantó. Le faltan tres años más aquí. Acaba de terminar el bachillerato. Cuando salga quiere manejar un taxi.
Afuera está el padre Arnoldo Acosta, director del Centro Educativo Amigoniano, que pertenece a la congregación de religiosos terciarios capuchinos e incluye a El Redentor, un centro transitorio, un hogar femenino y un internado preventivo, que te relata que el sitio nació en 1953 como una escuela abierta, pero que en 1992 se convirtió en un lugar cerrado, con muros, por cuenta del Código del Menor, que autorizó la reclusión de los chicos entre 16 y 18 años únicamente por los delitos de homicidio, abuso sexual y extorsión.
Adentro están 360 muchachos, aunque apenas caben 320, tratados en convenio con el ICBF (Instituto Colombiano de Bienestar Familiar) y la Secretaría de Gobierno, que los dividen en grupos de 20 porque “no conviene” tenerlos a todos juntos, por aquello de las fugas, los motines, las peleas.
Todos se turnan para hacer deporte en canchas de fútbol, voleibol y baloncesto, asistir a clases y tomar talleres de panadería, ebanistería, cerámica, madera, sistemas… ir al gimnasio, recibir atención psicosocial…
Uno de sus sicólogos es barranquillero, se llama William Coronado y cuenta con una maestría en sicología jurídica. Su tesis estuvo relacionada con la sicología de los menores abusadores sexuales. Dice que la mayoría tiene sus razones, sin ánimo de justificar, por supuesto. “Cucho”, le han dicho, “es que fumo marihuana desde que tenía cinco años. Mi papá me enseñó. Él me violaba”. Y otras cosas por el estilo.
Afuera están los datos y las cifras y los datos y las cifras señalan que El Redentor es el único reclusorio en Bogotá para menores de edad en conflicto con la ley. Un sitio en el que se puede cumplir la mayoría de edad, y hasta los 21, sin ser trasladado a la cárcel tradicional, aunque no se haya pagado el castigo impuesto por un juez que, en cualquier caso, no puede exceder los ocho años. En 2010, aquí entraron 336 chicos privados de la libertad y a octubre de este año el mismo dato iba en 496. Todos podrían ser adoptados si sus padres así lo quisieran o si el ICBF determinara que sus familias no son funcionales. En toda la historia del centro, el Instituto de Bienestar Familiar no ha recibido ni una solicitud al respecto.
Adentro ya no hay cupos. Y los jóvenes que lleguen tendrán que ser rechazados para evitar hacinamientos. La solución estaría en poner a funcionar un nuevo centro, pero no ha sido posible que la Secretaría de Gobierno oferte un inmueble, dicen en el ICBF. En Gobierno responden que la información al respecto la debe dar el Instituto.
Adentro están los hombres, en cuerpos que muchas veces parecen de niños, que te pueden mirar con odio, o con lujuria, o con desinterés, o con ganas de hablarte, pero que siempre, siempre, te miran con extrañeza desde un mundo lejano, duro, injusto. El mundo que les tocó.
Afuera hay otro mundo, o acaso el mismo, sólo que medio maquillado, que se pregunta si El Redentor efectivamente será capaz de redimirlos, de rescatarlos, de recuperarlos luego de las violaciones, los homicidios, las extorsiones. El padre Acosta te responde que quizás sí, que de pronto no a todos, pero que en todo caso “hacemos el mejor esfuerzo”.
Tú te vas del lugar después de un recorrido vigilado por el ICBF y adentro dejas los dormitorios de 20 camas sencillas y 20 cómodas para guardar las pertenencias, las levantadas a las 6 a.m. y las acostadas a las 8 p.m., los grupos en los que se dividen y están bautizados con nombres como ‘Porvenir’ y ‘Esperanza’, el drama, los sueños que aún no se han perdido, y a William cantando un rap que él mismo compuso:
Padre Nuestro líbranos de todos los pecados/ Ayúdame a salir de la pobreza en que he vivido/ perdona a las personas que su alma han perdido/ libera a esos presos que afecto no han tenido/ protege a esos niños que se encuentran perdidos…
* Los nombres de los jóvenes de El Redentor fueron cambiados para proteger sus identidades.