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A un hombre de 28 años debieron amputarle el extremo de un dedo de su mano derecha después de que, el 24 de diciembre, se quemara con una “culebra”, como se conoce a una extensa tira de papeles rellenos de pólvora que estalla de extremo a extremo. Este era el caso más grave que, hasta ayer, se había presentado en Bogotá por la manipulación del explosivo en las fiestas de Navidad. El reporte era de 25 lesionados, 3 menos que el año pasado para la misma fecha. Aunque la tendencia de los últimos años marca una disminución de los heridos por esta causa, aún falta trabajo por hacer.
El médico Rafael Jiménez, jefe de la Unidad de Quemados del Hospital Simón Bolívar, institución especializada en la atención de estos pacientes, afirma que desde que Antanas Mockus prohibió el uso de la pólvora en 1995, cuando fue alcalde por primera vez, ha sido notoria la disminución de los casos. Sin embargo, resalta una situación particular: “Las campañas que hemos hecho han calado en la gente, pero deben ser más efectivas en los extremos de la ciudad, que es por donde ingresa la pólvora. La mayoría de pacientes quemados vienen de Bosa, Kennedy y Ciudad Bolívar”.
Esa reflexión concuerda con el balance de este año. De acuerdo con la Secretaría de Salud Distrital, para el caso de los menores de edad, “las localidades con mayor número de casos de niños quemados con pirotecnia son Suba (4), Usme (4) y Engativá (3)”, ubicadas en los extremos norte, sur y occidental, respectivamente. Son resultados que el secretario de Salud encargado, Giovanni Rubiano, califica de preocupantes, si se tiene en cuenta que en este, como en los años anteriores, la meta era de cero quemados.
No es suficiente con que las cifras hayan disminuido, sobre todo porque los niños siguen siendo tristes protagonistas: los menores de 18 años afectados son 13, que corresponden al 52% del total. De los cinco quemados que hubo en la noche de Navidad, dos eran pequeños de 11 y 12 años. Tan sólo un día antes la Alcaldía reportó que de los 20 quemados que iban hasta ese momento, 11 eran niños, 5 más que el año anterior. “La mitad de esos casos resultaron heridos en condición de observadores”.
El médico Jiménez, basado en su experiencia, recuerda que cada que un niño resulta quemado, los padres terminan haciendo un mea culpa en los hospitales, pues la razón para que sus hijos terminen siendo víctimas de las explosiones es pura irresponsabilidad: “Uno siempre ve que los papás en estas fechas, por tomar trago y estar con amigos, descuidan a los niños. Ahora bien, ellos también resultan heridos porque bajo los efectos del alcohol no son conscientes de lo que hacen”.
Otras localidades donde se han presentado lesionados son Fontibón, Rafael Uribe Uribe y Chapinero. La Secretaría de Salud informó que “las partes del cuerpo más afectadas son las manos y los dedos de las manos, con 15 casos registrados, seguido por el rostro (6)”.
Los artefactos que han generado mayores lesiones son las luces de bengala, con las que resultaron heridas seis personas. Las demás fueron afectadas por martillos, totes y pitos.
El Instituto Nacional de Salud reportó ayer que iban 374 quemados en todo el país, desde el 1° de diciembre, lo que significaba una reducción del 25% con respecto a la misma fecha del año pasado. De ellos, 164 son menores de 18 años. En su orden, los departamentos con más víctimas son Antioquia (114), Valle del Cauca (37) y Cauca (24), seguidos de Bogotá.
Aunque en todos ha disminuido, el doctor Jiménez hace énfasis en que el caso de Antioquia llama la atención, pues allí los lesionados no deberían comenzar a contarse desde diciembre, sino desde que se celebra el Día de los Niños, el 31 de octubre.
Los días que vienen son de más cuidado, si se tiene en cuenta que, de acuerdo con los registros históricos del INS, es entre el 31 de diciembre y el 2 de enero que se presenta el mayor número de casos.