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Mi hija Paloma que vive en Atlanta y ya es ciudadana estadounidense, publicó en su Instagram este texto: “Por qué es problemático decirle a alguien que ha perdido de peso como halago.”
En abril de este año vino a Bogotá y casualmente, cuando nos vimos me gané una cantaleta increpante, porque le dije que se había adelgazado rápido, después del parto de Amalia (su hija nacida hacia un año), y que estaba bonita.
“Ese comentario es imprudente. ¿Crees que me halaga? Pues no”. Me dijo en tono y cara regañona. “Tú qué sabes si la persona se vio afectada por su complexión anterior y recordárselo le vuelve afectar”.
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Me chocó su increpación. “Te veo delgada y bonita y lo expreso sin ni siquiera pensar en halagarte”, alegué. “La verdad, no creo que los del pueblo gringo ya tengan elaborado y practiquen el manual de urbanidad actualizado a la velocidad de las conquistas de las distintas comunidades identitarias”, le alegué.
Más bien creo que mi hija, por ser profesora en Emory University, al ton de la relación con esa generación de alumnas y alumnos (por cierto, ricachos de todo el mundo), en coherencia ha interiorizado a su ética y a sus modales los preceptos y las modas lingüísticas, con enfoque diferencial y de género. No está demás reconocer que sus tirones de oreja me han quitado modismos impertinentes.
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Del feminismo también he recibido coscorrones doctrinarios desde hace una década. Recuerdo que en 2016 la doctora Ángela María Robledo, irreductible feminista, entonces Representante a la Cámara, me invitó al debate que le hizo al alcalde Peñalosa por las violaciones a los derechos humanos, que se dieron en la toma militar del sector bogotano conocido como La Calle del Bronx.
En mi intervención cité una demanda de la presidente de la asociación de madres cabeza de familia que allí vendían marihuana. Enseguida ella me interrumpió aclarándome que debía decir presidenta. Más adelante me interrumpió para que dijera “niños y niñas y no solo niños”, y después para que citara todos y todas o mejor el genérico todes.
Hasta que me sacó de quicio y le dije: “doctora, por lo visto a usted no le interesa mi criterio ni mi posición sobre el asunto del debate, sino el que use el lenguaje inclusivo – ya estaba ofuscado-. He de decirle que comulgo con la revolución feminista, pero no pretenda inducirme en la gramática inclusiva en los cinco minutos de mi ponencia. Le prometo que la próxima vez que conversemos estaré usando con juicio su jerigonza feminoide”. En adelante nuestra relación no fue tan afectuosa. No obstante, en las elecciones de 2018 voté por ella como fórmula vicepresidencial de Gustavo Petro.
Por otro lado, también me he ganado la animadversión de gentes con perros mascotas, cuyo seudo animalismo me parece expiatorio y hasta decadente. Todo, porque expreso sin tapujos que en la Provincia de Buenos Aires los sectores La Recoleta y Palermo me olieron a caca de perro, así como en Bogotá, sectores exclusivos como el parque el Virrey y Chicó hieden a heces caninas.
Más, no leo opinadores que protesten en sus columnas por el asquiento deporte que desde el amanecer le presenciamos a los “perristas”, que van por parques y andenes recogiéndole la mierdita a sus mascotas en bolsitas plásticas, que depositan sin pudor entre las canecas, dónde luego pasará un callejero reciclador y deberá apartar lo fétido para sacar los envases y cartones de su sustento.
No sé si los recoge caca sepan que ese envuelto plástico va a las aguas de ríos y mares, y muchos terminan en el estómago de los pescados que se comen. Tampoco sé si a los animalistas “mascoteros” les importa el tráfico depredador de pieles animales y el negocio de fauna salvaje en la Amazonía
La súper población de perros ya debería ser un tema para los ministerios de salud y de seguridad ambiental. Pero ¡ojo!, eso ahora decirlo no es políticamente incorrecto. El veganismo, la otra cara de la misma moneda, también acoquina con su catecismo anti carnívoro.
Hay veganos de modé, jóvenes sobretodo, pero los radicales ya son una logia que fundamentan sus dogmas con atinada verosimilitud: como ambientalistas argumentan que en muchas partes del mundo, empresarios de la ganadería extensiva contratan pirómanos para quemar selvas y bosques, haciéndolos pasar como espontáneos incendios forestales, resultantes del calentamiento global.
Con conocimiento de causa denuncian las mortandades de especies marinas, por las prácticas protervas de las multinacionales de mariscos enlatados; el atroz exterminio de ballenas, delfines, tiburones, atúnidos, y etcétera de criaturas en los siete mares.
Todo lo cual lo exponen con morbo, en medio de cenas de comensales carnívoros. Denuncian las porquerías que arrojan a los ríos las talabarterías; los efluvios de metano que emana del excremento del ganado vacuno, y en fin, cuánta vaina execrable asociada a la producción de alimentos cárnicos.
Su porfía vegetarianista nunca es una exhortación sino un pleito frenético, ante el cual es vano recordarles que, si bien la humanidad debe transitar hacia un desarrollo racional biorespetuoso, hoy por hoy es preciso que millones de niños famélicos, por física hambre, reciban proteína animal.
Es vano recordarles que el monocultivo excesivo de algunos vegetales también ha lesionado mucho suelo terráqueo. Peor, defender lo que significó para la evolución de la humanidad el consumo de la carne animal, ni que los jamones y los embutidos constituyeron una cultura más allá de lo mero culinario.
Ciertamente todas estas nociones y concepciones de la vida corresponden a una magna protesta contra una equivocada relación con la naturaleza, en pro de un desarrollo sustentado en la codicia inherente al capitalismo. Pero los promotores de la construcción de estas nuevas y necesarias consciencia, aun cuando han propiciado la evolución de las democracias, resultan también excluyentes, toda vez que se vuelven ideólogos, profetas furibundos proclives a imponerse como fundamentalistas de sus respectivas doctrinas.
Con todo respeto a todes ellas y ellos les dejo aquí, de mi autoría este aforismo:
Sufijo el ismo
Me da lo mismo,
Aun siendo sismo
caen al abismo.
Menos el cataclismo
Y el viejo istmo
de Panamá. Ja jajá