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La Empresa de Acueducto de Bogotá reabrió el ingreso a los caminos de la quebrada La Vieja el sábado 1º de agosto. Cada sábado visitan el área entre 800 y 1.000 excursionistas. La admisión a la reserva tiene ahora dos cambios, producto de estudios orientados a procurar el bienestar del ecosistema y la gente que ingresa a él: la restricción total de visitantes con mascotas y, en un futuro próximo, la reducción del número de caminantes que podrán recorrer el sitio diariamente. La intención es buena y habrá que ver resultados.
En cuanto a las medidas de seguridad, tal parece que se mantendrán como están. De ser así, y a juzgar por algunos reportes periodísticos de los últimos dos meses, quienes subimos a los senderos de La Vieja seguiremos expuestos a bandas de delincuentes que han venido atracando montañistas, ayudados por armas, amenazas, golpes e insultos. Los casos registrados muestran que el servicio de “acompañamiento y orientación” brindado por la Policía —como lo denomina el comandante de la estación de Chapinero, coronel Raúl Vera— no es suficiente ni adecuado para contener el problema, oculto a los ojos de muchos, incluidos los de las autoridades.
Relato un caso para ilustrar la situación: el 6 de junio, poco antes de las 7 a.m., tres personas subíamos por el camino que va al cerro de Las Cruces. Poco antes de llegar al filo de la montaña descendieron cuatro jóvenes (al menos uno de ellos menor de edad) y al cruzarnos en el sendero comenzaron a gritar, nos empujaron y sacaron cuchillos. Fuimos obligados a sentarnos en el piso y nos despojaron de lo que quisieron. El jefe de la banda, drogado y especialmente agresivo, amenazó todo el tiempo a la mujer de nuestro grupo, controlando la situación. No opusimos resistencia y obedecimos la orden de no mirarlos a la cara. Un quinto delincuente se unió al final y luego de acabar la “vuelta”, nos permitieron seguir subiendo, persiguiéndonos durante un trecho de la ruta.
A unos diez minutos bien andados desde el sitio del robo se llega a la cumbre del cerro de Las Cruces. Me adelanté para informar del evento a los policías asignados al lugar, esperando que llamaran por radio y se coordinara un operativo para contrarrestar el asalto. Al llegar no había agentes y fui abordado por cuatro adultos con dudosos atuendos de escaladores. Uno de ellos tenía un gran machete desenfundado. Opté por decirles que mis compañeros y yo acabábamos de ser atracados, buscando restar su interés en nosotros como presa. Al poco tiempo arribaron mis dos amigos y decidimos bajar.
Nos encontramos con los agentes casi inmediatamente. Eran auxiliares, de poco más de 18 años, con un bolillo de dotación como única arma y sin equipo de comunicaciones (radio). Discretamente les dijimos del hurto y les contamos que los individuos que teníamos al lado era hampones y estaban armados. Detrás de los auxiliares vimos a tres “campaneros”. En total, había 12 hampones arriba esa mañana. ¿A cuánta gente tienen que robar para que valga la pena el día de “trabajo” de semejante equipo?
Luego de vernos obligados a desviarnos de ruta llegamos al cruce de caminos que lleva a la ciudad y a Monserrate. Allí también hay policías. Avisamos del robo y obtuvimos la misma respuesta: “Lo sentimos, pero no tenemos cómo informar”. Seguimos descendiendo, advirtiéndole a la gente. Al llegar al sitio conocido como Claro de Luna hablamos con más policías, todos sin armas y sin equipo para comunicación. La misma historia se repitió con los demás agentes asignados al sendero hasta abandonar los predios, en la calle 72 con Circunvalar. En la salida encontramos a un joven recientemente asaltado en el mismo lugar donde habíamos sido agredidos. Ese sábado caímos al menos cuatro personas.
La denuncia de nuestro atraco fue interpuesta ante la estación E-2 de la Alcaldía de Chapinero, el mismo día. No entiendo, entonces, que el coronel Vera haya dicho, un par de semanas después, que “en los senderos que cubre la Policía de Chapinero no tienen ningún reporte de denuncias formales al respecto, sólo especulaciones. En los caminos que recorremos no se ha presentado ninguna novedad desde 2014”. Al menos dos hurtos el mismo día y una docena de hampones, divididos en dos pandillas, distan mucho de ser una especulación. No ver o no querer ver un problema, por las razones que sea, no significa que no exista. Pienso, coronel, que si se designara un equipo de expertos que hicieran trabajos de inteligencia, en pocos días atraparía a estos delincuentes.
De otra parte, preocupa saber que la Policía que “acompaña y orienta” en los senderos no tiene un número conveniente de efectivos profesionales y se encuentra prácticamente incomunicada y desarmada. ¿Qué capacidad de reacción tiene un grupo de niños policías auxiliares, desprotegidos y aislados, ante una industria del robo como la que estaba arriba aquel sábado? ¿Cómo pueden atender, por ejemplo, a una persona apuñalada o accidentada en la parte alta de las montañas? ¿Cuánto tiempo tomaría coordinar un operativo de auxilio o rescate? La sensación y algo del temor que tuvimos al huir del cerro de Las Cruces fue que los auxiliares podrían ser, incluso, las víctimas de los bandidos.
Comandante Vera: no vale la pena esperar a que haya un herido grave o un muerto. La solución no está en llamar “impertinentes” a los paseantes ni en recitar una de esas lamentables frases a las que hemos venido acostumbrándonos y que oímos de al menos cuatro personas ese día, mientras advertíamos sobre el atraco: “¿Quién los manda ir por allá?”. Creo, coronel, que juntos podríamos hacer algo más acorde y digno con lo que merecemos los habitantes de la ciudad. Acompáñenos, oriéntenos y díganos qué necesita de los caminantes concretamente, y ayúdenos, por favor, con lo suyo: identifique, busque, capture y entregue a la justicia a estos hampones, para que todos podamos —incluidos sus efectivos— seguir disfrutando de la belleza natural de los cerros de Bogotá.
*El senderista prefirió omitir su nombre por seguridad.