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Este sábado se inicia una nueva temporada taurina en la Plaza de Santamaría, con un cartel de novilleros que incluye al español Paco Chávez. La tradición se renueva, pese a los cada vez más numerosos grupos que se oponen a la fiesta.
Hubo tiempos en los que las corridas de toros se organizaban en la plaza principal de la ciudad o en la de San Victorino. Tiempos anteriores, signados por la prohibición, y tiempos posteriores, teñidos de barbarie, de muerte, de sangre, de pánico. Los toros fueron una fiesta en la Nueva Granada cuando un nuevo rey era coronado en España, o cuando arribaba un Virrey para ejercer su mandato. Fueron un secreto cuando su majestad Carlos III los prohibió, y comenzaron a lidiarse a escondidas, en la hacienda del Aserrío de Fucha. Fueron, por último, rebelión, ya a principios del Siglo XX, cuando una multitud enardecida por las mediocres faenas de un torero llamado Valentín destrozó la plaza de San Diego, la primera de la capital, construida frente al Parque de la Independencia en 1904.
Bogotá ha sido plaza de la tauromaquia desde los años de la Colonia. Sin embargo, sólo desde febrero de 1931 tuvo su propio coso, construido por los arquitectos Adonaí Martínez y Eduardo Lazcano, e ideado por don Ignacio Sanz de Santamaría, quien, irónicamente, se convirtió en 1933 en la primera víctima mortal de la fiesta, pues no pudo superar la crisis económica de las primeras épocas, cuando su plaza tuvo que prestarse para ser escenario de espectáculos circenses, películas y mitines. Con el final de la Guerra Civil Española, y con la rendición de Alemania, que le dio fin a la segunda Guerra Mundial, la tauromaquia volvió a concitar la atención de los colombianos.
Para confirmar su resurgimiento, la Plaza de Santamaría contrató, luego de infinitas gestiones, a la figura más emblemática de los años 40, Manolete. Incluso, algunos empresarios habían publicado avisos en El Espectador y El Tiempo en los que le ofrecían al matador cordobés 30 mil dólares (60 mil pesos), el 33% de las utilidades de las entradas y un avión expreso desde México a Bogotá, si toreaba en la capital. Manolete se presentó en abril. En una de sus apariciones, el fotógrafo Manuel H. le tomó una de sus imágenes más recordadas, que un año más tarde le daría infinidad de veces la vuelta al mundo a raíz de su trágica muerte en Linares, España, cuando un toro, Islero, de la ganadería Miura, lo mató.
En los años 50, la Fiesta Brava ya estaba asentada, gracias a nombres como Antonio Bienvenida, Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez, éstos dos últimos, retratados para la inmortalidad por Ernest Hemingway en Un verano sangriento. Luego, en los 60, surgió la figura beatle de Manuel Benítez, El Cordobés. Sus acrobacias, su temple, su arrojo, la rebeldía de un ícono de su tiempo.
Él, Palomo Linares, Paquirri, Ángel Teruel y Santiago Martín, El Viti, sostuvieron el peso de la fiesta hasta finales de los 70, para abrirle camino a los César Rincón, José Mari Manzanares, Enrique Ponce y José Tomás, que aparecieron en los últimos tiempos. No ha habido una gran figura del toreo que no se haya presentado en la Santamaría. Por eso, dicen los entendidos, triunfar en Bogotá es triunfar en América, como era el sueño de don Ignacio Sanz cuando donó los terrenos de la plaza que, pasado el tiempo, llevaría su apellido y su estirpe.