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Sistema anhelado de transporte público

Cuando el sistema integrado entre en funcionamiento los buses pararán sólo en los paraderos y recorrerán la ciudad a una velocidad moderada, entre otras cosas. ¿Están los usuarios preparados para ese cambio? Crónica de un recorrido ‘ideal’.

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Eriberto González se levanta lentamente. Sin hacer mucho ruido entra al baño, se ducha y se viste. Cuando sale de su casa, en Soacha, el reloj todavía no alcanza las 3:00 a.m. Sobre las 3:30 a.m. se trepa en la cabina del bus que desde hace casi una década maneja: enciende el motor, cuadra los espejos, prende las luces y arranca el primero de los cinco recorridos que hará ese día hasta las 9:00 p.m.

Con 63 años, González es un veterano del volante: comenzó a trabajar a los 18 y ha manejado desde camiones de carga y taxi hasta el bus de servicio público en el que hoy en día pasa casi 18 horas y recorre aproximadamente 150 kilómetros de calles, carreras, avenidas y trochas bogotanas. Su ruta arranca en el sector de San Diego, en Bosa. Sigue hacia Laureles y por entre una serie de recovecos termina en Germania (calle 19 con carrera 3ª), en el centro de Bogotá. Tiempo total de recorrido (ida y vuelta): algo más de dos horas.

El bus avanza consistentemente, aunque sin la prisa letal que caracteriza a la mayoría de los conductores de servicio público. Los calibradores de ruta, que aparecen en medio de los buses, ignoran a González, pues saben que con él no se puede trabajar. “¿Para qué voy a darles plata si yo sé que a esta velocidad mantengo la frecuencia del servicio?”.

Un hombre de unos 30 años, sentado en la última fila del bus, grita: “Hermano, hágale, que todos tenemos afán”. Don Eriberto parece no oírlo. Después de casi 10 años al mando de su bus los insultos de los pasajeros son sólo un ruido más en el paisaje sonoro del tráfico bogotano.

González frena en uno de los pocos paraderos que encuentra a lo largo de su ruta. El pasajero, parado dos metros atrás del sitio indicado, camina con prisa hasta el bus. En su cara se ve el descontento. Paga y se sienta, casi ofendido. “¿Sí ve cómo es la gente?: uno se detiene en el paradero y miran mal”.

El trabajo de don Eriberto es una labor llena de adrenalina, de múltiples y agotadoras obligaciones. Por un lado está el hecho de manejar en Bogotá, que incluye cosas como esquivar al ciclista que no usa la ciclorruta, las motos que se cuelan por cualquier espacio posible, los carros particulares y los taxis, todos ellos un universo entero de contravenciones de tránsito. Por el otro está el manejo del dinero en efectivo que le entregan los pasajeros: dar el cambio correcto, detectar con el tacto el billete falso que descaradamente tratan de pasarle algunos, recordar cuál de los 19 usuarios aún no ha pagado. Para completar el cuadro están los pasajeros, cada uno con su carga de angustias, afanes y agresividad que descargan de tanto en tanto en el conductor.

La historia de González es el reflejo de un sistema mal diseñado y saturado: un esquema que por mucho tiempo, demasiado, ha privilegiado la sobreoferta y las ganancias de unos pocos por encima de indicadores como calidad del servicio o eficiencia.

Con este esquema un conductor trabaja, en promedio, 16-17 horas diarias sin un salario fijo, como tampoco prestaciones o seguridad social alguna. Del producido diario, que debe, casi que literalmente, pelearse con las demás compañías que compiten por los pasajeros en una ruta (cuando la competencia no se realiza entre los conductores de la misma empresa), ha de pagar un monto mensual al dueño del bus, que a su vez paga a una empresa que es algo así como la administradora de la ruta, pero que no responde por el estado de los buses, el tratamiento a los conductores…

¿Le interesa ser parte del Sistema Integrado de Transporte,  cuya licitación ya está abierta? No lo duda mucho. “Claro. Como han pintado la cosa, uno tendría un salario fijo, con todo lo demás incluido, además de un horario de trabajo normal. No tendría que parar cada vez que alguien saca la mano y el usuario se acostumbraría a que uno no tiene por qué ir a toda velocidad ni parar cuando él quiera. Si la cosa es así, podría dejar de manejar a los pasajeros y sus quejas, y dedicarme a manejar el bus y ya”.

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