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Cada domingo, a las seis de la mañana, Sonia Mendoza llega al parque de Los Periodistas, en el centro de Bogotá. Con su caminar imponente, su habitual vestuario rojo y la boina que desde hace 10 años no ha dejado de usar, comienza a impartirles órdenes a los 688 vendedores ambulantes que se alistan para dar inicio a uno de los mercados de pulgas más antiguos y famosos que existen en la ciudad.
Relojes, billetes, monedas antiguas, ollas, libros, ropa usada, platería, credenciales, lozas, cobijas, viejos escudos, pedazos de muñecas y todo lo que se pueda convertir en mercancía es expuesto en las 460 carpas destinadas por el Distrito para los “pulgueros”, como se llaman a sí mismos estos vendedores. Desde el año 1998, la señora Mendoza vive de comprar y vender libros de magia, y en este momento es una las líderes más reconocidas y respetadas por los vendedores ambulantes de toda la ciudad.
No obstante, su trabajo, su presencia, y la de aquellos que la siguen y obedecen, ha generado desde 2005 una sumatoria de molestias y polémicas que ya llegó a los estrados institucionales de defensa del espacio público.
Doña Sonia, como la llaman, decidió irse de su pueblo natal, La Mesa, para conseguir un empleo en Bogotá. Sus planes, sin embargo, no eran terminar como vendedora ambulante: el destino la fue llevando a un oficio en el que, según ella misma, “la calle es sagrada”. Pese a que había estudiado administración pública, había sido representante de los campesinos, fiscal distrital y hasta candidata a la Alcaldía de su pueblo, al llegar a la capital no encontró trabajo. Sin más opción, fue hasta la calle sexta, adonde una vieja amiga librera, le compró 20 libros de mil pesos y se fue para la Plaza de Bolívar. “Si ese día yo no hubiera vendido los tres libros que conseguí vender, seguramente no estaría acá”.
En ese momento comenzó su lucha por hacer respetar el derecho al trabajo de los vendedores ambulantes del centro de la ciudad. Al principio, lo que más le llamó la atención de Bogotá fueron los grandes almacenes de ropa y la magia del cine. El teatro Embajador se convirtió en uno de sus lugares preferidos, “así fuera mala la película, yo estaba allá, porque era fascinante ver la pantalla gigante”. Pronto se ubicó en la carrera séptima con un grupo de vendedores ambulantes, y en medio de la cotidianidad se dio cuenta de que en la en la urbe “el cemento se lo come a uno”. Aprendió que en los momentos negativos era mejor no trabajar, porque si no se le iba la clientela, y al poco tiempo supo cómo convencer a los clientes para que le compraran y volvieran a visitarla.
Con lo que ganaba en aquellos tiempos apenas sobrevivía. Sin embargo, nunca pensó en la posibilidad de volver a su pueblo derrotada y sin prestigio. “Era la rebelde y vine en busca de un mejor futuro. No me iba a devolver, porque cuando uno se mete en algo adquiere un compromiso y sabe los riesgos, pero hay que tener el suficiente carácter para seguir adelante”. Con el tiempo se ganó el respeto y la confianza de los “pulgueros” de la carrera séptima. “Éramos los más indisciplinados, los más desordenados y los más pobres”. Para el año 2005, cuando el Instituto para la Economía Social (IPES) inició los planes para la reubicación de los vendedores del centro, los “pulgueros” sumaban 1.700 comerciantes que los domingos y días festivos ocupaban toda la ciclovía, desde la calle 26 hasta la Plaza de Bolívar, y se habían reunido en la organización nacional de Asopulgueros, liderados por Sonia Mendoza, la mujer de la boina.
Hasta la zona del 20 Julio llegaron los rumores de la mujer que defendía a los vendedores ambulantes. Ella era conocida como la líder, la “berraca”, la solidaria, la luchadora, “a la que todo el mundo le camina”, como dijo Fernando Hoyos, un comerciante de textiles. Tanto los demás líderes como los entes gubernamentales comenzaron a saber de ella y en los enfrentamientos por la recuperación del espacio público, Mendoza era la primera que daba la pelea.
Su boina roja se convirtió en el símbolo de la militancia y a la vez, de la autoridad, la fuerza y la lucha. “Cuando me quito la boina los vendedores no me reconocen”, dice. Entre los funcionarios del IPES tiene fama de trabajadora, pero también de generadora del desorden. “Creo que Sonia tiene credibilidad entre los vendedores y no es del tipo de líder que les cobra a los otros”, dijo Inés Elvira Roldán, directora del IPES.
Vecinos del enemigo
Fue en el año 2005 cuando el desorden y los problemas de movilidad que causaba el mercado de las pulgas en la carrera séptima llegaron a su límite. En esa época, el IPES tuvo que buscar una salida para la reubicación de los vendedores ambulantes de la zona. Hicieron un estudio con 18 entidades del Distrito y finalmente, el siete de agosto de 2005, comenzó a funcionar el mercado de las pulgas en el Parque de Los Periodistas.
Desde ese entonces, Sonia Mendoza se volvió la dueña y señora de aquella plazoleta. Con su caminar firme, cada domingo comenzó acomodar a sus 688 vendedores en las carpas que el IPES les alquilaba por cuatro mil pesos mensuales. Con el pasar del tiempo, nuevos vendedores que no tenían con qué pagar comenzaron a llegar al lugar. Hoy en día hay 292 vendedores que no están registrados. “Yo no los puedo echar, porque si no se le ayuda al vendedor ambulante puede terminar en la delincuencia, la prostitución o la indigencia”.
Con el mercado llegaron las basuras, el desorden, el ruido, la invasión al espacio público, los olores y, en fin, las molestias, tanto para los transeúntes como para los vecinos del lugar. Para algunos habitantes del edificio Las Aguas, localizado en una de las esquinas del parque, la situación se ha vuelto tan crítica que ya no pueden salir los domingos y algunos están pensando en vender los apartamentos. “El histórico parque se ha convertido en una compra y venta de mercancías lícitas e ilícitas. Sufre un acelerado deterioro por el pésimo tratamiento que se le da y se convierte en un basurero luego de la jornada dominical”, explicó uno de los habitantes.
Hace ocho días, los molestos residentes enviaron un derecho de petición a la Defensoría del Espacio Público en el que, entre varias cosas, solicitan “Ordenar la recuperación del Parque de Los Periodistas, lugar de recreación y descanso en beneficio de toda la ciudadanía y prohibir la instalación de ventas callejeras”.
Sonia Mendoza sabe que la guerra por defender el derecho al trabajo y la calidad de vida de sus compañeros apenas comienza. Según algunos habitantes, Mendoza se ha enfrentado verbalmente con ellos y hasta los ha amenazado. “Nosotros no somos indigentes sino que trabajamos y estamos orgullosos, por eso pedimos con garrote, si es necesario, que nos respeten”. Por su parte, la directora del IPES explicó: “Yo sí creo que a la gente hay que dejarla trabajar. Ellos son muy solidarios y nosotros como Distrito no podemos prohibir la solidaridad”.
Por lo pronto, esta líder se prepara para concursar por la alcaldía local de Santa Fe, y así abrir un espacio para trabajar por la dignidad del vendedor ambulante, con su boina, su carácter y su determinación por defender lo que considera propio.