
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
“Pa’ gozar con el ritmo del tambor
(Negro tiene que ser)
Libre como un cimarrón
(Negro tiene que ser)
Con la botija y el tambor
(Negro tiene ha de ser)
Pa’ vivir con el latido del corazón
(Negro tiene que ser)”
Fragmento de Pa gozar con el ritmo del tambó por Victoria Santa Cruz.
En Santa Lucia, desde la cuna se baila al son del tambor y de los 2567 niños que habitan en el municipio, al menos 100 han pasado por la danza Son de Negros. Sin embargo, ninguno de los 2567 se puede resistir al llamado de un tambor que revive el pasado.
La danza
A las 4:30 de la tarde de un sábado, 21 niños y 6 músicos practican el baile Son de Negros. En el ensayo, ninguno lleva agua, todos están sucios, 5 llevan unas viejas chancletas y el resto están completamente descalzos.
El cuarto amplio de un blanco desgastado y con sensación de 32° les queda pequeño para el desplazamiento que hacen, de atrás hacia adelante o viceversa, sueltos o agarrados, sentados o de pie, pero nunca soltando el machete de palo que cargan en la mano derecha. La práctica es totalmente libre de ver, hay 10 niñas sentadas junto a la pared y 8 personas de pie en la entrada viendo el pequeño espectáculo. Una silla está ocupada por el profesor del grupo y a pesar de su presencia en el ensayo, el maestro nunca habla.
“Eso de enseñarles a bailar es mentira, ellos ya lo saben desde la cuna” es lo que responde Roberto Ariza, director del grupo, cuando se le pregunta sobre su trabajo. Lo único que tiene que hacer es enseñarles una coreografía.
Con el cuerpo encorvado, los pies chocando fuerte contra el suelo y el rostro imitando la conversación de un blanco amo, el son de negros de Santa Lucía es la representación viva de lo que fue una realidad para los negros esclavos. Aunque la tez de los niños que hoy bailan de forma simbólica ese pasado sea más clara, la naturalidad del negro esclavo, cimarrón y campesino es una cualidad que ha traspasado generación tras generación.
La memoria
En las orillas del Canal del Dique un niño de 10 años canta mientras el resto toca el tambor. Al parecer, todos saben cantar, bailar y/o tocar, pero ninguno recuerda de donde aprendió. Todos tienen el poder de manejar el instrumento, de mover las piernas y de contar una historia con los cantos. Es algo innato de cada hijo de Santa Lucía. La creación manual del Canal del Dique arrastró consigo la costumbre de burla al amo y trajo consigo el ritmo del tambor. No es necesario que lo digan para darse cuenta de que Son de negro es, en esencia y año tras año, una manera de reconstruir el Canal del Dique.
El negro
Los niños de Santa Lucia se sienten completos cuando los pintan de negros. Con su mismas manos, la mezcla de polvo mineral y aceite de cocina se esparce en la cara con una brocha y en el cuerpo, No es necesario que quede perfecto solo se busca ser negro. En el pecho cuelgan collares hechos de mazorcas secas, calabazos, una muñeca vieja (con órdenes que se le pintara la cabecita) y el esqueleto de un pescado. Todo lo que un negro tuviese a su alrededor para verse más llamativo. Al traje no se le puede olvidar el sombrero de campesino, ni el pantalón remangado para poder caminar bien, Los labios son completamente rojos.
Cuando el tambor canta su famoso coro “Bim Bim Ba, Bim Bim Ba, Bim Bim Ba” y el cuerpo empieza a danzar, justo en ese momento la memoria invade al cuerpo del danzante y la alegría del negro cimarrón renace. Justo ahí, la herencia africana se hace presente y afirma que todos somos negros. El Carnaval también pasa por el Canal del Dique.