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En la terminal de transporte de Cali y la Carrera Quinta, las filas comienzan a formarse desde temprano frente a las gualas que salen hacia corregimientos y zonas de ladera. Hay estudiantes con morrales, trabajadores medio dormidos y adultos mayores esperando que el vehículo arranque. Algunos preguntan cuánto falta para salir, otros miran el reloj porque saben que unos minutos de retraso pueden convertirse fácilmente en media hora más de trayecto hacia sectores como Golondrinas, La Paz o La Castilla. Durante años, esa ha sido la rutina de miles de personas para entrar y salir del casco urbano la ciudad. Ahora, ese modelo está en proceso de transformarse.
La administración distrital y MetroCali avanzan en la integración del sistema integral de transporte público, una apuesta que proyecta consolidar a 2027 las rutas y los buses, pero aparece en medio de discusiones sobre la sostenibilidad financiera del MI0, el futuro de los transportadores informales y las quejas por la necesidad de conectar a toda la ciudad, lo que ha acrecentado los temores entre conductores y usuarios de gualas por el impacto que tendrá el cambio en su vida cotidiana.
La apuesta por la unificación del transporte
Daniel Parra, director operativo de MetroCali, explica que el objetivo es “avanzar hacia un modelo de intermodalidad, donde distintos tipos de transporte funcionen articuladamente y no compitan entre sí, pensando en el usuario. Que una persona pueda utilizar distintos medios de transporte con un mismo sistema y recorridos conectados”.
El proceso se realiza en varias ciudades y consiste en establecer un sistema de transporte público único, que en este caso es el MIO. El lío es que la empresa enfrentó una crisis financiera en 2024 y ahora la alcaldía busca impulsarlo con las renegociaciones con operadores, reposición de flota y ajustes operativos para fortalecer el servicio.
Esto implica el fin del transporte tradicional, como las gualas de las que hablamos al principio, que prestan el servicio en lugares donde el MIO hoy no llega, es decir, zonas rurales, laderas y barrios periféricos, donde Parra asegura que se harán nuevas integraciones.
“No pensamos en buses dando vueltas sin sentido, sino un sistema adaptado a las necesidades reales del usuario”, afirma el director. Esto quiere decir que se implementarán nuevos vehículos, pagos electrónicos y articulación con otros sistemas.
“Eso lo vienen diciendo hace mucho tiempo”
En el discurso todo suena muy bien, pero para los transportadores este es un fantasma que los ha perseguido por años, ya que no solo podría desaparecer el servicio que ofrecen y con ello su trabajo, sino porque además no está claro cómo ellos van a participar en el nuevo esquema.
Carlos Bernal, conductor de guala en rutas hacia Golondrinas y La Paz, asegura que el transporte necesita mejoras,pero teme que estos problemas los lleve a desaparecer. “No sabemos cómo lo van a manejar ni qué va a pasar con nosotros. Eso no es tan fácil, va a llevar muchos años”.

Héctor, otro conductor que escucha atento a unos metros, interviene para decir que muchos trabajadores sienten que todavía hay demasiadas preguntas sin resolver. “Uno ya conoce estas rutas, conoce las lomas, la gente y los horarios. Pero si empiezan a cambiar todo o pedir otras condiciones, hay gente que puede quedarse por fuera”.
Una percepción similar tiene Óscar Jesús, quien también trabaja en rutas de ladera. Para él, el mayor temor es laboral, “uno entiende que quieran organizar el transporte, pero aquí hay mucha gente que vive de esto hace años”.
En ciudades como Bogotá y Bucaramanga, procesos de reorganización del transporte tradicional terminaron dejando un sinsabor entre conductores y propietarios de los vehículos, quienes se sintieron excluidos en los cambios.
Subir, bajar y esperar: la rutina en las laderas
Yhainer Giraldo, comunicador y habitante de Golondrinas, recuerda que en su etapa universitaria dependió de las gualas para llegar al sur de Cali, “tenía clase a las siete de la mañana y me levantaba como a las cuatro para alcanzar transporte antes de las cinco”.
Dice que la incertidumbre hace parte de la rutina. “Había días en que las gualas pasaban seguido y otros en que se demoraban. Uno nunca sabía exactamente a qué hora iba a pasar”.
Los trayectos podían extenderse fácilmente entre cuarenta minutos y más de una hora dependiendo del tráfico en sectores como la Portada al Mar, la Quinta o Cañasgordas. “En la noche el problema era más grande, después de cierta hora, regresar implicaba buscar motor o carros que subieran nuevamente”
Esa dependencia también la vive Sandra Milena, trabajadora de servicios generales que va desde La Castilla hasta el norte de Cali. Cuenta que, aunque el transporte suele ir lleno y los horarios no siempre se cumplen, sigue siendo la opción más cercana para movilizarse, “uno ya sabe cómo moverse y como resolver. El miedo es que cambien todo y después no haya suficientes rutas o que quede más lejos de las casas”.
Por ahora, la transición sigue avanzando entre pilotos, mesas técnicas y acuerdos con operadores en los que se habla de modernizar, pero no acabar las gualas. Mientras MetroCali habla de integración y eficiencia, en corregimientos y zonas de ladera se preguntan por precio del pasaje, las rutas y qué ocurrirá con los conductores de las gualas, quienes también hacen parte de su comunidad.