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La cara oculta de la belleza

En medio de los aires festivos que por estos días colman la ciudad, del ruido de los buscapiés, de los gritos infaltables de los vendedores ambulantes del sector amurallado, de la invasión de periodistas –nacionales y extranjeros– que corren detrás del abanico de chicas que aspirar a ser elegidas Miss Colombia con el fin de captar una imagen o formular una pregunta, el país olvida por un momento que Cartagena de Indias, la Heroica, se extiende más allá del cerco amurallado.

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Se olvida que la ciudad en la que vivieron nuestros abuelos, y en gran medida nuestros padres, no existe. La ciudad ha sufrido, en los veinte años, una transformación que va más allá de la expansión física. Su marcha no es sólo poblacional sino también axiológica. El rompimiento de unos lazos comunicacionales tibios, propios de los espacios provinciales, ha dado cabida a la indiferencia, lo que quizá pueda explicar, entre otros, los altos niveles de inseguridad que hoy vive Cartagena.

El cerco amurallado, otrora un remanso de tranquilidad, donde, según los abuelos, era posible dormir en la banca de un parque sin el temor de ser atracado, parece hoy una historia de ciencia ficción. La muerte a bala de un par de ancianos italianos en manos de un muchacho de dieciséis años en el 2008 fue quizá el primer campanazo de alerta para las autoridades distritales. Desde entonces, no ha pasado un día sin que los diarios locales publiquen noticias que hablan de asesinatos, atracos y boleteos en sectores donde antes era impensable que sucedieran estos hechos.

Su crecimiento desordenado, el surgimiento de nuevos barrios en lugares de alto riesgo, la llegada de un gran número de desplazados por la violencia, que terminan alimentando los gruesos cinturones de miseria que rodean la capital de Bolívar, son apenas pequeñas muestras de los cambios axiológicos que se han incorporado al ritmo de una urbe considerada tranquila, tanto para el turismo como para los negocios.

Hoy, la ciudad “del ahumado candil y las pajuelas”, aquella que Luis Carlos López retrató con nostalgia e ironía en su afamado poema, aquella que vio nacer a Germán Espinosa y Enrique Grau, aquella por cuyas calles han transitado ilustres personajes del mundo de la política internacional, el arte y la literatura, aquella en la que cada año se llevan a cabo eventos culturales de la talla del Hay Festival, el Festival Internacional de Cine y el Festival Internacional de Música Clásica, ha visto llegar, igualmente, de un tiempo para acá, personajes siniestros, jefes de algunas bandas criminales del país cuyos tentáculos han empezado penetrar el comercio local, el transporte y, peor aún, la política.

La ola de muertes violenta que ha sacudido a la ciudad en lo que va del año, ha dejado, según las autoridades locales, un saldo de 105 asesinatos, entre los que se encuentran un número considerable de comerciantes y transportistas. Entre el cruce de disparos, de sicarios que cumplen sus “encargos”, la muerte de inocentes es apenas vista como una estadística del daño colateral.

Es probable que cuando se acallen los buscapiés, cese el ruido de las carpetas, los periodistas que cubren el Reinado Nacional de la Belleza recojan sus micrófonos y se marchen, y las reinas, con coronas o no, suban al avión para regresar a sus ciudades de origen, los medios de comunicación vuelvan los ojos hacia la otra Cartagena, aquella que no promocionan las agencias de turismo, pero que es tan real como la que muestra la televisión.

* Profesor universitario y escritor

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