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El padre William Alberto Narváez, sacerdote para la Arquidiócesis de Cartagena y destinado a la parroquia de San Roque en Getsemaní, abre la pequeña puerta de madera de la iglesia. Es amable, y cuando entra la luz de la puerta deja ver la nave central, al fondo el altar y las bancas ordenadas. En la ciudad heroica hace más calor, porque es época de lluvia.
“El templo no fue restaurado, fue conservado, es una intervención menor a una restauración, pero tiene todos los elementos del templo intactos”, le dice el padre Narváez a El Espectador.
La iglesia estuvo por varios años descuidada, algunos meses no se abría y las misas eran muy cortas por las condiciones físicas del sitio. Este año vuelve a abrir sus puertas a los feligreses. “Son muchos, el patrono es San Roque, el santo que nos protege de las pandemias”, comenta este joven sacerdote que nació en el Carmen de Bolívar, donde encontró su vocación sacerdotal en medio de la violencia de guerrillas y paramilitares en los Montes de María.
Estudioso de la teología, tiene una maestría en derecho canónico y por dos años tuvo la tarea de devolverle el templo a la ciudad, una labor que da en parte concluida para esta Semana Santa, la primera después de la pandemia con los fieles físicamente presentes.
El centro amurallado de Cartagena está rodeado de iglesias, un palacio de la Inquisición y Getsemaní, ese barrio que es frecuentado por turistas y propios. Tres templos: la Tercera Orden, la iglesia de la Trinidad y San Roque, que complementan un circuito de fe de siete iglesias.
El Jueves Santo, por tradición, estos siete templos después de la misa vespertina el primer día del Triduo Pascual, reciben en un acto de fe que se conoce como visita a los monumentos.
En la Semana Mayor, en tiempos pretéritos, el templo de San Roque era un referente por la tradición que tiene encerrada en sus muros y campanario.
Una publicación del Instituto Cervantes dice que la primitiva ermita de San Roque está situada en la calle del Espíritu Santo, “en el legendario y antiguo barrio de Getsemaní. Parece que el motivo que dio origen a su fundación fue una epidemia de peste que asoló Cartagena a mediados del siglo XVII. La incapacidad de controlar la epidemia y la fe cristiana condujeron al Cabildo de la ciudad a construir un complejo conformado por una ermita y un hospital, dedicado a San Roque”.
El documento relata que las edificaciones, hospital e iglesia se empezaron a construir en 1654 y fueron suspendidas por dos años, debido a rumores y mensajes a la Corona. “Ante tal murmuración, los sacerdotes de la comunidad de San Juan de Dios acudieron ante el Consejo, el cual dictaminó restarles credibilidad a las habladurías y continuar la obra del hospital y la ermita”.
La iglesia consta de una planta rectangular con techumbre de madera, un campanario de dos cuerpos y la puerta adintelada. Al frente de ella por muchos años estuvo la oficina de El Espectador en Cartagena.
Allí, doña Carlota Mendoza de Olier escribía la sección de La Torre del Reloj y su esposo Antonio J. Olier se dedicaba al periodismo de la ciudad. Una placa en la entrada recordaba que frente a la iglesia estaba la sede de este diario. Con la muerte de los periodistas también se fue la oficina, pero al frente, como un testigo, siguió la iglesia, esa que Carlotica frecuentaba en misa del mediodía con el llamado de una campana muy especial.
Una campana y vuelve la misa de los domingos
Más de dos años duró la intervención de la iglesia que está marcada por la tradición. “Son muchísimos los libros que existen y todos los días firmo partidas de personas que recibieron el sacramento de bautismo y matrimonio en este templo”, recuerda el padre Narváez, quien afirma que el altar es nuevo.
“Ha sido restaurado completamente, antes había uno más sencillo. En los próximos meses el arzobispo de Cartagena, monseñor Francisco Javier Múnera, va a bendecir, dedicar y consagrar este templo. Hemos solicitado una reliquia de San Roque para que al igual que todos los templos católicos, podamos tener la de nuestro santo patrono”.
Reconoce que al templo le faltaba un poco de cariño, “la iniciativa fue de monseñor Jorge Enrique Jiménez Carvajal, quien se interesó por el templo e intervino la cubierta y la restauró completamente, pero siguió cerrado, y fue cuando me enviaron a hacer la conservación”.
El padre Narváez afirma que su trabajo fue la continuidad de hechos como los que había adelantado el sacerdote Simón Herrera, reconocido en el centro histórico, así como el apoyo de feligreses y artistas cartageneros con los que adelantaron actividades económicas para la consecución de recursos. También fue importante la asesoría del Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena.
Un ícono de la iglesia es una campana. “Fue hecha por Pedro Romero, rebelde cartagenero con gallardía que dio el grito de independencia. Su oficio era ser herrero y uno de los regalos para la iglesia fue la campana. La gente dice que suena diferente”, sostiene el sacerdote sonriendo.
La campana no está en el campanario, sino a la entrada de la iglesia, junto a las grandes escalas que llevan a un piso alto en donde se ubicaba el coro y se ve el templo en toda su dimensión.
Misa, plaza y fiesta
Quien está muy contenta con esta obra es Rijiam Shaikh, nombre y apellido que no parecen cartageneros, quien ha vivido todos sus días en Getsemaní.
Recuerda que poco podía ir antes a San Roque, es asmática y los olores la molestaban. Pero fue su iglesia por muchos años hasta cuando empezó a decaer y debido a eso las misas eran muy cortas. Y había un motivo mayor para ir a San Roque: en la Plaza de la Trinidad, donde está la otra iglesia, “el escándalo, la música, no dejaba que el encuentro con Dios fuera íntimo y tranquilo”.
Ahora que vuelve a San Roque está muy feliz y le aconseja al padre que el patio de la iglesia “sería ideal para realizar eventos”. Muchos ya están considerando esta iglesia como escenario para casarse.
El padre es cauteloso al hablar de lo que sucede en su otra iglesia, la de la Trinidad, ubicada en la plaza central del barrio de Getsemaní. Esta plaza tradicional es centro de críticas por su desorden administrativo, las ventas ambulantes, el exceso de licor y otros problemas de la tarde y la noche. A lo que suma la gentrificación. Muchos se han ido de su barrio con sus calles cubiertas por sombrillas de colores y vendedores de raspao.
“La cultura de Getsemaní es una cultura de armas tomar, ellos tienen muy claro la exigibilidad de sus derechos. Son pocos los raizales que quedan”, describe el sacerdote mientras hablamos de los hoteles y restaurantes que han llegado. En 2018 Forbes incluyó al barrio entre uno de los más cool del mundo, junto con Sants (Barcelona), Ámsterdam Noord (Ámsterdam), Navy Yard (Washington), Maboneng (Johannesburgo), entre otros.
El padre señala que eso se debe examinar con más cuidado. “El turismo es algo salvaje, es muy común en la plaza, mientras estoy realizando el sacramento de la eucaristía, un bautizo, un matrimonio; se están presentando los artistas, los aeróbicos, el grupo de danzas, expresiones culturales propias. Creo que cada uno tiene derecho a proponer, difundir sus ideas, personalidad o al rebusque… sin embargo, toca organizar ese turismo. Con la junta de acción comunal y la Policía estamos adelantando acciones”.
Este barrio tiene características muy especiales. En 2011, Alfredo Molano escribía en este diario sobre Getsemaní: “Es todavía un pueblo de calles caprichosas y andenes estrechos, dos iglesias con altozano y plaza. En horas de trabajo es solitario, porque su gente se rebusca en Cartagena, la vecina, la ajena, donde corren los dólares. Al caer la tarde Getsemaní es una fiesta”.
Otra Iglesia y lavatorio de manos, no de pies
Gentil y muy directo el sacerdote Jorge Eduardo Serrano Ordóñez, superior de los jesuitas en Cartagena y director del Santuario San Pedro Claver, le dice a El Espectador que toda restauración de una iglesia contiene un gran valor de fe y un componente histórico.
Dice con respecto a la recuperación de San Roque que “cualquier iglesia para mí tiene un valor muy grande, no solamente a nivel de nuestra fe, sino que somos responsables de un patrimonio histórico. Nosotros estamos manejando la memoria de las próximas generaciones”, reflexiona el sacerdote jesuita.
Su iglesia es San Pedro en el centro histórico. Para esta Semana Santa, la primera con fieles presenciales y procesiones, después de pandemia, asegura que no hará el lavatorio de pies.
“Hoy, si algo tenemos que lavarnos son las manos, porque ya no hay caminos polvorientos, vamos de botas, de zapatos… entonces vamos a coger a los 12 apóstoles y 12 asuntos: la corrupción, el PAE aquí en Cartagena, las manos que tocan a niños menores y abusan de ellos, las manos que se roban el presupuesto, las manos de un sicario… Entonces, vamos a lavar las manos, que las purifiquen. Las manos son símbolo de abrazo, de cariño, de amor”, concluye Serrano.
En estos días de la Semana Mayor, el padre Narváez estará atento a sus iglesias. Se siente muy satisfecho por el trabajo en San Roque. Cuando cerramos la puerta del templo, le preguntó por la ayuda. Sonríe y me dice: “La eucaristía es todos los domingos a las cinco de la tarde. Hay que orar por las vocaciones sacerdotales que cada día escasean. Cuando las ganas son muchas las excusas son pocas, pero cuando las ganas son pocas las excusas son muchas”.