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En la era de la virtualización: Nuevas notas para un elogio de la presencia

Carlos Satizábal * / Especial para El Espectador

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Un profesor de artes opina: “es urgente reflexionar sobre los dones de la presencia en las actividades de la vida en las cuales la presencia y el encuentro vivo entre los cuerpos es esencial para darnos goce y concebir otras posibilidades de ver el mundo”.

Imagen de "Shakespeare enamorado", presentada recientemente en el Teatro Colón, escenario que transmitió por primera vez vía virtual la obra "Macbeth". / Foto: Revista Cromos/Juan Zarama Perini
Imagen de «Shakespeare enamorado», presentada recientemente en el Teatro Colón, escenario que transmitió por primera vez vía virtual la obra «Macbeth». / Foto: Revista Cromos/Juan Zarama Perini
Foto: Juan Zarama Perini

Habría que adelantarse a imaginar, a pensar y discutir el nuevo tiempo que pareciera estar llegando por doquier en el planeta con la pandemia y el confinamiento, el tiempo de una masiva virtualización del trabajo, de las artes, de la educación, de la vida. Una virtualización que sustituye la presencia y las relaciones directas entre los cuerpos por la telepresencia, por las relaciones entre imágenes de los cuerpos.

Se repite por doquier que hay que reinventar las artes y los trabajos que se sirven de la presencia viva para que sucedan ahora en la virtualidad del espacio web. Proliferan hoy con el confinamiento pandémico en las plataformas web acciones artísticas creadas desde sus casas por artistas en confinamiento: bellas coreografías, videos musicales, video performances, video teatro, conversaciones, conferencias, encuentros, foros, paneles de análisis, debates. Incluso, hacemos fiestas y comidas familiares por teleconferencia. Quienes vivimos en una casa y podemos quedarnos en ella reducidos al confinamiento, a una especie de casa por cárcel, nos resignamos a conversar y compartir por teletransmisiones “en vivo” por internet, como si en esa virtualidad digital se conservara viva algo de la energía de la presencia, de la relación viva entre los cuerpos presentes que el confinamiento nos impide.

La serie británica Black Mirror presenta posibles consecuencias delirantes y distópicas que causaría en la vida personal y en la vida colectiva la sustitución de la presencia por la virtualidad. Esta pandemia, y el aislamiento a que nos ha obligado, para cuidar de la vida, son una especie de proyecto piloto planetario para que las compañías multinacionales del mercado de las redes y las plataformas de internet y de la inteligencia artificial presionen a los gobiernos para avanzar hacia una primera versión de ese mundo distópico virtualizado e hipervigilado donde esas compañías serían una especie de gobierno del mundo, arraigado en el militarismo y en la sustitución de la vida por las imágenes virtuales. Por ello es urgente reflexionar sobre los dones de la presencia en las actividades de la vida en las cuales la presencia y el encuentro vivo entre los cuerpos es esencial para darnos goce y concebir otras posibilidades de ver la vida y el mundo.

La calidad de la presencia del actor y de la actriz o de quien danza o de quien lee ante nosotros un poema o canta o nos cuenta una historia o nos expone su pensamiento, es el tejido de oro que aviva nuestro deseo de estar ahí, presentes, encantados, gozando con la actuación y la danza y el poema o la historia o los pensamientos que se presentan ante nuestros cuerpos expectantes. Puede ser que no entienda usted qué sucede con la actuación o la danza, o que lo entienda muy bien porque la escena imita un mito fundador de su cultura (como en el caso de la tragedia griega), pero usted quiere seguir viendo: está cautivado por esa presencia indescriptible, esa fuerza o ese encanto o ese desgarramiento que escapa a las palabras, que está antes y más allá de ellas, que obedece quizá a la antigua comunicación física, corporal y energética de los cuerpos y de los inconscientes, a los flujos de la animalidad, o del dilatado campo de información del universo que cantan los mitos indígenas y estudian las ciencias astrofísicas y neuronales hoy.

La presencia del actor y de la actriz, de quien danza o nos lee su poema, de quien canta o cuenta una historia o nos expone unas ideas, es la afirmación de la potencia inefable de actuar y de estar, de sentir y compartir la vida y la muerte. Una potencia afín, quizá, a aquella misteriosa fuerza que nos embriaga con el danzar y con la poesía que celebran la felicidad de vivir; o aquella otra conexión o red vital y misteriosa que nos hace sentir la muerte de un ser querido, y aún presentirla, así estemos a leguas de distancia. En la presencia se manifiestan los misterios de la vida y de la muerte. Así como los secretos embrujos del histrionismo, del alma misma de la poesía corporal y de lo que sentimos como el encanto personal.

El maestro Santiago García plantea que uno de los principales aspectos de la imagen escénica es la performatividad, la cual se manifiesta en la calidad misteriosa de la presencia corporal. Y nos da un ejemplo que permite comprender este problema, narra una escena de la obra Misteries, del Living Theatre:

“En medio del escenario aparecía un actor, casi desnudo, iluminado solo por una luz cenital. Quieto, frente al público, allí permanecía durante casi cinco larguísimos minutos. Ante esa imagen, que no era sino eso: un hombre desnudo en la mitad de un escenario, el público de ese suburbio de Londres tuvo variadas reacciones las cuales fueron desde el absoluto silencio hasta una protesta general con un gran escándalo y gritos; al final se produjo un profundo silencio, casi místico, dónde, estoy seguro, se logró una especie de reinvención de la imagen en cada uno de los cientos de espectadores sometidos a este arriesgadísimo experimento. Allí, la imagen del hombre solo, en medio del escenario dejó de ser únicamente eso y se transformó en la imagen del hombre en su soledad y desamparo.”

Otro problema nos plantea la reflexión sobre la presencia: el problema de la presencia considerada desde la filosofía: el problema del ser, quizá el más antiguo problema mítico, filosófico, científico y artístico, porque en él late la pregunta por el origen, por el tiempo y los inicios del tiempo y sobre todo la pregunta por la muerte y la nada: “¿Por qué hay Ser y no más bien Nada?”. O: “To be or not to be, that is the question.”

El ser se manifiesta como presencia en los entes o seres de la vastedad del mundo: decimos de cada cosa o cada ser singular que “es”: del sol y de la piedra y del amor y del pájaro, que “son”; cada uno “es”. Pero el ser no se reduce a vivir o estar presente sólo en la existencia singular de las cosas. Qué sea el ser, en sí mismo, se nos escapa en esta consideración del ser como representado en los entes singulares. Y este considerar el ser sólo en su presencia o su manifestación en los entes individuales de la vasta diversidad de lo existente es lo que ha llevado a la metafísica occidental al olvido del ser, a su ocultamiento y al ocultamiento del sistema del olvido. De igual modo se oculta el sentido poético del ser, lo que nos hace humanos, del habitar poéticamente entre cielo y tierra, como ha cantado Hölderlin en su poema Azul apacible que es lo sagrado y lo humano de nuestro ser. Confundimos el arte con el goce de una obra y de otra y de otra, como si el deseo con el arte fuera gozar de cada obra. Pero así también se oculta y se olvida el sentido poético de la vida, del ser. Porque en verdad a lo que aspiramos y nos invita el goce del arte es a descubrir el habitar poéticamente entre cielo y tierra, a hacer de la vida una obra de arte, a ser poetas. La tarea del arte y de la filosofía es trabajar para el desocultamiento del ser, para revelarnos su presencia y la verdad de su olvido, el olvido del olvido, como lo llamó Martín Heidegger.

Esa presencia es, en sí misma, la vida hecha poesía, obra de arte, pero se nos oculta. Lograr desocultarla requeriría del sutil trabajo de la poesía que nos hace poetas y nos revela como mirar la verdad, como ver, cómo ser videntes. La verdad de la presencia del ser no se desoculta en la mitad de la luz, pues su resplandor nos cegaría, nos revela Emily Dickinson en uno de sus poemas:

Di toda la verdad, pero dila oblicuamente —

el Hallazgo en el Giro reposa.


Tan luminosa para nuestro débil Deleite


La Verdad es suprema sorpresa.

Como al Niño del Relámpago se tranquiliza

con alguna clase de explicación

Así la Verdad debe deslumbrar gradualmente

no sea que nos ciegue su resplandor —.

Para ver con la mirada de la poesía, como dice el joven Rimbaud, es necesario hacerse vidente por un cuidadoso desorden de los sentidos, descubrir que yo es otro. “Mira oblicuamente”, dice, como Emily en su poema, el shaman yaki al antropólogo que se ha hecho aprendiz de la sabiduría y la poesía y el modo indígena de soñar y de ver y conocer el mundo, ser un hombre de conocimiento, y ver la otra realidad que se nos ha hecho invisible.

En su Libro de los viajes y las presencias (1959), el filósofo colombiano Fernando González reflexiona sobre la necesidad del arrobo contemplativo para acercarse a la presencia del ser: dice de su personaje Lucas Ochoa que “miraba los charcos sin verlos”, y en este contemplar oblicuo está quizá una clave para el desocultamiento del ser. Esa contemplación de lo otro, que no está aquí directamente sino en “otraparte”, como diría Fernando González, es lo que le permitiría a las artes vivas, a la danza y a la música, al arte de la conversación y al teatro, por el sendero que abre el lenguaje oblicuo de la presencia, abrir las puertas de la otra realidad, para dejarnos ver eso inefable que escapa a la reflexión conceptual pero se desoculta en el encanto o el arrobamiento, en esa otredad del lenguaje, de los sentidos, de la sensibilidad, que nos entrega la experiencia de la presencia.

* Director de la Maestría en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia, poeta, dramaturgo, escritor y actor. Director de Tramaluna Teatro. cesatizabala@unal.edu.co

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