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“Me llamo Alma, soy trans o travesti, y seguiré siéndolo, aunque tenga diez mil características que se han denominado como femeninas”, dice Alma Ortiz Giraldo, comunicadora social de la Universidad Tecnológica de Pereira, actual coordinadora de prensa de la Delegación de la Registraduría de Caldas, investigadora y activista social del colectivo ‘Casi Anomalía’. A sus 25 años, su vida ha sido una constante lucha por la reivindicación de sus derechos y los de la población LGBTI.
“Mi transito inicio desde adentro, desde muy pequeña me sentí fuera de la norma, distinta, pero con las ganas de hacer las cosas diferente. Empecé a preguntarme muchas cosas y esas preguntas se empezaron a materializar en mi cuerpo. Ahora tengo, digamos, una serie de características que se pueden considerar como femeninas. En realidad, lo que estoy haciendo todo el tiempo es explorar mi vida y tratar de responderme esas preguntas”, cuenta Alma.
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No fue fácil ese inicio y revelar esa identidad “distinta” ante su familia. “Para mis padres fue una preocupación, porque ellos saben cómo es la sociedad y conocen cómo nos maltrata, nos margina. Más allá de eso, ellos se han congraciado mucho con lo que me está pasando y se han contagiado de la felicidad que yo vivo. Después de sobrepasar ese miedo y darse cuenta de que podría sobrevivir siendo quien soy, hoy lo celebran. Este es un momento de poder vivir esta fantasía”.
Con voz firme, Alma recalca que lo primero es dejar de tener miedo, “a lo diferente y a lo que tengamos dentro de cada uno de nosotras”. Algo que comenzó a entender desde su época de colegio, la más dura de su vida, dice. “Fue terrible. Todos los recuerdos que tengo, desde el jardín hasta el grado 11, son tétricos. Por eso creo que es necesario que nos empecemos a cuestionar como sociedad cómo estamos construyendo la educación. Es necesario tener en cuenta que hay personas y niños diferentes y que no se deben discriminar, ni estigmatizar. Eso lo marca a uno para siempre. Lo que a mí me salvó fue que me refugie en el estudio y en la literatura”.
Los recuerdos de aquella época son dolorosos. “Lo único que tenía para mostrar era el intelecto (…) en muchas ocasiones fui golpeada, entonces, buscaba refugio y sacaba fuerzas para demostrar que podía hacer bien las cosas, esa era la forma de manifestarme, de defenderme y de pronunciarme. Siempre pensé que no iba a vivir mucho tiempo, pero después de los 16 años todo fue una ganancia. Es que el colegio fue un espacio horroroso, sufría al pensar que salía de clases y al otro día tenía que regresar”.
Y se podría decir que fue a partir de esas dificultades que Alma sacó la fortaleza y la resistencia para luchar por salir adelante, como dice, por “hacer cosas”. “Apareció el deseo y la fuerza de poder hacerlas. Fue para mí algo grande y maravilloso, poder transmitir, empoderarme y empoderar a todos los que me rodean. Todos los días hay que trabajar para que las cosas se vuelvan grandes y constantes. Allí fue donde empezaron aparecer personas, ideas y proyectos. Eso nos está haciendo grandes y creativos. Estamos tras libros, tras películas, tras el arte y todo esto es lo que me mantiene viva”, agrega con satisfacción.
En un principio quiso estudiar filosofía, pero luego se decidió por la comunicación social y el periodismo. “Me enamoré de la carrera. Discuto mucho con el qué hacer periodístico y me di cuenta que en la voz que una construye, cuando empieza a preguntarse asuntos sobre la academia, hay mucho por hacer. Me enamoré de la posibilidad de transformar las mentes de muchos sectores retrógrados por medio de la investigación. Ese fue el gran descubrimiento y con el tiempo lo estamos haciendo. La investigación hoy es mucho más seria sobre estos temas”.
De hecho, la época universitaria marcó un nuevo rumbo. “Me di cuenta de que sí era posible tener amigos, así yo fuera una persona distinta, de que la diferencia era una celebración, que no tenían porque normatizarme (…) en la universidad entendí que mis ideas eran importantes, que podía decir cosas y que las personas me escuchaban y me respetaban. Empecé a construir cosas con mucha gente y eso me dio una fuerza vital muy grande. Hubo momentos inquietos, pues había muchas personas que mi sola existencia les incomodaba un montón”.
Fueron tiempos de muchas preguntas y de la búsqueda de respuestas. Pero poco a poco su voz se fue haciendo más fuerte. “Lía García es una activista mexicana de quien he aprendido mucho. Ella dice que hay que enfrentar a las personas con afecto: yo también soy humana, también siento, ¿por qué me tratas de esa manera? Lo que creo es que la diferencia no se debe interpretar como algo extraño, tenemos que celebrar la diferencia, darnos cuenta de que este mundo tiene millones de personas que tienen características diferentes y que lo que tenemos es que aplaudirlas y celebrarlas”.
Hay muchas metas por alcanzar. Alma adelanta en estos momentos un posgrado. Sueña con tener un grupo de investigación latinoamericano sobre las personas trans. Y quiere narrar de todas las maneras posibles sus historias. “Me apasiona. Hoy lo que tengo más a la mano es la escritura, porque es lo que más me sale y me gusta, pero me interesa la radio, la producción audiovisual, los lenguajes que me permitan hablar cosas, narrar cosas”. El cargo que hoy desempeña lo logró a través de la convocatoria que hizo la Registraduría para vincular a cerca de dos mil jóvenes en todo el país.
Paralelo a ello, la lucha por los derechos LGBTI es otra de sus cruzadas. “Tengo un solo sueño y es muy grande: que nos dejen de matar. El día que dejen de matar a las personas trans, ese día voy a estar tranquila y realizada. Estamos trabajando para que esto sea una realidad, aunque no sé si lo alcance a ver, pero seguiremos en la batalla. La gente no tiene que morir por ser quien es”.
Y agrega: “Hay varias explicaciones del por qué nos discriminan, pero hay una que sostiene toda esa violencia en la que vivimos y es pensar que la diferencia es una razón por la cual tenemos que vivir marginadas. Nos da miedo aceptar que hay cosas que se nos escapan del entendimiento y de los marcos normativos establecidos, donde tu solo puedes ser hombre o mujer y no tienes ninguna otra opción. A mí lo que me interesa es pensar que esos marcos pueden ser rotos y se rompen con la vida, con seguir vivas y nuestra verdadera lucha es seguir vivas”.
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Alma es crítica del mismo Estado, del que dice, no solo no respeta sus derechos, sino que los atropella. “El silencio es cómplice. Los policías, la fuerza pública, los hospitales, los bancos, muchos de los sectores aun no respetan nuestros derechos y no solo nos asesinan y maltratan en el cuerpo, lo hacen desde todo punto de vista y eso es muy duro”. Por eso pide que les miren de frente, que se les escuche: “Si no conocen a una persona trans, si no estudian con una persona trans, no es porque no existamos, es porque no nos han permitido estar en esos lugares que nos prohíben. Nadie tiene por qué discriminarnos”.
En julio pasado, Alma realizó el trámite del cambio de nombre y género en su cédula. “Hay una cosa con las personas trans: a una jamás le deben preguntar el nombre que sus padres le pusieron”. Afirma que no existen estadísticas del desempleo en las personas trans, ni estadísticas confiables de los asesinatos o de las que no tienen salud. “Y no hay estadísticas de nada porque a ningún gobierno le hemos interesado”, recalca, para concluir la charla con un mensaje a todas y todos aquellos que se saben diferentes: “Que tengan valentía y salgan a reclamar sus derechos, a hacer cosas y a vivir”.