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A quienes mataron a mi hijo por robarle el celular

Emilia Lucía Ospina, la madre de Juan Guillermo Gómez Ospina, relata cómo transformaron el dolor por el asesinato de su hijo en la necesidad de aportarle al país.

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Nosotros, mi esposo y yo, perdonamos hoy, transcurridos tres años y medio desde que nos arrancaron la vida de nuestro hijo Juan Guillermo Gómez, a los cuatro jóvenes que lo asesinaron por robarle el celular.

Esa madrugada de domingo era 17 de junio. Nuestro hijo venía caminando desde Chapinero a su apartamento, en el barrio Rosales, norte de Bogotá. Fue entonces cuando cuatro hombres, uno menor de edad, apuñalaron por la espalda a nuestro Juangui, un abogado de 25 años, profesor de la Universidad Externado de Colombia.

Además de aprender a vivir con este inmenso dolor, este tiempo también nos ha servido para encontrar el verdadero sentido de nuestras vidas. Tal vez fue un muy alto e injusto precio el que tuvimos que pagar por olvidar el valor de cada día. No haber podido decirle a nuestro Juangui por última vez “te amo”, “te extraño”, o poder recibir de él un abrazo caluroso como los que solía darnos, es una realidad que nunca podremos cambiar.

Hoy nos invitan a que compartamos expresiones sobre el perdón. Precisamente en este año que quienes creemos en ese ser superior que lo puede todo, recibimos la gracia de la misericordia. Ha sido la misericordia la que a mí, como madre, y a mi familia, nos ha ayudado, en medio de tanto dolor, a vivir con la paz que sólo trae el perdón.

Pasadas dos horas de haber recibido la fatídica noticia de la muerte de nuestro hijo, fue nuestra fe en Dios la que nos permitió tener la fuerza para ver a sus cuatro jóvenes agresores con ojos de compasión y tener la luz para ver en sus corazones las situaciones y necesidades que podían estar atravesando en sus hogares.

Sentimos que se trataba de jóvenes que estaban más muertos que mi hijo, porque el hecho que acababan de realizar con toda seguridad marcaría sus mentes, sus conciencias y sus vidas para siempre. Sólo Dios sabrá si fue por la falta de amor, de una palabra de motivación, de oportunidades y ejemplo de vida, que no les quedó más opción que buscar el dinero fácil. No éramos nosotros los indicados para juzgar, pues de esto último se encargaría la justicia del país. Lo mismo hará la justicia divina cuando tengan que enfrentar su juicio final.

Las parábolas sobre la moneda extraviada, la oveja perdida o el hijo pródigo nos enseñaron cómo debíamos actuar y cuál era el ejemplo que debíamos dar al hijo que nos quedaba, a los amigos que amaban a nuestro Juangui, y a nuestra comunidad. El ejemplo era no sembrar más violencia ni rencor, sino entregar a Juan Guillermo a Dios y sanar nuestro corazón ofreciendo nuestro perdón a estos jóvenes, y aportando un grano de arena a esta sociedad vulnerable.

El asesinato de Juangui nos hizo ver la necesidad de hacer algo por nuestro país, en el que a diario se repite la historia de nuestro hijo, pero en otros rostros, sin que haya medidas efectivas por parte de las autoridades. Así surgió la idea de crear una fundación para que jóvenes de muy bajos recursos estudien, para que puedan cumplir sus sueños de ser personas útiles a sus familias, a la sociedad y a ellos mismos.

De esta manera nació la Fundación Juan Guillermo Gómez Ospina – Una Esperanza. De los 30 estudiantes que hemos tenido, cuatro se han graduado y 24 continúan estudiando. Sólo dos se han retirado. Hoy más que nunca tenemos la plena seguridad de que el perdón nos dio la fortaleza que necesitábamos para sobrellevar esta pena. Contamos además con la satisfacción de saber que sembramos paz a través de la educación de estos 28 jóvenes, quienes ahora están fuera de las calles de nuestro país y que en lugar de atentar contra la vida de otros, serán personas que darán testimonio de vida a sus futuras familias.

 

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