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Hace algunos años, cuando existía el diario El Espacio, se decía con broma que había que leerlo temprano, en la mañana, antes de que se coagule. Hoy en día eso vale para casi la totalidad de la prensa colombiana. Uno ya no puede encender el televisor porque se deprime.
Y no es que eso esté mal, por el contrario, la prensa está para informar sobre las cosas que suceden en la vida. Y la muerte es una de ellas, junto con todos los aspectos que la provocan: los crímenes, las violaciones, lo secuestros, etc.
En el caso de Cúcuta, por ejemplo, la prensa nacional e internacional informa siempre sobre lo mismo: la frontera, la prostitución, los migrantes. Sobre eso se ha escrito toneladas de papel. Y falta mucho por decir, pero todavía no se ha escrito la gran crónica sobre la frontera. Y esa crónica se escribirá cuando se apaguen los reflectores, cuando se limpie de hojarasca el camino que conduce a la frontera profunda: los pasos ilegales, los crímenes en la ribera del río Táchira, el comercio ilegal, la presencia del cartel de Sinaloa, son apenas la punta del iceberg. Los síntomas, pero no las causas de un problema complejo que hunde sus raíces en la Casa de Nariño y el Palacio de Miraflores (y en las distintas gobernaciones y alcaldías de ambos lados, así como de empresarios y políticos que se han enriquecido con los dineros ilegales que produce la frontera cerrada).
Cúcuta es eso, pero no es únicamente eso. Hay un movimiento cultural muy fuerte que está pensando la ciudad desde distintas áreas del arte. El rap y la música urbana están narrando lo que la prensa no informa: el hastío, el existencialismo que provoca un mundo en permanente caos. Eso que Baudelarie llamó el Spleen y que los poetas portugueses llaman Saudade, aquí se vive en los huesos. En Cúcuta ciudad rota, de gasolina de contrabando, de mazorca con mantequilla, de avenida cero con Ventura, hay una artista, señores, escuchen esto, hay una artista llamada Jazmin Cangrejo (ya hablaré de ella extenso en la próxima columna), que a través de la video danza ha podido transmitir todas las sensaciones del duelo de una mujer que ha perdido a su pareja, y a la que se le ha negado el derecho a tener el cuerpo de su amado para cumplir con los ritos funerarios. Es la tragedia griega llevada a la danza moderna en formato visual gracias al arte magistral de Jazmín Cangrejo. Es Antígona en la frontera.
Jazmin lleva siete años en ese montaje audiovisual, pagando de su bolsillo toda la producción que demanda este tipo de arte. Su trabajo solitario, sin apoyo institucional, es admirable.
Los cine-clubes de la ciudad, los sitios de encuentro artísticos como París 1871, donde se la da micrófono a los grupos de estudio de género (y donde las feministas se expresan a sus anchas) son refugios que hacen de Cúcuta, una ciudad cultural sin fronteras.
No hace mucho, el colectivo Ciudad de rotos corazones (qué nombre tan apropiado para Cúcuta), organizó un evento en la plazoleta de la biblioteca pública para recordar a nuestros poetas muertos. Esa noche cayó un aguacero bíblico pero a nadie le importó. Se siguió leyendo poesía de Tirso Vélez, de Gaitán Durán, de Cote Lamus y de Mara Ofelia Villamizar Buitrago: nuestro Olimpo literario.
Herika Picón y Natalia Calonge, a través del colectivo Ciudad de rotos corazones, llevan por la ciudad un neceser (en el resto del país se le dice baúl) repleto de poemas, novelas, cuentos, con los que buscan no solo promover la lectura de los autores de la región, sino a darle a la ciudad una identidad propia. Porque escribir en Cúcuta es como hacerlo en el filo de una navaja, donde el universo se apaga para escuchar el zumbido de un tiro a la media noche, y donde no hay otra salida que no sea el arte para mitigar el reguero de rotos corazones que dejó una ciudad que no cabe en la memoria.