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Aun así, mucha tuvo que contentarse con oír desde los aleros el primer capítulo de los seis que constituían el mano a mano entre dos figuras que comienzan a entrar en años: al Juli lo abandonó la cara de niño y a Bolívar se le ven de lejos las primeras canas. Es justo que todos envejezcamos al mismo ritmo. Pese a que la afición siempre presume que hay algo arreglado en los mano a mano, el que vivimos ayer mostró que la gloria es caprichosa. Fue un mano a mano a todo dar: de dos toreros que salieron a dejar en el ruedo todo lo que saben hacer, lo que son. No obstante, la suerte fue repartida con equidad simétrica: el primero del Juli hizo pareja con el sexto de Bolívar, los toros menos lucidos de la corrida. La segunda faena de Bolívar y la tercera del Juli fueron apoteósicas y en el meridiano de la tarde –el desempate– Bolívar se llevó una oreja y el Juli dos.
La tercera faena del Juli fue perfecta, no hubo nada de más ni algo de menos. Nada faltó. La tarde comenzaba a refrescarse con la brisa de los Farallones, el entusiasmo iba creciendo incontenible, la gloria merodeaba, la gran promesa estaba por cumplirse. La epifanía. El Juli tenía el compromiso no sólo con Bolívar, sino con Roca Rey, quien le había dejado tirado un guante a la arena. Lo recogió. Llegó a jugarse los restos. Y sacó lo que tenía y lo que no tenía. Todo. Su segundo toro, Anturionegro, de 528 kilos, que había partido plaza pero que tenía una embestida desarreglada, le distrajo la tentación de la querencia y con suavidad, en los medios, le fue sacando todo lo que el toro traía. Que era mucho y bueno. A paso de soldado salió a matar. Fue ganándose a Anturionegro, abrigándolo con la muleta, templándolo, encariñándolo. Naturales largos, pausados, templados. Exponiendo de veras con la pierna contraria. Inspirado: cita con la derecha; hace uno, dos, tres redondos; cambia de mano, y cierra –para que todo quede ahí– con un pase de pecho. Estocada en sitio: dos orejas.
El quinto de la tarde, Rotolando, un bello de hechuras con 528 kilos, fue un toro tan perfecto, que todavía es. Proporcionado, armonioso, entró a la arena con fama. Un poco pensativo, observador; daba la sensación de majestad. Pero acudió al encuentro con rapidez, como para no perder tiempo. El Juli lo recibió con verónicas de mano baja, tan baja que los nudillos quedaban a la altura de la rodilla. Dio una pelea fenomenal con el caballo no sólo por la fuerza con que tomó la vara, sino por el tumulto que se armó al caer el caballo encima del picador y el toro encima del caballo, y los toreros como satélites sin poder hacer mucho. Diego Ochoa, picador, salió vivo sin saber cómo. Recuperado el orden, el torero citó a Rotolando desde la mitad del ruedo y le elaboró en la cara una serie de lopecinas alucinantes: el color y el movimiento hicieron causa común con el peligro y el valor.
El término humillar, tan usado, no le cabía a Rotolando porque embestía con altivez y nobleza y si bajaba la cabeza, no lo hacía por humillarse ante el torero sino para acompasarse con él. Por eso sonó la música. Los derechazos, de mano baja, fueron limpios y precisos; el toro iba un poquito más allá de donde el torero lo dejaba. Y volvía por él. Y él esperaba. Parecían hechos uno para el otro. El Juli combina con sabiduría el tiempo que el toro necesita para no perderse y el espacio que requieren ambos para saber dónde están. Por naturales toreó con la pierna contraria, provocando y templando con ella el ritmo de la tanda. Soberbia. La plaza se inundó de abanicos volantes. El torero miró al público y el público le respondió que tenía razón, que Rotolando debía seguir siendo lo que mostró, un caballero andante.
Dos orejas
A Bolívar le correspondió de entrada un toro un poco alto, pero bien hecho, de 548 kilos. Sacó a justicia verónicas bien confeccionadas y mandonas. Dos o tres largas cambiadas que encendieron al público. Aplaudidas. Clovis con la vara, buscando el sitio legal, fue sorprendido y derribado sin consecuencias. Devia colocó dos pares donde son y del modo como debe ser; agradeció aplausos desde el burladero. Bolívar ha ido puliendo una serenidad que le era esquiva. Hoy la tiene y llega al sitio para quedarse. El torito humillaba y tenía fijeza, y el torero, con esas tres bendiciones, entró en estado de gracia, del que no volvió a salir en toda su faena. Con el pase de las flores, sacó música; con la derecha, aplausos y aplausos. Con naturales templaditos rematados con un pase de pecho compartió con el público el estado de gracia con que toreaba.
Se envolvió con Urdidor tejiendo una faena memorable. Dos orejas. Un merecido crédito para regresar a torear en México, un pueblo que siempre alberga a los exiliados de España.
Recibió a su segundo, Madremonte, de 534 kilos, por chicuelinas. Fue un toro más bronco que sus hermanos y peleó, como sus hermanos, con el caballo. Santana, el ya gran Santana, volvió a poner banderillas como sabe ponerlas, mirando desde el balcón. Pese a que el toro metía la cabeza, los primeros derechazos le salieron trompicados; pese a que Bolívar encontraba tiempos y lugares justos, Madremonte se los desarregló. Sintonía intermitente, la onda iba y venía entre toro y torero y entre ellos y los espectadores. La estocada, bien hecha, salvó a Bolívar de salir como salió Madremonte, sin pena ni gloria.
Bolívar recibió al último, Astronauta, de 506, a porta gayola, y sin respiro le hizo un par de largas cambiadas que devolvió lo perdido en el público. El toro prometía por su estampa y hechuras –un torito buen mozo– y aunque la mosca de la duda le rumbaba de tanto en tanto, terminaba por embestir con clase. Por delantales lo llevó al caballo con el que mostró su encaste. En quites, Bolívar lo toreó por chicuelinas rítmicas, apretadas y en la misma carita de Astronauta. Cuatro derechazos de rodillas en los medios. Citó al natural con suerte y templó como se manda; hizo una casa en medio del ruedo donde se metió a torear íntimamente con Astronauta; hizo cosas que me emocionaron y que nunca supe qué eran. Todo hacía presentir que iba para arriba, pero el toro tomó otra dirección y aflojó el celo, y el andamiaje se derrumbó. Una estocada que parecía contundente terminó amorcillando al toro. Minutos tristes.