Cuatro cláusulas para malos tiempos

Reflexiones de un escritor del caribe colombiano, que propone aprovechar la cuarentena para retornar a nosotros mismos, hacer lo que nos gusta, trabajar para ser no para tener.

El autor sugiere "bucear en nuestro entorno y en nosotros mismos. No como individuos egoístas, sino como individuos esencialistas y solidarios". / Archivo
El autor sugiere «bucear en nuestro entorno y en nosotros mismos. No como individuos egoístas, sino como individuos esencialistas y solidarios». / Archivo

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1.

En estos tiempos de peste y aislamiento, el retornar a nosotros mismos puede ser una forma de subsistir con una aceptable dosis de dignidad. Hay tiempo para reflexionar en la desgracia. No podemos ser escépticos, si por escepticismo entendemos partir de la duda universal para lograr un conocimiento. En torno a este desastre hay una maligna claridad social. No obstante, las circunstancias sí nos pueden llevar a la teorética y a la analítica, esto es, en primera instancia, a la vida contemplativa, que, dicen, es el ideal de vida del sabio. La historia de la filosofía afirma que, en Grecia, Anaxágoras renunció a todas las prebendas de su familia noble para dedicarse a la vida contemplativa, que es el germen de cualquiera de las primeras reflexiones filosóficas. (Recomendamos más textos del autor: Charla de hamaca con Adolfo Pacheco)

Allí en esa situación, se puede dar la analítica interior y exterior, que nos permite bucear en nuestro entorno y en nosotros mismos. No como individuos egoístas, sino como individuos esencialistas y solidarios, dos conceptos que no se contraponen. Y saber usar la bondad o la peligrosidad de las palabras, que de ambos fuegos ellas se nutren.  En este instante se puede dar una efectiva valoración de las palabras, como creadoras de cosas, como creadoras de mundo. Como elementos fundamentales del sér. En cualquier momento, nos dice Fernando Savater, podemos prescindir de la comida, de las armas, de la ropa. Pero, asevera el pensador vasco,”no hay momento de la vida, alegre o triste, plácido o feroz, en que podamos prescindir por completo de cualquier símbolo verbal. Incluso, cuando guardamos silencio o estamos solos, las palabras siguen resonando dentro de nosotros: no solo son el instrumento para comunicarnos con los otros, sino, sobre todo,  el medio de explicarnos la vida a nosotros mismos” (El Tiempo, “El mayor tesoro”). Pero nada de demagogia a costillas del sufrimiento ajeno. Palabras  de certeza y de solidaridad.

2.

Hay una antigua contradicción entre el ser y el tener, y recuerdo los textos que en el siglo pasado publicaba el maestro Andrés Holguín. Tienes porque sabes, alguna destreza o ignominia, pero sabes. Y muchos por tener dejan de ser. Porque para ser hay que invertir un esfuerzo y un tiempo que, de entrada,  no parecen ser productivos. Leer, meditar, investigar el pretérito, indagar por los paradigmas, afinar y documentar la crítica. No. La mayoría no está dispuesta a invertir en cosas al parecer improductivas. En cambio, el tiempo del tener, vía legal o ilegal, puede producir resultados tangibles concretos, y los beneficios, si los logras, te elevan en la escala social. Y concluyes, equivocadamente, que es mejor tener que ser.

Entonces, variando la ecuación y mirando el horizonte por la ventana u observando, obligado por la crisis, la soledad entre misteriosa y exótica de la calle, puedes  decidirte por invertir tiempo en ti, en nosotros. En nuestra construcción cultural y espiritual. Tiempo físico, tiempo filosófico, tiempo contemplativo, tiempo espiritual. Cuando hacemos esa inversión, perdemos dinero y dejamos de obtener cosas materiales. Aparentemente perdemos. Pero ganamos honduras. Nos podemos apropiar de las profundidades del sér.

Para la norma occidental lo importante es producir y consumir. Es el binomio del capitalismo comercial. En diversos ámbitos y en diversos tiempos. Es muy común el cuento de la persona que trabajaba todo el día hasta las seis de la tarde, y por la noche asumía una labor extra, y los sábados, domingos y feriados, para redondear el salario, vendía chance y lotería. Trabajar. Trabajar. Generalmente para beneficios de otros, sean patrones, familias o relacionados. Por allí anda el aforismo de la economía contestaría: “En esta sociedad el que trabaja no tiene, y el que tiene no trabaja”. Y pasa el tiempo. Y llega la pregunta intrusa: para ti, cuándo trabajas para ti, y de pronto reflexionas: estás rodeado de bajezas, de hostilidad, de esfuerzos inútiles, de intercambios de hipocresías y de mentiras.

¿Te gustaría terminar tus días rodeado de esa atmósfera pestilente? En ese instante es posible que algo te haga frenar. Es mejor ganar menos, tener menos para ganar dignidad. Ganar tiempo para lo que te gusta, que es lo que, a la postre, puedes aportar a la sociedad. Y no estar pendiente de las citaciones, de los comunicados de la jefatura de personal, o de las amenazas veladas o explícitas de un burócrata politiquero que ahora funge de jefe, y que quiere suplir su ignorancia con cierta arrogancia de poder.

3.

Disfrutar de lo que haces: allí está la clave. Ya está afirmado. Allí están los pensamientos de Sócrates, Hesíodo, Marco Aurelio, Séneca intentado iluminar el camino. Diciéndote que hay que saber trabajar, pues de lo contrario los frutos que recoges serán exiguos. Entonces, poco o nada de lo que haces trascenderá. Será autoconsumo social o individual. Si eres docente, ni siquiera el 5% de tus estudiantes se destacará en algo. Y si les exiges rigor y disciplina te odiarán hasta cuando la vida les dé la bofetada y les haga entender que tú tenías razón cuando los cuestionabas. Pero la norma social dice que tienes que trabajar, trabajar. No para llegar a nuevos saberes que transformen la vida, sino para tener más y consumir más, y así engordar las cuentas de los bancos del capitalismo comercial y financiero. Y mientras tanto, tú qué, tus esencias qué. ¿Cuándo trabajarás para ti? No para tu carro, tus vestidos, o tus cosas externas ¿Cuándo trabajarás  para tus fundamentos o tus esencias?

También hay que leer a Confucio, a Lao Tse, a Bakunin, a Paul Lafargue en búsqueda de más luces. Ay, de la persona que trabaja para tener y no para ser. Será estatua de piedra, agua estancada, árbol de sustancias podridas. Ya está escrito: el tener no da felicidad. Quizá emplear bien el tiempo, sí. En sus Cartas a Lucilio, Séneca  dice: “…Hoy ha sido un día productivo. Lo he dividido ente la lectura y el sueño”. Y en otros textos de la Vita Brevis nos señala que no somos escasos de tiempo, sino pródigos de tiempo, pero nosotros, estúpidos mortales, no sabemos utilizarlo, lo despilfarramos impunemente. Si le damos, pues, un manejo adecuado al factor tiempo, todos los neurotransmisores que propician el bienestar, como la dopamina, la oxitocina y la serotonina hacen presencia a plenitud en el ser mental y físico, y la terapéutica externa no sería una primera exigencia.

Leamos a Lao Tse: “Deje de buscar y encontrará”. Y si no encuentra, no sufrirá porque no estaba buscando. Este es el arte de buscar sin buscar

Ahora, a Buda: “Se obtiene lo que se quiere, no lo que se desea. Y hay que quitarse de encima lo que se desea demasiado”. Es el arte de practicar el esfuerzo promedio.

Y ahora, oigamos a Erasmo, con la contrariedad de un alfiler:”… entre lo mortales son los más alejados de la felicidad aquellos que se afanan por la sabiduría”.  Y nos dice de entrada El Eclesiastés: “Es infinito el número de los necios”. Y hay que creerle. La vida nos obliga a creerle. Los estultos ambicionan en exceso.

¿Quién es necio? ¿Quién es sabio? Martin Buber en su libro Qué es el hombre, intentando quizá responder de perfil a estos interrogantes, contesta, basado en el Manual kantiano, con otras preguntas, a saber: “¿Qué puedo saber?”; ¿Qué debo hacer?”; ¿”Qué me cabe esperar”?; y la fundamental: ¿”Qué es el hombre”?  Pero el mismo Kant no logró  estructurar una definición. Buber dice que nos dejó la pregunta como legado. Sin embargo, esta época ahíta de incertidumbre y miedo nos permite una teorética y una praxis analítica y solidaria. Aprovechemos el tiempo para mirar hacia nuestras propias hondonadas. Hacia nuestras aguas abisales y distinguir lo fundamental de lo accesorio.

4.

Pero toda esta filosofía de lejana procedencia, se ha actualizado y utilizado con la pandemia. Es decir, se ha convertido o la han convertido en un discurso fácil que quiere convencer bajo el marbete de “autoayuda”. Que no es ayuda a sí mismo, pues su origen tiene lejanas raíces. Es ayuda de otros camuflada de ayuda por sus propios medios. Como se sabe, siempre partimos de conocimientos precedentes. Ya está dicho: para mirar más lejos, nos montamos sobre los hombros de los gigantes. Es decir, para saber necesitamos saberes previos, pre saberes. Saberes ciertos. En palabras distintas, estar en otros. Es el problema que en un artículo de 1981 planteaba Ítalo Calvino, hablando de Eugenio Montale: “uno de sus temas, que con los años se vuelve más frecuente, es la forma en que los muertos están presentes en nosotros”. Así es. Ya sea que estén en la sangre o en el intelecto.

¿Cómo estarán en nuestro ser los muertos de esta pandemia? ¿Estaremos a la altura de su sacrificio? Quizá la única respuesta es que, para subsistir nosotros y el planeta, necesitamos cambiar estructuralmente de valores y remover a todos los que por acción u omisión posibilitaron la enfermedad, el fracaso económico, el desastre ecológico y la muerte. Dejar a los mismos con las mismas sería la prolongación del suicidio.

* Escritor, catedrático universitario y  Director del periódico  cultural  El Túnel, de Montería, Colombia. Su libro más reciente es Banquete Sagrado. Cuentos suyos han sido traducidos al eslovaco, francés, alemán e inglés. Email.:jlgarces2@yahoo.es

* Estamos cubriendo de manera responsable esta pandemia, parte de eso es dejar sin restricción todos los contenidos sobre el tema que puedes consultar en el especial sobre Coronavirus

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