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Diario de una exhumación

Un grupo de exhumación de la Fiscalía y la Dijín llegó hasta el municipio de Ricaurte, en Pasto, para atender la llamada de un hombre que aseguraba que el cuerpo de su hermano —desaparecido hace 12 años— estaba enterrado detrás de su casa.

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Ese cráneo no es de animal. Ni de vaca ni de cerdo ni de ningún otro que se haya sacrificado acá, en este matadero —municipio de Ricaurte, Pasto—. Ese cráneo, envuelto en un pedazo de sábana, del que sobresale una prótesis dental con un diente de plata, “es de mi hermano”. De Luis Guillermo Fajardo Castrillón, desaparecido el 7 de junio de 1998. Eso cree el señor Francisco Fajardo, y eso le ha repetido a la Fiscalía y a la Dijín —que llegaron desde Bogotá y Pasto para exhumar el cuerpo— y a cualquiera que le pregunte.

Ese cráneo apareció hace 15 días. Dos obreros estaban llevando cemento y trayendo gravilla y cavando, cuando rodó una piedra —pensarían ellos— y resultó siendo el cráneo, el de Luis Guillermo —insiste su hermano—. Sucedió en el antiguo matadero del pueblo, que hoy es una montaña de escombros, huesos de animal y de Luis Guillermo. Sucedió en un botadero, justo en la parte de atrás de la casa en la que vivía el desaparecido y en la que ahora habita don Francisco. Si las autoridades confirman que es él, que el diente de plata sí era el suyo, su hermano se lamentará de haberlo buscado durante 12 años —por cielo, monte y tierra—, teniéndolo a tan sólo unos metros de su casa.

Primera Parte

7 DE JUNIO DE 1998

Fue la guerrilla. Eso dijo la señora Liliana* cuando llamó a familiares y amigos a informarles que su esposo, Luis Guillermo, había desaparecido. Fue la guerrilla la que entró a la casa, lo sacó a la fuerza y se lo llevó, lo desapareció. Vivían en el barrio El Comercio, en Ricaurte, él, su esposa, tres hijos y tres hijastros. Según la versión de ella, los guerrilleros forzaron la puerta, lanzaron algún insulto, lo apresaron y esa fue la última vez que lo vieron.

Dos días después la esposa y los hijastros empezaron a vender las pertenencias de Luis Guillermo (cuenta el señor Francisco). “Vendieron casi todas las cosas de mi hermano. Las que tenía aquí en la casa, y otras que había en la finca de San Pablo (vereda de Ricaurte). Cuando la gente les preguntaba por Luis Guillermo ellos respondían: ‘Él por aquí no vuelve, se lo llevó la guerrilla’. Después se fueron para Bogotá. No volvimos a saber de ellos”, dice y luego insinúa, como quien sí quiere la cosa, que fue ella y los hijastros los que lo desaparecieron.

14 DE OCTUBRE DE 2010

Hora de inicio: 7:31 a.m., escribe en una planilla un integrante del grupo de exhumación. A esa hora, 7:31, antropólogo, topólogo, fiscal, investigador, auxiliar de campo y fotógrafo, están en el lugar señalado por Francisco Fajardo.

— ¿Cómo encontraron el cráneo? —pregunta alguno del grupo.

— Los obreros estaban tomando unas medidas y se desprendió el cráneo de una sábana. Luego cayó la prótesis. Cuando yo llegué lo reconocí ahí, por el diente de platino al lado derecho —responde el hermano.

— Muéstrenos exactamente dónde fue —pidió el mismo, y el señor señaló, ahí.

El sitio es oscuro. Estrecho. Una especie de túnel en el que no entra ni el aire ni la luz. Al lado desemboca una cañería. Empieza la búsqueda con palas, con picas, con las manos. Remueven los escombros. Hay que llegar a las entrañas de esa montaña de desperdicios. Pasan unos minutos, cinco minutos cuando aparece el primer hueso. Lo señalan. Lo limpian. El antropólogo lo estudia. “Es de animal”. Vendrán muchos huesos de animal. Sigue la excavación. Aparecen unas medias veladas, un brasier, trapos desgarrados y sucios. Aparece suciedad por donde se remueva la tierra. El señor Francisco no despega los ojos del lugar. Sigue el movimiento de las palas, de las manos del antropólogo que estudia cada objeto que pueda ser un hueso humano.

— Mire éste —uno de los ayudantes le entrega un hueso largo a Luis Hermes Hernández, el antropólogo

— Es de animal.

— ¿Y éste?

— Una costilla de animal.

— ¿Y sí están seguros de que el cráneo es de humano? — cuestiona cualquiera.

— Claro que es humano, yo lo vi, estoy completamente seguro —responde Nibardo Jiménez, el fiscal.

Pasa una hora. Dos horas. Los uniformes del grupo de exhumación, blancos, de papel, están ya deshechos. Huele a humedad, a basura, a agua sucia. No hay ni un solo rastro del cuerpo. Deciden tomar un descanso. El señor Francisco impaciente, ansioso, dice que por favor no vayan a suspender la búsqueda, que él está seguro de que su hermano está allí.

—¿Ya buscaron ahí, donde les mostré, donde les dije que apareció el cráneo? —dice el señor señalando el mismo punto.

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— Ya lo hemos buscado ahí pero sólo hemos encontrado prendas de mujer, basura, restos de animal.

— Tiene que estar ahí, envuelto en una sábana —insiste don Francisco.

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— Vamos a seguir. Hay que limpiar, retirar del lugar los escombros y la tierra porque nos estamos quedando sin espacio para trabajar —ordena el Fiscal, y dice que por la forma en la que encontraron la cabeza el cuerpo debería estar completo, aunque no se puede descartar que haya sido desmembrado.

7 DE JUNIO DE 1998

Cuando al señor Francisco le informaron que su hermano estaba desaparecido dejó todo en Bogotá —el apartamento, el trabajo y su vida— para irse a vivir a Ricaurte, a la misma casa donde vieron por última vez a Luis Guillermo. Él y sus cinco hermanos se empeñaron en encontrarlo. Lo buscaron en el monte. Lo buscaron, con la ayuda de un contacto, en las filas de la guerrilla. Lo buscaron en cada rincón de Ricaurte. Incluso, cuenta el señor Francisco, obedecieron a un sueño recurrente de una de las hermanas. “Él se le aparecía diciéndole que lo buscáramos detrás de la casa, que estaba allí. Y yo lo hice. Cavé un hueco profundo y no encontré nada. ¿Qué me iba a imaginar que estaba aquí, a unos metros?”.

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Don Francisco, mecánico, con cojera permanente en el pie izquierdo luego de un accidente en moto, había perdido la esperanza —dice él— cuando recibió la llamada de algún vecino, de algún habitante del pueblo, advirtiéndole que detrás de su casa, donde están haciendo la construcción, encontraron un cráneo. Un cráneo con una prótesis dental, con un diente de plata. Era su hermano. No tenía la menor duda. Al lugar arribó también la Policía. Siguieron los procedimientos de rutina. Guardaron el cráneo en una bolsa plástica. Quedaba en cadena de custodia hasta que la Fiscalía y la Dijín llegaran a exhumar el cuerpo.

14 DE OCTUBRE DE 2010

Ricaurte, Pasto, 9:56 a.m. “Este sí es”, dijo alguien y don Francisco sonrió, con un dejo de alegría en medio de tanta tragedia. Estaba en la sábana, como él lo había advertido. “Lo que vamos a hacer ahora es descubrir y limpiar todo el espacio para mirar la posición del cuerpo y las evidencias”, dijo Luis Hermes, el antropólogo. Despejar el lugar llevó por lo menos una hora.

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—Está en reducción esquelética. El desprendimiento de la cabeza se puede explicar por la filtración de agua que hay en el lugar, afirmó el antropólogo.

—Le echaron café molido, dijo alguno más.

— ¿Para qué?

—Para que no oliera. Creencias de la gente.

Posición: cúbito lateral derecho, piernas flexionadas, sin cráneo, cintura pélvica sur, brazos extendidos. Forma de la fosa: arbitraria. Luego empieza el conteo de los huesos: 24 arcos costales, 17 vértebras, 2 húmeros, 2 clavículas, 2 tibias, 2 peronés, 2 fémures. Todos a una bolsa roja. Llevaba un pantalón morado, marca Casario. Una peinilla y una navaja oxidada en los bolsillos traseros. Vestía una camisa blanca, de cuello morado, que a pesar de la inmundicia dejaba ver una serie de huecos que bien podrían ser puñaladas. “Es él”, repetía el señor Francisco. “Es él, es él”.

 

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