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Terminó el primer ciclo de negociaciones de paz de 2014 y el cruce de fuertes mensajes entre el Gobierno y las Farc de los últimos días dejó evidencia de que la guerra y la política pudieron más que los diálogos. Aunque la semana concluyó con un inesperado comunicado de la guerrilla, reconociendo su autoría en el atentado del pasado 15 de enero en Pradera (Valle), explicando además que aplicará “correctivos disciplinarios” a quienes dieron esa orden en contravía del secretariado, ya este hecho había generado una reacción armada.
Cifras oficiales señalan que en diversas operaciones militares fueron abatidos 36 guerrilleros y se produjo la captura de 76 más. Las Farc también reportaron la muerte de numerosos soldados en el bajo Cauca y el derribamiento de un helicóptero en Anorí (Antioquia). En otras palabras, Gobierno y Farc recobraron su lenguaje de guerra, mientras sus delegados en La Habana se trenzaron en un duelo de escritos que Humberto de la Calle llamó “Mitos sobre el proceso de paz” y las Farc replicaron bajo el rótulo “Mitos y mitomanías”.
Aunque las partes hayan acordado que nada de lo que ocurra por fuera de la mesa de negociación puede afectar la decisión de mantenerla, no cabe duda que las acciones armadas minan su credibilidad. Un dilema que se multiplica cuando los antagonistas resaltan sus acciones a través de comunicados o intervenciones públicas. Con un agravante: Colombia ya está inmersa en el debate electoral, y todo lo que suceda en la guerra, en los micrófonos o en la mesa de negociación, necesariamente repercute en la percepción de los ciudadanos.
La prueba es la forma como desde hace dos semanas, a cada discurso del presidente Santos en campaña por su reelección, las Farc le han respondido con ácidos comentarios. Por ejemplo, el pasado 13 de enero, cuando apenas se reanudaban los diálogos en La Habana, la delegación de las Farc se despachó con un texto titulado “La esperanza de paz”, en el que fustigaron al primer mandatario por sus intervenciones públicas y le reprocharon su autoelogio para reivindicarse como el inspirador de las principales acciones contra las Farc.
Sin embargo, el comentario que más ha generado polémica ocurrió esta semana en Davos (Suiza), donde el presidente expresó que lo que más le preocupa es que las Farc “cometan algún acto de irracionalidad” que vuelva imposible continuar el diálogo. Y reforzó la idea con un ejemplo: “Algún atentado contra una figura importante, algo que realmente haga explotar en mil pedazos el proceso”. Estas frases dieron para toda clase de especulaciones sobre los planes de las Farc, pero también para que la guerrilla respondiera con acritud.
“No se puede mantener al país incendiado y darles destino de carne de cañón a centenares de soldados humildes y, al mismo tiempo, amenazar con que si atentan contra una figura importante explotará el proceso en mil pedazos”, replicó la delegación de las Farc. Y con el mismo tono se extendió en una larga diatriba contra el Gobierno. Por supuesto, este contrapunteo terminó por repercutir en los medios de comunicación y, por extensión, en los directorios políticos. En tiempos de campaña, no cabe duda que el asunto da réditos políticos.
Era un riesgo previsible. El país sabía que un debate electoral con proceso de paz a bordo iba a generar este tipo de incidentes. Por eso se da casi por descontado que hasta que se defina la composición del Congreso y el destino de la jefatura del Estado para el cuatrienio 2014-2018, no habrá muchos avances en la mesa de negociación. La expectativa es que se alcance un acuerdo parcial en el tema de la solución al problema de las drogas ilícitas y hasta un acta de intención para persistir en los diálogos. Pero no hay que correr riesgos innecesarios.
En momentos en que el principal opositor de Santos y su política de paz con las Farc es su antecesor Uribe, es claro que el primer mandatario no va a mostrarse conciliatorio con la guerrilla. Menos aún si las Farc incurren en hechos de violencia. No obstante, durante su gira por Europa, el presidente dio suficientes evidencias de que su proyecto político sigue siendo alcanzar la paz. No en vano, en momentos en que se discute la solución a las drogas en La Habana, en Davos habló claro de la necesidad de reformular esta guerra.
En ese mismo contexto, esta semana viajará a Cuba para participar en la Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac). Aunque de entrada dejó claro que no se va a reunir con la delegación de las Farc —seguramente porque no conviene en tiempos electorales—, es evidente que ir hoy a La Habana y no hablar de paz es literalmente imposible. Con toda seguridad lo hablará con el presidente Raúl Castro, con las distintas delegaciones y con el presidente de Uruguay, José Mujica, aliado clave de la paz de Colombia.
La próxima ronda de negociación empezará el 3 de febrero y apenas quedará un mes para las elecciones legislativas. Días de calentura política y extremo blindaje a la mesa de La Habana. Cuando ya se sepa cómo quedó el Congreso vendrá otro tiempo de apremios hasta que se defina el rumbo político para los próximos cuatro años. Como en una carrera de obstáculos, el proceso de paz llega a su momento más difícil, por eso sus partidarios deben estar atentos para que no aparezca el fatídico pretexto que lo haga explotar en mil pedazos.
@Nenarrazola
@AlfredoMolanoJi