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El estatismo de un albergue

Sin casas, escuelas, ni un lugar seguro donde refugiarse, los afectados por las lluvias en el Atlántico piden más atención del Gobierno.

04 de marzo de 2011 – 07:06 p. m.

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Puerto Giraldo es un municipio del Atlántico ubicado, aproximadamente, a una hora y media de la ciudad de Barranquilla. No fue afectado por las inundaciones, pero es sede de uno de los albergues para los damnificados, en su mayoría de Campo de la Cruz y Bohórquez, los municipios más afectados por el rompimiento del Dique. Doscientas familias, en un playón donde el sol no sabe de consideración ni clemencia (donde habitan también mujeres embarazadas) y 140 dentro del colegio del pueblo, que si bien está cerrado por unos muros blancos sigue estando a cielo abierto. Algunos de los que ahora permanecen ahí habían estado viviendo en cambuches a la orilla de la carretera, donde todavía quedan unas cuantas familias. En las regulares visitas del gobernador, la gente se apresura a dar quejas y hacer exigencias. La situación pasó de la tristeza por lo perdido a la furia. Claramente, el reclamo principal es regresar inmediatamente, pero las peticiones se agolpan de manera confusa a causa de la desesperación.


Algunos piden colchones, porque el piso de las carpas ya les hace doler la espalda; otros preguntan por la plata de los arriendos, que por procesos burocráticos regulares se ha demorado en llegar a las manos de los necesitados. Se quejan del calor y desafían a los visitantes a permanecer siquiera cinco minutos dentro de las carpas. Pero no hace falta. Afuera de ellas ya es insoportable. Los niños siguen sin ir al colegio y las madres se angustian porque “están atrasados”. Los hombres se reclaman entre ellos que no se deje hablar a las mujeres, pues supuestamente no piden más que cosas inútiles. Hay un hombre que repite “esto es un hueco” y asegura que si llueve un poco se van a inundar. El barullo de la gente empieza a estar más acalorado que el clima. La única calma viene de una trompeta detrás de los muros del colegio, que ensaya lo que parece ser un porro, que suena con el aire melancólico de un blues.


Los lugareños van constantemente a revisar sus propiedades. Como parte de los pueblos ya está seca, la gente no entiende cuál es la demora, si sólo habría que recoger la basura. El gobernador no lo permite hasta que no se hagan estudios de habitabilidad y se desinfecte la zona de manera especializada. Naturalmente, la necesidad no entiende de conductos regulares. La gente comenta que si va a pasar dificultades, prefiere pasarlas en sus casas.


Por otro lado, en Suan, el pueblo que resistió a la inundación, el llamado “Arca de Noé”, los agricultores empezaron a cultivar antes de que llegaran las semillas suministradas por la Gobernación, pues sabían que debían aprovechar la fertilidad que deja la inundación. En los playones que dan para el lado del río ya pueden verse los brotes. Alrededor de 1.000 agricultores se benefician de esta actividad tanto en Suan, como en Bohórquez, Campo de la Cruz, Santa Lucía y Ponedera. Las semillas entregadas cubrirían 1.400 hectáreas, que representan la cuota inicial, la primera cosecha. Los campesinos expresan que si bien es de gran ayuda, no es suficiente, y que esperan recibir más suministros. Pero queda la preocupación de los pequeños ganaderos, pues no se han entregado semillas de pasto y por ende, no tienen con qué alimentar a sus vacas. El secretario de Desarrollo Económico del Atlántico, Luis Humberto Martínez, explicó que la semilla está escasa en el país y que, además, es mucho más difícil y costoso conseguirla ya brotada, como ellos pedían.


En manos de las cajas de compensación Comfamiliar y Combarranquilla está la entrega organizada de los dineros para los arriendos, y ya empiezan a hacer los primeros desembolsos. La subestación eléctrica de Campo de la Cruz quedó destruida y era esa, precisamente, la que abastecía a otros pueblos de la zona, por lo que ahora se planea llevar la energía desde Manatí a esos pueblos, que es otra de las razones por las que no se ha podido regresar.


Nada detiene a la gente para hacer parte del Carnaval. Algunos grupos folclóricos de las zonas afectadas hicieron parte de La Noche del Río, por ejemplo, celebrada el 3 de marzo en el Parque Cultural del Caribe, entre bullerengue, cumbia y bailes cantaos. Pero seguramente no son los únicos. En medio de la situación urgente y crítica, el Caribe vuelve y saca su rostro alegre. Coincidencialmente, tanto Nueva Orleans  (en EE.UU.) como  Atlántico (en Colombia), hermanos por la tragedia, cuentan con la vena vital de sus carnavales, lo que nos pone a dudar si hubiesen podido sobrevivir sin esas dosis suyas naturales de insulina.

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