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El oro custodio de la fe

Doce custodias de oro macizo conservan los vestigios de la fe católica en esta ciudad.

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La entrada a la bóveda

Dicen que en el mundo hay dos así, la de Sevilla, España, y la de Popayán. Es un águila de dos cabezas y fue creada en 1678 por los maestros plateros payaneses, Antonio Rodríguez y Nicolás Álvarez. Es de plata dorada adornada con perlas y topacios, anillos en amatistas, y en las patas, en el medio, una mariposa con una esmeralda. Es el Águila Bicéfala.

La bóveda está ubicada en el centro histórico de la ciudad, frente a la iglesia de Santo Domingo, en una casa de estilo clásico que perteneció a la familia Arboleda hasta 1972. Luego, a través de un decreto, el arzobispo monseñor Miguel Ángel Arce Vivas creó allí el Museo de Arte Religioso de Popayán. Cuando pisamos sus linderos la casa está rodeada de policías y de un cierto aire de precauciones para los visitantes.

Las custodias, todas en oro macizo procedente de distintas poblaciones del Cauca, se encuentran en la bóveda que construyó el arquitecto Javier Velasco Mosquera en 1993. Al fondo, se levanta imponente sobre el suelo de la casa. Tiene la forma de un vaso sagrado boca abajo y una puerta grande por donde sólo entran las personas desde el Domingo de Ramos hasta el Domingo de Resurrección. Luego se asegura durante el resto del año.

Bajo siete llaves permanecen intactas. Ellas, que desde el siglo XVIII hicieron parte de las iglesias de la ciudad, y sirvieron para ubicar la hostia en signo de solemnidad frente al vino. Sobre cajas de vidrio brillan en la clandestinidad, y mientras pasamos señalando las esmeraldas y los rubíes que las adornan, María Elisa Hernández, directora del museo, señala la más reciente, que llegó hace dos años.

Se ve más moderna que las otras. Fue encontrada en el municipio de Jambaló, Cauca, y los fieles la llevaron para que el museo la protegiera. Está hecha en plata y oro martillado. En el centro se forma la figura de un sol radiante con rayos rectos, muy distinta a la de Morales, Cauca, que tiene una corona y a los lados dos caras de ángeles.

“En este centro hay coronas. Está el relicario en cristal de roca que perteneció a Isabel Farnecio, la hermana del papa Pablo III”, dice Hernández mientras empuja la puerta de la bóveda para salir del oscuro cuarto. Atrás quedan las doce piezas que hoy guarda con recelo Popayán.

Custodias de la fe

Después del terremoto de 1983 fueron guardadas en el Banco de la República, y en 1993 pasaron a la bóveda que se construyó exclusivamente para protegerlas.

Son originarias de las iglesias más antiguas de Popayán. En un tiempo, por ejemplo, el arzobispo salía cada jueves en procesión eucarística o de sacerdocio con la custodia. En la actualidad, si eso pasara, por la inseguridad en la que vive sumido el Cauca, se pondría en riesgo la integridad de este patrimonio.

Tal y como pasó hace varios años con la Corona de los Andes, que el pueblo de Popayán le regaló a la iglesia de San Agustín y que luego fue a parar a las joyas de la Corona Inglesa. Permaneció mucho tiempo en el domicilio de una familia, así como hoy en día unas alcayatas se encuentran tranquilamente en la casa de un síndico sin que a nadie le llame la atención.

Luego vino su desaparición y después reapareció en un debate público, cuando fue rematada y el gobierno de Ernesto Samper Pizano quiso comprarla, pero eso equivalía a una parte del presupuesto nacional, gasto innecesario para el país.

Por esa y otras razones, permanecen bajo máxima seguridad. Muchas personas no consienten que las custodias de la fe católica pierdan su sacralidad y sean tentadas por la codicia del hombre y el pecado del dinero.

Por estos días de reflexión, muchos peregrinos y feligreses que ingresan a la bóveda se preguntan: ¿por qué no invierten un poco de ese tesoro en la generación de empleo para los payaneses? ¿Por qué no pagaron la deuda externa del país, si con eso bastaba? El historiador Eduardo Gómez da una respuesta sencilla sobre la que vale la pena reflexionar: “Es verdad, pero el patrimonio simbólico es valioso. La gente podría estarse muriendo de hambre y no probaría eso, porque corresponde a siglos de tradición. No faltará quien diga que si se hace eso caerá un rayo”.

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