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El secuestro, quizá el método del que más echaron mano las Farc para someter al Estado a sus designios, fue un as político para ambos: para los primeros, sirvió como método de presión para lograr una política de intercambio humanitario que, en opinión de algunos, sólo perpetuaría el conflicto. Para el segundo, se convirtió en el punto de partida para atacar militarmente al grupo guerrillero. Entre ambos actores, enclaustrados en sus definiciones sobre el conflicto y en discusiones que no permitían puntos medios, estaban los secuestrados: todos aquellos que fueron llevados a las “cárceles de la selva” desde 1996, cuando las Farc atacaron la base militar de Las Delicias (Putumayo) y se llevaron a 60 militares. Y detrás de ellos, sometidos a la incertidumbre, estaban sus familias. Muchos años antes, el dilema fue muy bien resumido por el exministro Fernando Londoño Londoño, que en una misiva escrita durante su secuestro por parte del Eln en 1970 dijo: “Frente al derecho de la sociedad a castigar el delito, se levanta el derecho de un hombre a la vida”.
Dicho dilema, aún hoy, en plenos diálogos de paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las Farc, no ha perdido vigencia. Esa es una de las conclusiones de Diario del conflicto. De Las Delicias a La Habana (1996-2013), del editor general de El Espectador, Jorge Cardona, publicado por el sello editorial Debate en compañía del Centro de Estudios en Periodismo (Ceper) de la Universidad de los Andes. Allí, Cardona recorre la historia política del país desde el gobierno de Samper (que realizó un primer despeje de 13.161 kilómetros cuadrados en el Caquetá) hasta nuestros días.
Desde entonces, cuando principiaron los ataques a las bases militares y las Farc reunieron su mayor número de secuestrados, el secuestro (nervio central de esta publicación) fue un arma política ineludible. Las Farc, bajo esa forma de flagelo, presionaron siempre para intercambiar a sus retenidos por guerrilleros presos. La negociación, debido a la presión de las familias víctimas y de las vergonzosas cifras de secuestro, fue descartando las opciones estatales hasta llegar a una: la desmilitarización para el diálogo, a petición de la guerrilla, materializada en el despeje de 42.000 kilómetros cuadrados en el Caguán, realizada durante el gobierno de Andrés Pastrana.
Sin embargo, las acciones bélicas de las Farc, que seguían secuestrando y asesinando, produjeron un cambio de perspectiva y destruyeron cualquier posibilidad de diálogo. Del ansia pacifista de Pastrana, Colombia transitó hacia el afán guerrerista de Álvaro Uribe, que encarnó en buena parte el descontento por el fracaso del Caguán.
En todo ese recuento, que hace parte de una historia cuyas repercusiones son hoy visibles, Cardona rescata la memoria de las víctimas y la lucha de las familias por encontrar la libertad de sus seres queridos. De ese modo hace memoria de historias cruentas como la del niño Andrés Felipe Pérez, que falleció por un cáncer terminal esperando la libertad de su padre, el cabo de la Policía Norberto Pérez. O el homicidio del consejero de Paz Gilberto Echeverri, ultimado por las Farc junto a otros nueve secuestrados cuando el Ejército intentaba un rescate militar. Más allá de los conflictos diplomáticos, en esta extensa noticia sobre el conflicto, Cardona enfatiza en las verdaderas víctimas del secuestro: los propios secuestrados y sus familias.
Entre lucha y lucha, el periodismo fue uno de los protagonistas de los principales debates. Actuando en ocasiones de modo criticable (como en la riesgosa participación de Jorge Enrique Botero en la liberación de tres soldados) y también alentando las voces de las víctimas (como en la extensa caminata del profesor Gustavo Moncayo para reclamar la liberación de su hijo, secuestrado por 12 años), y en ocasiones sesgado por las opiniones extremas, permitió visibilizar el horror general: los falsos positivos, las interceptaciones ilegales del DAS, la parapolítica.
El texto de Cardona permite vislumbrar, sobre todo, el modo en que la guerra ha deshumanizado a las víctimas. El modo en que, paso a paso, se convirtieron en botín político. El momento justo en que, sin mayores reparos, dejaron de ser de carne y hueso.