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Feliz cumpleaños Robinson

Este lunes es el cumpleaños 40 del sargento Robinson Salcedo Guarín, secuestrado por las Farc en agosto de 1998. Su único hijo habló por primera vez. Dice que está componiendo una canción.

04 de diciembre de 2011 – 04:00 p. m.

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“Padre: la presente es para recordar tus cumpleaños y hacerte sentir que no te hemos olvidado ni te vamos a olvidar. Espero que estés bien y confía en Dios que yo sé que él te protegerá de todo peligro”.

Con estas palabras, reflejadas en una improvisada tarjeta, Jhonatan, de 18 años de edad, saluda a su padre, el sargento Robinson Salcedo Guarín, secuestrado por las Farc el 3 de agosto de 1998, durante la toma de Miraflores (Guaviare).

Hoy, cuando Robinson cumple 40 años de vida, Jhonatan y su abuelita, Trinidad Orjuela (madre de crianza del suboficial), se reunirán, como cada año, para orar por que terminen 13 años y 3 meses de sufrimiento para ellos y su familiar.

El onomástico de Salcedo le hace recordar a doña Trinidad, de 80 años de edad, que en su último cumpleaños en libertad Robinson salió a celebrar con amigos y, al otro día, ella le hizo un almuerzo. “Fue un sancocho de gallina, porque a él le gusta mucho” dice.

También recordó la última vez que lo vio. “Quince días antes de que lo secuestraran llegó con el morral cargado y me dio un beso. Le dije que se retirara del Ejército porque la guerrilla estaba secuestrando y matando muchos soldaditos. Él me dijo que no llorara que eso no le pasaría a él… Yo me quedé llorando…”.

Días después recibió la nefasta noticia: Robinson había sido secuestrado por las Farc.

Desde entonces no han cesado los ruegos de esta mujer y su familia para verlo libre de nuevo. “He soñado que llega, vestido con el uniforme. Con una maleta, contento, gordito, así como es él”, dice esta madre a quien se le inundan los ojos de lágrimas.

Trinidad prepara la Navidad, sin perder la esperanza de ver entrar a su hijo por la puerta de su humilde vivienda en el barrio Nuevo Armero, de Ibagué.

Ella sufre una afección del corazón que la ha tenido varias veces al borde de la muerte, como hace unos días cuando supo la noticia del asesinato de cuatro secuestrados. Entonces se imaginó que su hijo estaba entre los muertos y no paró de llorar por horas.

“Yo estoy enferma, pero he luchado y le pido a Dios que me dé vida, porque lo único que quiero es ver por última vez a Robinson, aunque sea la última imagen que vea”, manifiesta.

Por su parte, Jhonatan, estudiante de Ingeniería Industrial, tiene vagos recuerdos. Sólo algunos paseos a piscina y los cariños de su papá, a quien no volvió a ver desde que tenía cuatro años. “Mi papá me ha mandado varias cartas, lo mismo que a mi mamá, donde recalca siempre que no me debo interesar por el Ejército y que no me olvide de mi abuelita Trinidad y su familia, que estudie y sea un hombre de bien”.

Este joven, quien, según su abuelita Trinidad, tiene los mismos rasgos de su padre y su forma de ser noble y bondadosa, piensa que es inútil enviar peticiones a las Farc y que tanto él como sus parientes se aferran a la fe en Dios para que Robinson regrese.

“Para qué pedirles algo o enviarles mensajes a la guerrilla, si ellos siempre terminan haciendo lo que quieren”, dice Jhonatan.

Hasta el momento se había mantenido distante de los medios de comunicación, pues pensaba que no estaba lo suficientemente preparado para enfrentar la realidad que le ha tocado vivir, como crecer sin su padre y ver a su madre, Ercilia, formar un nuevo hogar, porque su papá no regresó para casarse con ella.

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Sin embargo hoy, a sus 18 años, le surgió la idea de componer una canción. Pretende, con el apoyo del Ejército y los medios de comunicación, convocar a los hijos de los demás secuestrados a unir sentimientos y letras que reflejen la situación de las familias, el sufrimiento, el deseo inmenso de que regresen todos los plagiados y el clamor de que no haya más secuestrados.

“Quiero que entre todos los hijos (él es el mayor) compongamos una canción que pueda llegar a todos los rincones del mundo y de la selva”, puntualiza el joven. Finalmente, abraza, junto con su abuelita, la fotografía de Robinson, le da un beso a la imagen, hace una tarjeta y le envía, a través de El Espectador, un abrazo de cumpleaños.

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