Publicidad

Gustavo Trejos defensor con oficio

La cruzada de un padre para que la muerte de su hijo Diego Felipe Becerra no quede en la impunidad, incluso si hay generales y coroneles de la Policía comprometidos, demuestra de lo que es capaz un ciudadano que reclama justicia.

Gustavo Trejos  frente al muro  donde fue  asesinado su hijo, en el norte  de Bogotá.
Gustavo Trejos frente al muro donde fue asesinado su hijo, en el norte de Bogotá.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Gustavo Trejos muestra la determinación de quienes han sido retados por la tragedia y la arbitrariedad. Hace cerca de treinta meses su hijo Diego Felipe Becerra fue asesinado de dos balazos en la espalda. Un oficial de policía disparó contra el joven de 16 años y de inmediato comenzó a formarse una madeja de mentiras, amenazas, falsos testimonios, seguimientos y dilaciones en medio del proceso penal que busca un castigo para el asesino. Desde el primer momento Gustavo fue testigo del triste libreto que busca convertir a la víctima en victimario. Unas horas después del asesinato fue a mirar el sitio donde había caído su hijo. Hombres de civil y policías afinaban una versión común de la farsa. Él mismo escuchó las advertencias de los “consejeros” para que las declaraciones fueran firmes y coincidentes. Cualquiera se habría revelado en medio de insultos contra quienes buscaban tapar el homicidio de su hijo. Gustavo Trejos oyó con la serenidad del investigador. Ese mismo día en la tarde había acompañado a Diego Felipe a comprar los aerosoles con los que pensaba “rayar” con sus amigos en la noche. Uno azul, escaso en la ciudad, y uno naranja fosforescente serían las novedades de la noche.

Para un hombre que siguió la carrera de oficial del ejército –la cual abandonó por razones económicas– y que tiene amigos y familiares en las FF.AA. y en la policía, no ha sido fácil entender cómo dos generales, seis coroneles, cuatro tenientes, doce agentes y seis civiles se comprometieron con una historia que convertía a Diego Felipe y sus amigos en atracadores, y justificaba los disparos a quemarropa contra un estudiante de grado once. Gustavo es ingeniero de sistemas y trabaja desde hace 16 años en una multinacional. El respaldo de la empresa, de los medios y de organismos internacionales le ha dado tranquilidad para afrontar un proceso que enaltece el papel de las víctimas. Reclamar justicia implica riesgos y trabajo arduo. Gustavo y su esposa Liliana vendieron un carro para pagar abogados, ahora deben moverse con más cuidado y soportar las sombras que aparecen en cada una de sus citas y los ruidos que acompañan sus llamadas. Debieron acostumbrarse al carro blindado y a los insultos soterrados de los victimarios. Ahora que se habla tanto de los derechos de las víctimas, Gustavo Trejos podría ser un ejemplo de los variados “deberes” que afrontan quienes deciden acusar de frente a los asesinos y las poderosas trincheras del Estado.

De la relación con su hijo, a quien comenzó a criar desde que tenía un año y medio, cuando se fue a vivir con Liliana Lizarazo, le queda un sinsabor. Durante un año intentó hacer el trámite para cambiar el apellido de su hijo. Para que Diego Felipe tuviera en la lista del colegio el apellido Trejos. El Estado se interpuso por medio de papeleos imposibles y plazos eternos; y eso que parecía un asunto simbólico, un capricho de notarías, quedó en veremos. Cuando viajaron juntos a Chile, Diego Felipe le dijo a su papá, mirando el pasaporte, “si hubiera terminado la vuelta, aquí habría otro nombre”. Según Gustavo algunas cosas serían distintas, no tendría la sensación de que algo quedó pendiente entre ellos y no le enrostrarían la palabra “padrastro”, como una especie de insulto, por exigir que se diga que Diego Felipe no intentaba robar a nadie cuando fue asesinado.

Gustavo y Liliana se han convertido en consejeros de familias que han sufrido la misma suerte de ellos. Ayudan a siete familias con casos similares donde se han visto envueltos militares o policías. Tienen la experiencia y el carácter para dictar cátedra sobre el talante que se necesita en Colombia para ser víctima. Me dice que ha pensado estudiar derecho cuando termine el proceso, para ayudar a quienes sufren los abusos de poder y no tienen herramientas para defenderse. Cuando le pregunto por el temor frente a las amenazas y la hostilidad que han sufrido de parte de algunos uniformados, me responde con la tranquilidad de quien parece haber jugado todas sus cartas: “Desgraciadamente el día de mañana algo puede pasar, uno tiene que estar preparado”. En este caso la tragedia ha sacado a relucir un valor y una vocación que quisiéramos en muchos de nuestros funcionarios. Gustavo Trejos ha terminado encabezando una cruzada ciudadana mientras buscaba aclarar la muerte de su hijo.

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido