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La larga noche en Santa Cecilia

Este corregimiento del Cesar fue escenario en 2000 de una masacre de 12 campesinos perpetrada por los ‘paras’. Autoridades dicen que la violencia en la zona es cosa del pasado y anuncian acciones.

Imagen de una de las calles de Santa Cecilia. / Nicolás Martínez
Imagen de una de las calles de Santa Cecilia. / Nicolás Martínez

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Santa Cecilia no sale de su larga noche. El 28 de enero de 2000 este corregimiento del municipio de Astrea, en el Cesar, fue escenario de la masacre de 12 campesinos a manos de paramilitares comandados por John Jairo Esquivel, alias El Tigre, y del consiguiente desplazamiento de cientos de labriegos. Muy pocos se quedaron en el corregimiento. De repente Santa Cecilia se convirtió en un pueblo fantasma a orillas del río Cesar.

Con los años, y ante la falta de oportunidades, los campesinos fueron regresando a Santa Cecilia a empezar de cero con sus vidas. Durante años vivieron en paz. Hasta el pasado 30 de diciembre, cuando desconocidos irrumpieron en el pueblo e incineraron siete casas. Sus moradores salieron antes de que éstas fueran consumidas. Los pobladores alertaron a las autoridades sobre lo sucedido y a las pocas horas el Ejército hizo presencia en el lugar.

No obstante —y pese a la presencia de los uniformados—, otra casa fue quemada en la madrugada del 31 de diciembre: la del presidente de la Junta de Acción Comunal, quien no se encontraba en el lugar debido a que amenazas contra su vida obligaron a que se desplazara de Santa Cecilia a inicios del mes. Luego, a las 11 de la mañana, siguió otra vivienda. Los soldados apostados en el corregimiento intentaron capturar a los responsables del hecho, pero no dieron con su paradero.

Estos hechos llevaron a los habitantes de Santa Cecilia a encerrarse en sus casas. Mientras millones de colombianos celebraban el Año Nuevo, ellos recibieron el 2014 muertos de miedo ante la posibilidad de una nueva tragedia en El Bolsillo, como se le conoce coloquialmente a este corregimiento.

El recuerdo de aquellos años en los que los paramilitares convirtieron a Santa Cecilia en un baño de sangre, llevaron a los bolsilleros a pensar, de nuevo, en la posibilidad del desplazamiento. Ya un campesino tuvo que irse al ser informado por sus familiares que desconocidos con armas rondaban su casa. Una habitante de allí le dijo a este diario que, de no ser por la presencia del Ejército, muchos seguirían su ejemplo, incluyéndola.

“Yo tengo miedo por mis dos hijos. Lo mismo ocurre con varias personas. Una de las mujeres a las que les quemaron su casa no duerme por temor a que esto se repita. Cuando ocurrió la masacre ella tenía 17 años. Vio morir a 11 personas. Eso se le queda grabado a cualquiera. Muchos se van a desplazar si el Ejército se va. Quizá quieran eso, que desocupemos el pueblo”, sostuvo la mujer.

Nadie sabe quiénes están detrás de estos hechos y qué razones los llevaron a cometerlos. Los campesinos hablan de problemas de tierras. Alrededor de Santa Cecilia hay unos terrenos aptos para el pastoreo que —al parecer— son codiciados por ganaderos de la zona. Otros hablan de ‘intereses oscuros’ que quieren arrasar el pueblo por unos supuestos yacimientos de petróleo bajo Santa Cecilia o para pasar un oleoducto por el pueblo. Las autoridades ya investigan lo sucedido. En su mayoría descartan que algo como lo ocurrido el 28 de enero de 2000 se vuelva a presentar.

El gobernador del Cesar, Luis Alberto Monsalvo, le dijo a este diario que la violencia “es cosa del pasado. Nosotros alcanzamos a tener 20 corregimientos convertidos en pueblos fantasmas. Esa época, gracias a Dios, ya la superamos. Y, por ello, puedo dar un parte de tranquilidad”. Por otro lado, la alcaldesa de Astrea, Aideth Barrios Ortega, sostuvo que ha estado muy atenta a lo sucedido en Santa Cecilia desde que se supo de los incendios. Y, al igual que el gobernador, fue vehemente en que en la zona no se han vuelto a ver guerrilleros o paramilitares, y que no se han presentado hechos que lamentar distintos a los del fin de año.

En entrevista con El Espectador, el comandante del Batallón Especial Energético y Vial N° 2, adscrito a la Décima Brigada Blindada, el coronel Óscar Acuña precisó que en Santa Cecilia hay 40 uniformados protegiendo a la población y que permanecerán en el lugar cuanto tiempo sea necesario. “Seguiremos haciendo presencia en Santa Cecilia, apoyando a sus pobladores como siempre lo hemos hecho”.

Algunos funcionarios consultados por este diario, cuya identidad pidieron que no fuera revelada, aseguraron que hay versiones de que estos hechos se deben a rencillas entre los mismos bolsilleros o al interés de la comunidad en presionar a la alcaldesa para que les ayude con recursos. En respuesta a estos señalamientos, campesinos entrevistados por este diario señalaron indignados que tales versiones “son groseras”.

“¿Cómo se les ocurre decir tal cosa? Eso no tiene ni presentación. La gente de aquí no tiene corazón para tales atrocidades. Eso lo hace es gente criminal”. Igualmente, los labriegos aseguraron que “no queremos que nos vuelvan a dejar solos. Cómo nos vamos a defender ante un grupo armado”. El fantasma de la masacre vuelve y ronda las mentes de los bolsilleros.

A mediados de los 90 los paramilitares hicieron su entrada a Santa Cecilia. Al principio se impusieron a punta de amenazas. Decían que “el que estuviera torcido, se enderezaba”. El que no acataba sus reglas era subido a “la última lágrima”, como se conocía coloquialmente la camioneta en la que los paramilitares recorrían la región y a la que subían a sus víctimas. Luego asesinaron a un comerciante, Dairo Morón. Su muerte fue el preludio del baño de sangre que vendría.

A la una de la mañana del 28 de enero de 2000, 100 hombres del frente Juan Andrés Álvarez, del bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia, comandados por John Jairo Esquivel, alias El Tigre, ingresaron a Santa Cecilia y empezaron a sacar a la gente de sus casas. Primero se llevaron a Eulises Coronado Vidales, quien había sido inspector de Policía, y a su hijo, Eulises Coronado García. Luego a Rosa Elvira Rojas, quien fue sacada en ropa interior.

Siguieron Luis Alberto Peñalosa, Luz Aída Marín Pertuz, Ernesto Ortega Iturriales, Néstor Ortega Marín, Dalwin Salcedo Rangel, Eusebio Acuña Arrieta y Libardo Ortega Durán. A todos ellos los llevaron a una esquina del pueblo y los amordazaron. Estuvieron atadas durante 15 horas mientras los paramilitares saqueaban el pueblo. El resto de la comunidad fue obligada a ver el dantesco panorama. A las 3:15 de la tarde uno de los comandantes dijo: “Hagan ya la fiesta”.

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A 10 de los campesinos los asesinaron con tiros de gracia; a Luz Aída Marín le echaron unos perros encima para que le mordieran los senos. Al ver esto, su padre, Humberto Marín, intervino y también fue asesinado. A las pocas horas asesinaron a otro campesino, José Gregorio Barrera, porque se negó a entregarles a los paramilitares una leche que no era de él.

Todos estos hechos son narrados en un documento realizado por el Centro de Memoria del Conflicto, una iniciativa promovida por el Centro de Memoria Histórica (CMH), que desde hace varios años se ha dedicado a recopilar datos y testimonios sobre los hechos violentos ocurridos en el Cesar. De hecho, el CMH prepara un informe sobre la masacre de Santa Cecilia, que se espera sea publicado este año.

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Precisamente el CMH se ha dedicado desde hace varios años a recoger datos de lo sucedido en Santa Cecilia y a recomponer el tejido social destruido por la masacre. El mismo Centro de Memoria Histórica le explicó a este diario que se ha buscado que los bolsilleros recuperen su cotidianidad rota por la mano de los paramilitares. En virtud de esto, han organizado torneos de fútbol y otra serie de actividades que le han dado un nuevo aire a este corregimiento.

De la misma forma, se ha intentado acabar con el estigma que sufren los bolsilleros por cuenta de los hechos sucedidos en este pueblo. Una labor similar ha realizado la Unidad de Víctimas. Su directora, Paula Gaviria, le explicó a El Espectador que se ha avanzado en el proceso de reparación colectiva y se han adelantado varias actividades con el fin de que Santa Cecilia recupere su buen nombre. “Para ellos es muy importante el tema del nombre”.

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“Es que yo sigo sin saber qué hizo el finado Eulises para merecerse eso. Somos gente inocente. ¿Por qué a Santa Cecilia lo masacran y humillan de esta manera? No es justo que nos masacren a nosotros que no tenemos nada, que somos tan pobres”, dijo en medio de lágrimas otro labriego.

Hay temor de que lo sucedido el 30 y 31 de diciembre acabe de un tajo con todo lo logrado por el CMH y la Unidad de Víctimas. “Nosotros vivimos en Santa Cecilia de milagro, porque Dios es muy grande”, señaló con tristeza una campesina entrevistada por este diario. “Hago un llamado urgente, que aquí se monte una base militar y estas 700 personas podamos vivir en paz”.

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Hasta este fin de año los bolsilleros vivían en un lugar con muchas necesidades: sin agua, sin luz, sin ninguna forma de comunicarse con el exterior, en el olvido total; sin embargo, vivían sin la zozobra, sin el miedo. Puede que lo sucedido en Santa Cecilia no sea obra de un grupo paramilitar, como lo aseguran las autoridades; no obstante, las llamas de estas nueve casas son suficientes para recordar que en ese corregimiento hubo un baño de sangre y que las heridas no se cierran de la noche a la mañana. Menos si se trata de una larga noche.

jjimenez@elespectador.com

@juansjimenezh

 

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