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¿Un terremoto? ¿Una explosión? ¿Qué fue lo que pasó en la carretera Bucaramanga-Barrancabermeja que destruyó tres kilómetros de vía y tiene incomunicada la capital santandereana con el puerto petrolero?
Esas son las preguntas que se hacen quienes se ven en la necesidad de transitar por el sector La Renta-La Leona y observan un panorama de destrucción con ribetes de tragedia. Casas en el piso, profundas grietas en lo que quedó de asfalto, postes partidos por la mitad, un puente de concreto arrancado de sus bases, árboles derribados, hundimientos que más parecen una pista de motocross que lo que algunos insistían en llamar ‘la autopista a Barranca’.
Helí Montero Murillo, quien perdió más de 300 millones de pesos entre su casa y seis hectáreas de cacao y cítricos, narra que desde la medianoche del 16 de diciembre pasado, “montaña arriba se sintió un totazo como una explosión y la tierra empezó a agrietarse”, dándole tiempo para rescatar ropa y algunas pertenencias, mas no su televisor, estufa y nevera, que quedaron bajo un amasijo de tejas y ladrillos.
“Hasta ahora no tenemos ayuda de nadie. Un solo mercado nos mandó hace quince días el ‘dotor’ (Horacio) Serpa o no sé quién, pero nos alcanzó apenas para una semana, porque en mi familia somos ocho personas”, dice Helí y de inmediato clama por la colaboración del Gobierno.
“Todo se destruyó y estoy ‘enculebrado’ con el Banco Agrario, al que le debo 25 millones de pesos. Ellos me dijeron que de pronto me daban unos años de gracia, pero yo les dije que eso no me servía porque esto quedó vuelto nada; y si no que miren qué hacen con la hipoteca”, explica.
Velando por dos hermanos, su mamá de 82 años, su hija y tres nietos menores de edad, porque su esposa lo dejó, Helí optó por irse a vivir a un rancho arrendado en Lebrija, de donde viene cada día a rebuscarse lo de la comida cargando maletas, como la mayoría de sus vecinos.
Desde hace 25 días Juan Bautista Rincón Prieto, con nueve parientes incluida su esposa en estado de embarazo, está refugiado en la escuela del sector, pero sabe que en los próximos días, ante el reinicio de clases, deberá desalojar para volver a lo poco de su casa que no se vino al piso. Devengaba sus ingresos de los cultivos de aguacate, naranja, yuca, cacao y plátano que comercializaba a la orilla de la carretera, así como del arriendo de 14 piezas a trabajadores de la represa de Hidrosogamoso.
“Lo que me han dicho es que tenga paciencia porque el Gobierno no tiene plata, pero no se resuelve nada y ahí está la deuda que adquirí para poder hacer esa inversión”, señalando con nerviosismo el quiosco en el que tendrá que hacinarse con los suyos.
Recuerda que “el señor gobernador vino como el 20 de diciembre, tomaron fotos y nos dijeron que no nos preocupáramos, pero hasta el momento no hemos visto nada. Después nos trajeron un mercado, pero eso ya se gastó. En la Alcaldía de Lebrija tampoco hemos podido sacar el ‘certificado de desastres’, porque nadie aparece por allá”.
El Espectador estuvo en este montañoso lugar atravesado por la falla geológica de La Leona y registró el desespero de los miles de usuarios que tiene esta vía, quienes se ven en la obligación de transitar por este lugar que hasta hace tres semanas lucía normal, a pesar de que algunos expertos advirtieran desde hace dos décadas que un desastre de esta magnitud se iba a presentar.
Ancianos, mujeres y niños deben sortear a pie una trocha de toboganes de barro y aguas fétidas en una aventura a campo traviesa que puede durar 45 o más minutos, dependiendo del estado físico.
Repetidas señales desde el cruce al aeropuerto Palonegro de Lebrija advierten que la vía está cerrada, pero hasta La Renta llegan busetas y taxis de todas las empresas de la región a un costo de 10 mil pesos por pasaje. Con el calor propio del lugar, una vez el vehículo detiene su marcha, hace su aparición una horda de campesinos que por 15 mil pesos ofrecen llevar cada maleta hasta el otro lado del derrumbe, donde espera un vehículo de la misma empresa que lleva a los pasajeros a Barrancabermeja por 10 mil pesos más.
La zona se ha convertido en una babel donde lugareños y aventureros quieren sacar provecho de la crisis. Revisan de arriba abajo el aspecto de cada persona y le cobran de acuerdo con la cara. “Lo paso en mula, sin que se embarre, y deme 20 mil pesitos”, grita un hombre. “Súbase a la moto, lléveme el casco en la mano y por 2.000 le ahorro ese paso del puente que está tan arrecho”, ofrece un muchacho que lleva colgado a su cuello un carné sin foto de una ‘asociación’ de cargueros que recuerdan esas imágenes de corpulentos mulatos arreando sobre su espalda a quienes se adentraban en el Darién.
A doña Trinidad Gómez nadie la lleva. Es una anciana de 83 años que escasamente puede mantenerse sentada en una silla plástica. Desde hacía dos meses se encontraba recibiendo tratamiento médico en Bucaramanga y espera pacientemente, acompañada de su hija, que dos familiares lleguen desde el puerto petrolero para subirla en una parihuela como si fuera una figura de Semana Santa.
Decenas de vendedores de gaseosa, agua, limonada, empanadas, papas fritas, morcillas y hasta sancocho están apostados a lado y lado de lo que apenas es una línea imaginaria en la que quedan en pie algunas señales de curva pronunciada o giro a la izquierda. Cada producto tiene un incremento del 50 y hasta el 100 por ciento, pero ante la fatiga, la humedad reinante o el llanto de un bebé, pocos reparan en precios. Incluso hay quienes cobran a mil pesos la hora por ‘echarle un ojo’ a un automóvil, a pocos metros de los retenes donde la Policía de Carreteras intenta parar la marcha de los particulares que insisten en ganarle unos metros a la angustia o que sin importarles el riesgo avanzan con sus motocicletas.
Una trocha en la que una docena de retroexcavadoras (dos de ellas recién llegadas de Corea y con los plásticos protectores aún puestos), buldózeres y volquetas, junto a no tan numerosas cuadrillas de obreros, trabajan a la par que los peatones sortean pantanos como uno en el que Alexánder Martínez perdió los dos tapones de sus muletas y debió seguir rengueando como si nada hubiera ocurrido.
“Confiando en Dios la próxima semana habrá paso”, dice sin preguntárselo una optimista mujer de unos 60 años que lleva de la mano derecha a su nieto de seis años y con la izquierda tira una maleta de ruedas recubierta de fango. Otra señora, de aspecto más joven, al ver al periodista le interpela y exclama: “Denuncien a ver si nos paran bolas. Que al menos se asome el presidente (Juan Manuel) Santos. ¡Mire este abandono! Es el colmo que sigan cobrando peajes”.
Por fortuna no ha llovido en los últimos días en esta zona, de donde también se desvía el ramal que conduce a la despensa de San Vicente de Chucurí, cuyos habitantes ahora deben gastar siete o más horas tomando la ruta a Bucaramanga por Zapatoca.
Un aguacero no sólo dificultaría las labores, sino que haría aún más peligroso el tránsito por un lugar en el que habitantes como don Helí Montero aseguran que la tierra sigue rugiendo y atribuyen en parte este desenlace a las explosiones que lleva a cabo Isagen en la construcción de la represa de Hidrosogamoso, aunque otras voces sostienen que no puede relacionarse la obra con este fenómeno de una tierra que se saturó con el agua que le trajo La Niña y que sigue avanzando lentamente loma abajo.
“Esto es igual que África, pero sin leones”, manifiesta Juan José Reyes Peña, ex presidente de la Cámara de Comercio de Bucaramanga, atónito ante la magnitud del problema, las condiciones de subdesarrollo, la impotencia de las autoridades, así como el trasbordo y demás facetas de un desastre que les recordó a los santandereanos su fragilidad ante la fuerza de la naturaleza.