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La Mojana está ahogada

El Espectador estuvo en esta región del Caribe que este año es el escenario de Convive III, un concurso de arquitectura que busca crear vivienda de interés social en las zonas más vulnerables a los desastres naturales.

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El 28 de abril. Ese fue el día en el que comenzó la desgracia. A partir de ese momento la lluvia no cesaría, el río Cauca crecería sin clemencia y la mitad de la isla de Puerto Pajón (corregimiento de Achí, Bolívar) quedaría sumida en una torrente que arrasaría con cultivos de arroz y maíz; gallinas, patos y cerdos; la tienda del barrio, la peluquería de la esquina. Luego irrumpiría hasta las casas del pueblo; se adentraría en la sala, el comedor y la cocina. Entraría incluso a las habitaciones, a la de Angie –una niña de siete años que ahora vive en un albergue–. Y allí, arrasaría con la sudadera del colegio y con la casa de muñecas que su hermana le había regalado meses atrás. Ese era su juguete más preciado, el único que cuidaba casi con devoción.

“Y eso que no ha llegado octubre, el mes del invierno”, suelen repetir los habitantes de esta región, que ya lleva cuatro meses resistiendo la creciente del Cauca, ese río que se convirtió en su suplicio. Y esa misma frase es común escuchársela a las personas que viven a lo largo de La Mojana, una subregión de la Costa Caribe colombiana que recorre cuatro departamentos –Antioquia, Bolívar, Córdoba y Sucre– y que agrupa once municipios. Uno de ellos Achí, donde vive Angie, la pequeña que perdió su casa de juguete, y la real también.

Ahora ella, su papá Sebastián Navarro, su mamá Danilda Castro, y sus tres hermanas: Ana, Deisy y Catalina, viven en un albergue de madera y cubierto por plásticos negros, que les ofreció la Alcaldía del municipio. Allá están seguros y secos, pero todavía tienen media vida en la casa azul de marcos rojos que está inundada. Por eso todos los días, sagradamente, van hasta allí a revisar qué ha sobrevivido a las aguas turbias del Cauca. “Mira, papi, se murieron las plantas –dice Angie desde el patio de su casa, a donde llegó atravesando puentes improvisados con tablas–. Todo lo que dejamos se lo llevó la corriente: los calderos, los platos, las cucharas”.

Luego recuerda que la primera vez que se inundaron, ella y sus tres hermanas estaban dormidas. “Cuando nos despertamos todo estaba boyando (flotando) y el agua se nos había llevado las chanclas”. Ahora, a la lista de los objetos perdidos se sumaron la nevera, la lavadora, “que medio servía”, y el colchón, que quedó reducido a un esqueleto de alambres, como dice Sebastián. Luego de recorrer la vivienda y espantar una serpiente de agua, vuelven al cambuche.

En cambio doña Elsy Polanco, su vecina, nunca sale de su casa, también inundada. Ella no acudió a los albergues ni recibió la ayuda de la Alcaldía. No lo hizo, explica, porque su hija Geinis María Pérez, de 22 años, está enferma. “Es mongolita –dice doña Elsy– y me da pena llevármela a algún lado porque últimamente ha estado muy agresiva y no quiero incomodar a nadie”.
Casi todo el tiempo Geinis se la pasa sentada en algún banquillo alto que la proteja del agua. Está siempre callada y con la mirada fija en alguna parte.

Pero en un instante ese silencio autista se transforma en gritos desesperados: “Papi, papi, ahí viene la manta, me va a llevar, ahí viene, ahí viene”, repite una y otra vez señalando a cualquier lugar y haciendo referencia a una animal del río. Se desespera y empieza a lanzar golpes. Doña Elsy, con toda la paciencia, intenta calmarla. “Mijita, aquí no hay nada, todo está bien”, le dice. Cuando el ataque de pánico pasa y Geinis se duerme, su madre se sienta a hacerle compañía ahogada en un llanto silencioso, como la vida de su hija. Esa es la rutina de doña Elsy: lidiar con las paranoias de su hija y controlar la entrada del agua con bultos y bultos de arena. La historia de Angie y la de Elsy se replican en otras 125 casas del pueblo. La calle El Carmen, donde están las dos viviendas, quedó convertida en un caudal que a veces, cuando el río está más impetuoso, sólo se puede recorrer en canoa.

La culpa de que esté inundado Puerto Pajón, o Puerto Venecia, como también llaman al islote, la tiene “el chorro”, explican sus habitantes. Ese “chorro”, que ellos denominaron El Calvario, su calvario, es una corriente de agua del río Cauca que desprendió la tierra y comenzó a meterse en el pueblo. Ese “chorro”, que lleva dos años haciendo estragos, se ha llevado por delante cientos de hectáreas de arroz. Se ha llevado el ganado. Todos los esfuerzos que ha hecho la administración del municipio para taparlo han sido en vano. “La creciente no perdona. Castigó hasta la retroexcavadora”, dijo Aladino Gutiérrez, miembro de la Junta de Acción Comunal. Además, contó que a principios de este año los trabajadores del municipio estuvieron a punto de sellar el “chorro”, pero llegó el 28 de abril, y con esa fecha la desgracia de la creciente.

Casas para resistir la lluvia

En la mayoría de facultades de arquitectura del país reposan los planos de Puerto Pajón. La historia de inundaciones y desastres de este olvidado islote, que está refundido en un costado del río Cauca, es ahora material de estudio de más de 500 aprendices de arquitectura de 22 universidades, que están trabajando en un plan de vivienda social para este pueblo y para otro, a 100 kilómetros de distancia y a seis horas de viaje en moto cuando la carretera está dañada por el invierno, llamado San Marcos (Sucre).
Las dos regiones pertenecen a La Mojana, la zona que permanece inundada casi ocho meses al año. La abundancia de agua tiene una explicación: en estas tierras confluyen los ríos Cauca, Magdalena, San Jorge, Caribona y Nechí. Además de estos afluentes, La Mojana está plagada de ciénagas, quebradas, caños y humedales, que tienen la tarea de regular los caudales de los ríos.

Esa función natural se desbordó con la intervención del hombre. “El gran problema es que le han metido la mano a ese sistema. Los habitantes del sector han hecho drenajes para regar los cultivos, le han robado tierras para construir. Están vertiendo cianuro a los ríos para extraer oro y platino. Los mineros también han sido muy nocivos con estas aguas. Todo eso ha transformado el sistema”, explica Gonzalo Correal Ospina, miembro de la junta de la Sociedad Colombiana de Arquitectos. Las reservas de agua, que eran consideradas un “amortiguador hidráulico”, con el tiempo se convirtieron en las principales causantes de las inundaciones y en la desgracia de los habitantes de la zona.

La Mojana es el escenario de la tercera versión de Convive, un concurso nacional de arquitectura –organizado por la Sociedad Colombiana de Arquitectos, el Consejo Profesional Nacional de Arquitectura, la Asociación Colombiana de Facultades de Arquitectura y la revista Escala– que busca generar proyectos de interés social en las zonas más vulnerables a los desastres naturales. En Puerto Pajón, los concursantes tienen un objetivo: diseñar viviendas acuáticas para que los habitantes del islote no tengan que abandonar sus casas cada año, dejando sus bienes a la suerte del río Cauca. “Este tipo de vivienda –explica el arquitecto Correal– debe tener la capacidad de adaptarse a períodos de variación climática. Desde lluvias muy intensas hasta tiempos de sequías. Además, debe ofrecer integridad y seguridad para las personas y sus bienes”.

Los participantes de Convive III presentarán dos propuesta: una para la zona rural de Puerto Pajón y otra para el casco urbano de San Marcos. Allí, el invierno todavía no arrecia. En este pueblo las inundaciones llegan, puntualmente, en octubre. Pero desde ahora sus habitantes se preparan para la lluvia intensa, el desbordamiento del río San Jorge –que los rodea– las crecientes de las ciénagas y de los caños que están encajados por todo el municipio. Desde ahora se preparan para dejar sus casas y pasar un par de meses en la vivienda de algún familiar que los recibe cada año, o en los albergues que la Alcaldía dispone. En octubre el pueblo se “ahoga”, como dicen todos sus habitantes.

San Marcos

Los pies de doña Anserma están ennegrecidos y cubiertos por una sola callosidad. Le duelen todo el tiempo. Ni ahora que está enferma, ni antes que gozaba de salud, la señora usa zapatos. A veces se pone unas sandalias para amortiguar el dolor, ese que comenzó a sentir cuando su casa empezó a inundarse con las aguas de la ciénaga del Toro revueltas con el agua negra que está estancada en un pozo contiguo a su vivienda. Antes tenían inviernos fuertes, como el de 2005. Esa fue la primera vez que tuvieron que abandonar la casa “porque el agua nos llegaba hasta aquí”, dice doña Anserma señalando sus rodillas. “Esa vez el agua nos cogió de sorpresa”.

Desde ese entonces, cada octubre, se convertiría en una rutina encaramar las camas y los muebles y el escaparate en bloques para que la madera no se empezara a humedecer y luego a podrir. Sería una rutina empacar lo necesario para sobrevivir y abandonar la vivienda cuando el agua había subido casi hasta la cintura. Cada año lo mismo. Pero la tragedia se volvió más tragedia hace un par de años, cuando además de resistir el desbordamiento de la ciénaga, las aguas negras empezaron a represarse y a meterse en el patio de su casa. La mezcla de los dos fluidos se volvió fatal. Los niños se enfermaban de bronconeumonía y otros males del sistema respiratorio. Un dolor incesante se enclavó en los pies de doña Anserma y su esposo Heriberto Sequea. Ambos alivian el dolor untándose en los pies crema yodora, y las sanguijuelas las repelen con limón y sal.

Doña Anserma se queja de que la Alcaldía los ha abandonado con sus males y sus aguas negras. La misma administración de San Marcos reconoce que el pésimo sistema de alcantarillado es resultado de un sinfín de errores de la administración del pueblo. “En 1995 se empezó a construir, desafortunadamente todavía no se ha terminado. Apenas está construido el 30% de las redes, porque las administraciones anteriores no se preocuparon por este problema –dice Franklin Velásquez, secretario de Planeación de San Marcos–. Los recursos están, pero no se puede construir porque el nivel del agua es muy alto, hay que esperar que baje, más o menos en enero”. Según el señor Velásquez, son $17 mil millones los que están destinados para terminar el sistema de alcantarillado. Las obras terminarían en el año 2011. Explica también Velásquez que la Alcaldía tiene proyectos para reubicar a las personas más afectadas por las crecientes ciénagas y las aguas negras, pero que son los mismos habitantes de esas zonas los que se resisten a dejar sus casas.

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“Si me voy para una casa de esas que le propone a uno la Alcaldía, ¿dónde voy a criar mis cerdos?”, se pregunta doña Catalina, una señora de 70 años que también tiene su vivienda junto a la ciénaga del Toro y al pozo del alcantarillado. “Yo tengo aquí mis animalitos. Allá no puedo sembrar nada y me muero de hambre”. El terreno en el que vive la señora Catalina es amplio, y en esas tierras se ve pequeño su rancho de bahareque y palma, que apenas tiene dos paredes y un techo para proteger del agua a ella y su hija y a sus nietos. Nada de puertas ni ventanas. En octubre el agua también es inclemente con sus cultivos y sus cerdos. Pero ella, a diferencia de doña Anastasia, no tiene dónde pasar el mes de la lluvia. Entonces se queda en su casa soportando el agua y cuidando a los cerdos.

En San Marcos las aguas turbias se unen con las naturales y esa mezcla está regada por todo el pueblo. Los marranos, que están por todos lados y en todas las casas, beben de ahí. Los patos nadan en las aguas negras y muchos se mueren allí mismo. Los viejos se enferman de dolor en los pies y los niños de bronquitis y de parásitos. Los pequeños corretean con sólo los calzones puestos. Abundan los cabellos rubios entre los pequeños, cabellos desteñidos por la desnutrición.

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Todavía no llega el invierno y ya las calles de los barrios más bajos, que son también los más pobres, están empantanadas y algunos patios ya están totalmente inundados. Con el río crecido los peces, que son la principal fuente de ingresos de la gente de San Marcos, escasean. Incluso en tiempo de verano. Ya la abundancia no es la misma que en tiempos pasados. Hace 20 años en este pueblo se producían 50 mil toneladas de pescado al año, ahora sólo 500 toneladas, la mayoría bocachico y bagre.

Todavía no llega octubre, el mes de las lluvias incesantes, de las inundaciones, de los ríos Cauca, Magdalena, San Jorge, Caribona y Nechí desbordados, inclementes. Todavía no llega octubre y las carreteras, las pocas vías que unen a un municipio con otro en esta región, están intransitables. Sólo para llegar desde San Marcos (Sucre) hasta Nechí (Bolívar) hay

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que hacer un viaje de seis horas en moto, cuando en verano no son más de dos horas. Todavía no llega octubre y La Mojana ya está ahogada.

La violencia de otros tiempos y de ahora

Si el miedo ya no estuviera latente en La Mojana, si ya no hubiera grupos armados que amenazaran la zona, el sábado 23 de agosto los pocos medios de comunicación que existen en San Marcos hubieran informado a voz viva: “El pueblo amaneció con buenas noticias. Mataron a ‘Carriel Pelao’, el comandante paramilitar que dejó tanto niños huérfanos en esta región”. Pero todavía hay temor y la gente apenas se atreve a decir “yo no le deseo la muerte a nadie, pero sin ese señor, San Marcos va estar más tranquilo”.

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El homicidio había sido el día anterior. Julio Rafael Beltrán Badel, alias “Carriel Pelao”, recibió tres tiros mientras estaba sentado en la panadería La Sorpresa, frente a la iglesia del pueblo. Estaba acompañado de su novia Kira Paola Vergara Arroyo, quien resultó herida. Según la Policía de Sucre, el homicidio podría tratarse de una retaliación. “¿Autoría de quién?”, nadie del pueblo se atreve ni a comentarlo. Un viejo que trabaja en una emisora del municipio sólo responde, entre evasivas, “yo sólo sé que está muerto”.

Todo el mundo conocía a Beltrán como “Carriel Pelao” porque, en sus tiempos de militante en las autodefensas, llevaba siempre un carriel vacío terciado en la espalda. Esa historia la conocen todos los habitantes de La Mojana. También saben que era un hombre cruel, frío, que disparaba sin ningún remordimiento. Beltrán era comandante militar y jefe urbano del bloque Mojana de las Auc, que se desmovilizó en febrero de 2005 y que estaba bajo el mando de Eduardo Téllez Covo, alias “Diego Vecino”, y Rodrigo Antonio Mercado Pelufo, alias “Cadena”.

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Después de cuatro años, en La Mojana todavía quedan rezagos de la violencia que protagonizaron guerrilleros y paramilitares en una disputa por el territorio. La presencia paramilitar estaba representada por el bloque Mojana. Por parte de las Farc hacía presencia el frente 37, perteneciente al bloque Caribe.

Hoy en la zona ya no hay grupos armados ilegales organizados, eso lo atestiguan los mismos habitantes. Pero también es habitual el rumor de que aún hay presencia de grupos emergentes, que son los mismos que protagonizan asesinatos como el de “Carriel Pelao”, el hombre alto y buenmozo que conquistó a muchas mujeres en la zona y que dejó a muchos niños huérfanos.

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Intervención del Estado

“El problema de La Mojana es que estamos metidos en el cauce de los ríos que la atraviesan. Entonces ellos buscan y reclaman que los dejen seguir su curso. La mayoría de territorios que resultan gravemente afectados en inundaciones, pertenecen a los ríos”, explica Luz Amanda Pulido, directora nacional de Prevención y Atención de Desastres. “Para proteger a toda esa gente habría que hacer una muralla china”, concluye.

Este año en La Mojana la afectación del invierno se ha concentrado en tres municipios del departamento de Bolívar (San Jacinto del Cauca, Achí y Magangué), cinco de Sucre (San Benito, Caimito, Guaranda, Majagual y Sucre), uno de Antioquia (Nechí) y uno de Córdoba (Ayapel). Resultaron afectadas 10.078 familias (50.390 personas).

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Las alcaldías son las responsables de atender a las víctimas de desastres naturales. “Lo que pase con una emergencia es responsabilidad de los alcaldes, que deben tener activo un plan de atención y prevención. De manera complementaria, y cuando las capacidades se agotan, intervienen las gobernaciones y el Gobierno Nacional”.

El Sistema Nacional de Prevención y Atención de Desastres (Snpad) ha estado al frente de la emergencia y ha aportado más de $3.200 millones para obras de mitigación y control de inundaciones. La ONU también se ha sumado a las ayudas con el suministro de agua y asesoría en saneamiento, adecuación de unidades sanitarias, de escuelas, albergues, capacitación y promoción de higiene y medidas preventivas de salud. El Programa Mundial de Alimentos ha brindado ayudas a 8.000 familias (40.000 personas) y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) estuvo presente en la construcción de albergues temporales.

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