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La muerte de Camilo

Mientras nos alejamos, los helicópteros sobrevuelan a muy baja altura el sitio de la emboscada. A las tres de la tarde paramos en una casa cercana para buscar algo de alimentos y hacerle una mejor curación al herido.

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Después de una noche difícil, desde el amanecer marchamos hasta el mediodía. En una casa de confianza conseguimos un poco de comida, nos informan sobre el enemigo y nos dan indicios para encontrarnos con los demás compañeros. A las siete de la noche escuchando las noticias nos enteramos que en Patio Cemento han sido muertos seis compañeros, entre ellos Camilo Torres Restrepo.

—La revolución colombiana ha sufrido su golpe más fuerte con la muerte de Camilo Torres, —nos dice Hernando llorando y con mucha amargura.

Estas contundentes palabras solo pudieron ser acompañadas por nuestro silencio y no volvimos a hablar más del asunto hasta que nos reencontramos el veintisiete de febrero con todos los compañeros en el campamento.

Los compañeros nos imaginaban muertos, por eso hay entusiasmo con nuestra llegada, pero aun así predomina la tristeza por los acontecimientos vividos.

Me entero que ayer ha finalizado en el campamento la evaluación de la operación realizada y se concluyó que el golpe recibido es demasiado fuerte. Camilo era para el pueblo un símbolo de lucha, de redención, de firmeza y dignidad. Los recién llegados escuchamos con atención a Jerónimo que nos dice:

—El pueblo colombiano ha perdido a su mejor dirigente y nuestra organización ha recibido un golpe en la cabeza. Hernando, que conoce a fondo el Frente Unido y el papel de Camilo en él, comprenderá mejor la magnitud de la pérdida y el ELN tendrá que hablar de su historia, antes y después de la muerte de Camilo.

Al escuchar estas palabras Hernando vuelve a llorar como lo hizo el dieciséis de febrero, al enterarse por las noticias de la muerte de Camilo.

—El enemigo ha decretado nuestra muerte política, nuestra desaparición como expresión revolucionaria —continúa diciendo Jerónimo—, los enemigos de Camilo dentro de la iglesia tal vez se alegren con su muerte, y nuestros enemigos dentro de la izquierda nos culpan por ella. Camilo y los que cayeron junto a él son un claro ejemplo de lucha y compromiso. No falta quien en estos duros momentos se sienta desmoralizado por la muerte de Camilo. ¿Cómo puede desmoralizar a sus seguidores la caída en combate de su dirigente? ¿No es acaso el más grande ejemplo de entrega a su pueblo la acción de Camilo? Vamos a levantarnos de este golpe, vamos a seguir el camino de Camilo y digámosle con firmeza al pueblo que somos los continuadores de su lucha.

Jerónimo coloca su mano en el hombro de Hernando y concluye diciéndole:

—Casi siempre aprendemos más de los golpes que de las victorias, hoy no tenemos otra alternativa.

—Pueden contar conmigo—, responde Hernando profundamente conmovido.

Poco a poco tuve conocimiento de cómo sucedieron los hechos. Ese día en la tarde, hablando con Carlos me comenta:

—Cuesta creer que un sólo soldado nos hizo tanto daño, ese hijo de puta mató a Camilo, Camilito, Ramiro y a Joaquín. Cuando iniciamos el combate la subametralladora Madsen se me trabó y quedó inservible. Para colmo de males cuando intento saltar buscando protección pierdo la pistola y quedo desarmado, el soldado aprovecha y se protege de inmediato manteniéndose inmóvil y sin disparar.

Carlos aún tiene muy frescos los acontecimientos, por eso las palabras le salen casi amontonadas, como tratando de contármelo todo de una vez.

—Mientras recuperaba un fusil Camilo es herido por el soldado agazapado. Él se queja, cuando Ramiro va a auxiliarlo el tipo le dio también a Ramiro, luego bajó Camilito y también le dio, yo no me di cuenta a qué horas mató a Joaquín, los compañeros me dicen que él venía por el camino sin percatarse de lo que pasaba y cuando le gritaron que se tendiera el soldado le disparó. En ese momento empezó a llegar la gente y a amontonarse junto al camino, cuando intentábamos organizar un grupo para rodear el soldado y dispararle desde el río, nos emplazaron una ametralladora a unos cien metros atrás y desde arriba, sin remedio nos tocó replegarnos dejando a Camilo y al resto de compañeros. El río lo cruzamos combatiendo y los últimos lo cruzaron por más abajo de lo acordado, porque al final el paso estaba prácticamente tomado por el ejército.

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(*) Fragmento del libro “Los muchachos que bajaron del monte” de próxima publicación.

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