Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
1. Resguardo guambiano: la tierra lo da todo
El día de conteo de votos, Jeremías Tunubalá rezaba con su familia para que los comicios no lo favorecieran. Su comunidad, los indígenas guambianos, lo postuló para ser su gobernador general en el año 2011. Sabía que lo esperaba un arduo trabajo por un año si lo elegían. Sin ansias por el poder, la máxima de los líderes es ofrecer su trabajo de modo desinteresado, en función de su pueblo, una labor en la que se atiende toda serie de encargos: resolver conflictos entre los indígenas, ser representante ante el Estado, convertirse en taita y autoridad. Y contra su pronóstico, Jeremías fue elegido. Las diversas masacres, la guerra, el olvido, la falta de respaldo y las pugnas por la tierra marcan la existencia de un gobernador. Jeremías mandó obedeciendo.
2. El gobernador ahora concejal
“Soy indígena de pensamiento”, dice. “Ya no tenemos tierras para recuperar, defenderemos con nuestra vida las que tenemos”, sentencia Jhon Mario Restrepo, el gobernador indígena. Su acento paisa, su modo de vestir y su manera de ser podrían poner en duda su condición indígena. Siempre porta un largo y colorido collar, con símbolos alusivos a su cultura, hecho con chaquiras y tejido por él. En el municipio de Marmato es un líder cívico. El 30 de octubre de 2011 fue elegido como concejal de su municipio, por tanto Adriana Palomino es la nueva en el mando de los embera. Su comunidad no ha querido ser reconocida como resguardo indígena: no existe de modo legal, aunque se encuentra milenariamente asentada allí. Por los intereses desatados gracias al oro que hay en las montañas, la comunidad de los cartama parece sufrir más que el pueblo palestino en Oriente Medio.
1a. Llegar a Guambía
“¡Popayán! ¡Popayán! ¡Piendamó!”, gritaba el pato, el ayudante del conductor. Y su grito no paró hasta que llegamos a uno de los 38 municipios del departamento del Cauca. En la buseta íbamos cuatro personas. Después de los vociferantes anuncios y de parar en cada estacionadero, quedó repleta. La única forma de acceder a Silvia, territorio ubicado en la margen occidental de la Cordillera Central, es llegar a Piendamó y abordar una nueva buseta. Jeremías nos esperaba.
Ir a Silvia es recorrer un país que pasa por una temperatura fresca, calor pegajoso, hasta el frío extremo. Y esa variedad climática se refleja en la diversidad cultural: mulatos, negros, mestizos e indígenas conviven en una misma geografía. Jeremías es de Guambía, en Silvia. Mientras le hablo por teléfono me dice que hay que tener mucho cuidado: varios comunicados han puesto en peligro su vida. En septiembre le llegó una amenaza del grupo Nietos del Quintín Lame, que se autoproclaman portavoces de los indígenas sin tierra para recuperarla, como lo hizo el legendario indígena en la década de los 30. “Si no se va lo torturamos a usted y a su familia”, precisa la amenaza. En Cauca se fragua la guerra intensa que vive el país con todo tipo de matices: guerra irregular, ataques constantes de la subversión a las Fuerzas Militares, tomas, señalamientos, desapariciones, barbarie. Llegamos. Los guambianos, junto con los paeces, deambulan por la plaza central del pueblo.
2a. Cartama: el oro les genera trabajo pero los puede exterminar
Marmato es el pesebre de oro de Colombia. En una de sus montañas se presume que hay 10 millones de onzas del preciado metal: representan como 16 billones de pesos, en lo que se estima el endeudamiento de los Estados Unidos para 2012. Desde la llegada de los españoles hasta las ansias de multinacionales por quedarse con la riqueza, pasando por la financiación de varias de las batallas emprendidas por Simón Bolívar: todas ellas marcan la vida del pueblo caldense. El oro genera todo tipo de disputas.
Marmato se encuentra a unas 3 horas y media de Pereira. A 75 kilómetros de Manizales. Vía Medellín, partiendo de La Felisa, una chiva conduce a los viajeros hasta El Llano, el nuevo lugar hacia donde se ha ido trasladando a la población. El barrio de arriba parece fantasma, salvo por la actividad de mercado en la plaza y por la iglesia. Se extraña al párroco Reinel Restrepo, líder asesinado en el mes de septiembre de 2011.
Recorrer el territorio de Cartama de los embera-chamí es subir por un filo largo y empinado. Abunda la pobreza. Son 2.800 indígenas que viven de la extracción del oro. “Tanta riqueza en esta montaña y nosotros a veces sin tener para comer”, expresa una indígena. En los jornales ganan entre $10.000 y $15.000 diarios. Para ellos, el pesebre parece haber escondido al Niño Dios.
1b. Jeremías cumplió una obligación
Jeremías participa de un encuentro con mujeres, una de las diversas reuniones que en un día sostiene con su comunidad. Silvia es llamada la Suiza de América: si allá el paisaje retumba en los ojos, acá la maravilla no deja de causar expectación. Montañas con pinos y árboles de diversa especie, donde el azul y el verde se confunden; lo típico es ver caminar a los guambianos con sus faldas azules, bufandas de colores subidos, botas Grulla y sombrero. Las mujeres lucen un vestido similar, cargan a los niños en sus espaldas. En estos sitios los guambianos fueron esclavizados, terrajeros, colonizados y desterritorializados por los españoles.
El mandato de Jeremías estuvo acompañado por 174 personas que no recibían sueldo, salvo el que maneja la ambulancia, el médico, y otros. La gobernabilidad no pelea por la burocracia, el poder se asume con serenidad, parte esencial del ser guambiano: cada cual sabe que cumple una obligación.
2b. Las presiones: Jhon Mario y el territorio
Cartama no tiene unidad gracias a los continuos desplazamientos a los que han sido sometidos los indígenas. Tampoco tienen lengua propia porque la han dejado olvidar y la comunidad lucha por unificarse y recuperar su identidad. Monterredondo es la vereda donde se ubica. Una multinacional canadiense ha comprado varios títulos de pequeños mineros. Cuenta con la ventaja de que el pueblo se ha venido trasteando gracias “a deslizamiento ocurrido” en abril y a un plan estratégico para bajarlo de la montaña que será explotada a cielo abierto.
Jhon Mario ha sufrido toda clase de persecuciones. “Me siento más seguro acá en mi tierra que cuando salgo”. Su liderazgo parece incomodar intereses. “Es más importante la libertad de un pueblo que llenarme de plata”, afirma con contundencia, y relata cómo se ha sentido perseguido. Juega con los niños de la comunidad y sus preocupaciones se disipan. Una vez, en un foro, hizo requisar a dos personas: les encontraron carné de la empresa minera Medoro, y cuenta que lo persiguen como una forma de asedio. Le han ofrecido dinero para que cese de ‘molestar’ y permita hacer estudios en los sitios ancestrales de su comunidad. “Pórtese bien que nosotros le ayudamos”, le han dicho los emisarios de la Medoro. Es concejal para evitar que “sigan gastando el recurso público de las regalías en fiestas con la multinacional, o robándoselo”.
Además, cree que el Estado no ha querido reconocer su territorio como sagrado, porque les conviene, por si en la otra montaña no hay el oro esperado. Cartama fue fundada por él y otras personas en 2003.
1c. Reexistir es parte del ser guambiano
“Ya no tenemos tierras para recuperar, defenderemos con nuestra vida las que tenemos”, sentencia Jeremías Tunubalá, el gobernador indígena, luego de un discurso en el resguardo de Santiago, en Silvia, Cauca. La conexión con la tierra es su esencia. Vivir en sus tierras les ha permitido mantenerse como cultura, aunque han tenido que defenderla con su resistencia. Las 6 mil hectáreas en las que viven todos los guambianos les permiten tener 2.500 metros cuadrados por persona, para cultivar, tener estanques con trucha algunos o sólo la casa. El problema es que sin tierras y en crecimiento, la comunidad se encuentra ante una incertidumbre: “más la amenaza de que vengan por nuestros recursos naturales”, apunta en su discurso el gobernador.
“Acá nació el movimiento indígena de Colombia y queremos seguir su legado”, dice Jeremías. “Queremos continuar con las enseñanzas que nos dejaron nuestros sabios”. Enfatiza la idea de seguir organizados y resistiendo de modo pacífico. Suelta muchas frases, cada una de ellas con una apropiación de lo que son como comunidad. “Recuperar el territorio para recuperarlo todo” es la consigna que han sostenido desde hace décadas, cuando fueron esclavizados y exiliados en su territorio. Los guambianos son 17.500 integrantes, su mayor fuerza está en Silvia. Su visión de mundo contrasta con la idea de que si cuentan con territorio lo demás se va construyendo.
2c. Ser indígena es un acto de pensamiento
Los indígenas conviven con la humillación constante de parte de quienes creen que sólo sirven para cargar y trabajar. En Marmato los tienen en cuenta para los trabajos más duros en las minas, cuenta Jhon Mario, y sigue caminando por el filo del territorio. Los indígenas cartama fueron extinguidos por los españoles gracias a los trabajos forzosos impuestos en 1625. “Si no nos organizamos, terminamos extinguidos de nuevo”, afirma.
Los integrantes de la comunidad conservan rasgos de mestizo. Le pregunto a Jhon Mario por lo particular de su fisionomía, como si ser indígena fuera cuestión de fenotipos, y me responde: “En la época de la colonización, no por Cristóbal Colon sino por un grupo de indígenas de diferentes etnias del país —no tenemos un dato exacto—, sabemos que vinieron ansermas, quimbayas, supías, varias tribus, y para nosotros fue muy importante hacer un estudio y darnos cuenta de dónde veníamos. Porque cuando se sabe cuál es el valor de la vida es cuando uno decide a qué se puede pertenecer y qué cultura lleva consigo”, además me increpa y me dice que yo también soy un mestizo.
1d. Los misak son una familia, Jeremías un hijo
Jeremías es padre de una hija, Maia Sofía Tunubalá, su compañera, la mama Liliana, también asumió desde el 1º de enero de 2011 como gobernadora. Su casa queda en la vereda Puente Real. Recuerda que allí, cerca al río Piendamó, cuando niño, sus padres le hacían el ritual del refresco. Lo sumergían en el río todas las mañanas a las 5:00 a.m., tres veces, para que nunca se le olvidara de dónde venía, además de motivarle la vida y conectarlo con la naturaleza. En su casa enterraron su cordón umbilical, muestra de saber que son de la tierra y pertenecen a ella.
Los misak consideran la familia como prioridad, la familia es la que gobierna. Jeremías, a sus 35 años, es uno de los gobernadores más jóvenes de su pueblo. Pertenece a una familia numerosa: nueve hermanos: cinco mujeres y cuatro hombres. Él es el de la mitad. Todos los días se reúnen en la cocina, donde ubican el fogón para conversar los temas de familia y tomar las decisiones de manera mancomunada. Se quita los zapatos y bebe una aguadepanela.
Alrededor del fogón se relaciona y fortalece la comunidad guambiana, desde el fogón se traspasan los valores. Al ser una comunidad edificada por la palabra, su cultura nace en las conversaciones en la cocina. El fogón se ubica en la mitad de la casa, como lugar de encuentro. Cada uno tiene un puesto, un rol por desempeñar. El hermano menor dice que la gobernabilidad nace en el fogón. Ahí se discuten los problemas, comparten sus alegrías, enfrentan las situaciones adversas.
Lorenzo Muelas, uno de sus máximos líderes, dice que son como “una espiral: podemos enrollar y desenrollar, salir y salir, pero siempre volveremos a nuestra tierra”. El maíz es la base de su alimentación. Tienen estanques con trucha, una serie de legumbres y tubérculos en sus fincas. “Si no labramos la tierra, no tenemos derecho al plato de comida diario”, comenta Lorenzo.
Jeremías se graduó de comunicador social en la Universidad del Valle. Estaba haciendo una especialización en Conflicto y Derecho Internacional, que cesó para ejercer como gobernador. La responsabilidad es de 24 horas al día, los 7 días de la semana. Al acabar el mandato vendrán nuevos hijos y la continuación de varios proyectos personales.
Jeremías ha viajado por el mundo; las amenazas no lo intimidan. Resolver conflictos de justicia, que incluye el dar fuetazos, o dirimir problemas conyugales, ser el representante ante el Estado, luchar por la unidad de los guambianos, realizar proyectos y ejercer el mandato de su comunidad, han sido sus prioridades. Ha vivido de la tierrita y de ayudas familiares mientras en 2012 retoma su vida normal. Deja de beber la aguadepanela y nos dice que debemos irnos; sin embargo, cuenta que los misak no sólo “resistimos, re-existimos. Es algo más profundo”. Jeremías mandó obedeciendo. Su familia rezó para poder hacer un buen mandato. Ya acabó, lo importante fue estar con su comunidad departiendo.
2d. Cartama: el oro les genera trabajo pero los puede exterminar
A sus 26 años, Jhon Mario Restrepo ya suma 12 como líder. Fue personero en el colegio, sumado a tres períodos de gobernación indígena. Un sábado trabaja en el molino, en las labores mineras. Es soltero, no tiene compañera “por no tener tiempo”. Su dedicación a la comunidad lo mantiene entretenido. Es amante de las plantas, como también de las esencias; se las unta todos los días, comenta que si combina Don Juan del Dinero, con un trago de aguardiente en la mañana le sirve “para atraer buenas energías y pensamientos”. Su angustia es la de creer que en algún momento los van a sacar de su territorio. Las tierras donde viven son improductivas y no cuentan con una extensión acorde donde vivir con dignidad, pero por lo menos se refugian de las inclemencias del clima.
Es auxiliar contable y técnico en informática. Tiene siete hermanos y gracias a la minería su papá les dio estudio a todos. Sueña con ser el alcalde de Marmato. Lo aterra la forma como se aprovechan de su gente, lo indigna participar de las reuniones donde se negocian sus derechos, por eso, asegura, todas las noches “me tomo un vaso con agua, para purificarme de los malos pensamientos, porque uno dentro de una reunión se pelea con esta gente y le entran malos pensamientos, lo reconozco, pero siempre hago esto para que Dios me purifique y al otro día me levante con la misma energía y alegría para seguir luchando por mis indígenas”.
Recorrer el territorio es como ser exiliados en su propia tierra. Hace un mes encontraron en Monterredondo Alto un cementerio indígena. En ese mismo lugar levantan una torre de Comcel, sin mediar diálogo; fue impuesta. Jhon Mario se queda jugando con una veintena de niños indígenas que nos siguen en el camino por el filo. “Todos los domingos, me levanto y vengo a jugar lleva con los niños, o al escondite”.
Una mujer que nos recibe en su casa, al preguntarle si es indígena, baja la cabeza y dice con voz entrecortada: “Sí, pero me da mucha vergüenza”. La forma de vida de los indígenas es refugiarse en las tardes a ver televisión, “viendo esas novelas malucas de Caracol”, como cuenta Martha Liliana Bueno, de 27 años. La base de su alimentación es muy precaria, “arroz, con papa, cebolla y tomate”; no hay para más. Se acomoda en su casa de bahareque, donde viven 12 personas en un espacio de 2,5 por 7 metros.
Jhon Mario debe irse a una reunión con la comunidad. Pero antes me dice, cuando le interrogo por el ser indígena: “Amar la tierra y todo lo que nos rodea y saber defender la autonomía lo hace a uno ser indígena”. Se despide, pero antes nos dice que tengamos cuidado: en las noches patrullan por el filo personas con camuflado y armadas. No se sabe quiénes son.
* Esta crónica es el resultado de una beca de creación de periodismo cultural del Ministerio de Cultura. Por razones de espacio, la versión original fue editada.
* John Harold Giraldo Herrera, docente Universidad Tecnológica de Pereira.
john.giraldo.herrera@gmail