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Una marcha que encabezaron los niños al son de su banda, que estuvo animada por el cuerpo de bomberos, el Ejército y la Policía, y que vio desfilar, con paso lento pero con sus atuendos llaneros de ayer y de hoy, a los pocos excombatientes que aún viven. Los mismos que defendieron a muerte sus ideales y en septiembre de 1953 entregaron sus armas.
Sus voces constituyen el testimonio vivo de una época de apremios en la que pudo más la paz que la violencia. En una silla de ruedas azul, acompañado por su esposa Elvia, por una de sus siete hijas y por una de sus 11 nietas, Adonisedec Amaya, un viejo combatiente llanero se sumó al desfile. Su esposa no se cansó de recordar que él perteneció a la guerrilla de Manuel Bautista. “Tiene 89 años y sus rodillitas ya no le aguantan. Es que le tocó muy duro. Dormía en el piso, duraba días sin comer y sin tomar líquido”.
“Él nació en 1924. Nada tenía que ver con el conflicto, pero en 1950 le mataron a su mamá. Entonces él y su hermano Alfredo decidieron unirse. Allá estuvieron tres años. Como no tenían nada para tomar les tocaba colocar un pañuelo en los charcos sucios y así recoger agua. Luego lo chupaban y era lo único que tenían para tomar. Cuando aparecieron las armas, empezaron a formar pueblito y a trabajar. El gobierno no les cumplió con lo prometido. Sólo le dieron una pala y una libra de café”, añade Elvia de Amaya.
Con atuendo campesino, camisa blanca de flores y pantalón de seda, Elvia de Amaya concluye: “Nos conocimos después que dejó las armas. Yo estudiaba en Támara y fui a visitar a unos tíos que vivían por acá. Ahí estaba Adonisedec. Tenía 37 años y yo 19. Nos casamos porque en esa ocasión era bien distinto a ahora. Él me cuenta que eso era bien violento. Una vez le pasaron unos tiros cerca a la cabeza y le arrancaron el pelito. También me cuenta que por las noches, cuando les tocaba salir corriendo, todos se cogían a un lazo largo para no perderse”.
“Somos un mostrario”: Olmedo Parra
Durante el evento protocolario, en medio de los discursos, un hombre de camisa roja, sombrero y poncho llanero, se levantó de su silla y pidió la palabra. Se llama Olmedo Parra, fue combatiente de las guerrillas del Llano y su testimonio coincide con los demás en una reflexión: “nos tienen en el olvido”. De baja estatura, algo pasado de kilos, con la misma voz recia que lo distinguió como líder político de la región, pero sin ocultar ni su simpatía por Rojas Pinilla ni el paso de los años asomándose en sus arrugas, añadió en su intervención: “Para que haya una paz tiene que haber guerra, pero hay que tener motivos. Nosotros respetamos los derechos humanos. Después de dejar las armas, nos dedicamos a fundar un pueblo, a reconstruir todo lo que incendiaron. Los fusiles los cambiamos por educación, hicimos la primera normal, construimos la escuelita en San Agustín, Casanare. Pero nadie nos ve como tienen que vernos. Somos un mostrario de lo que pasó, pero algunos no tenemos ni casita ni la mano de una autoridad que nos ayude”.
“Yo era templado, no me importaba así muriera”: Carmelo Torres
Otro de los invitados de honor a la recordación de los 60 años de la desmovilización de las guerrillas del Llano fue Carmelo Torres. Viudo desde hace ocho años, con el cansancio reflejado en sus ojos y la tristeza en su semblante, con escasas palabras recordó su decisión de ir a la guerra cuando fue necesario y de sumarse a la paz cuando se hizo inevitable.
“Nací en Ururía (Boyacá), y como en los años 40 vi la situación tan grave me dije: claro, yo me lleno de fusil. Y me fui a cuidar el cuartel. Los comandantes decían que tocaba defender todo. Cuando cumplí un año, por ser disciplinado me dieron el fusil. Pero eso sí, yo no podía matar a nadie, solo cuidar que no se robaran nada. Sufrí mucho. Aguanté hambre muchos días pero no me morí. Aquí vuelvo para recordar lo que otros ya olvidaron”.
En sus propias palabras, todo lo que hoy posee son dos cobijas y una medalla que lució en la marcha. Vive solo en un ancianato, no se habla con su único hijo, pero sus recuerdos siguen intactos: “Yo llegaba al cuartel y no había nada que comer. Ni carne ni arroz, ni siquiera un huevo. Un día estaba en Guamal, a seis horas a caballo de mi pueblo, y cuando volví lo habían quemado. No hubo otra opción que la guerra”.
Su comandante fue Álvaro Jura, quien vive todavía pero poco habla. “Él me llevaba a todas partes porque yo era templado. A mí realmente nunca me importó si me moría. Después de haber entregado las armas en 1953, en un lugar que se llama Palmeras, me quedé acá, trabajando en el campo y cargando leña. Ahora vivo en un ancianato en el que me dan alimentación y posada. Mi esposa Rosario Rocha se murió de hepatitis y tengo un hijo en Tunja que no veo”.
“Mi papá es el único comandante vivo”: Jenny Isabel Barreto
Jenny Isabel Barreto es hija de Quintiliano Barreto. A su padre no le gusta mucho recordar sus días de guerrero, pero ella si conoce sus pasos en las guerrillas del Llano. Entre otros aspectos porque fue uno de los jefes principales. Al igual que las secuencias de su padre, Jenny Barreto tiene en su poder los testimonios de muchos otros llaneros que siguieron a Guadalupe Salcedo o Dumar Aljure. Sus palabras recogen el sentimiento de todos.
“Mi papá estaba en Bogotá en 1948 cuando mataron a Jorge Eliécer Gaitán. Él me contó que incluso ayudó a acabar con el tranvía. A raíz de ese hecho se escondió un tiempo y se quedó viviendo en su pueblo, Campo Hermoso. Pero la mayoría de su municipio eran conservadores y él era liberal. Por eso se fue. Se ubicó con Tulio y otro de los hermanos Bautista en la zona de El Vergel, en el sur del Casanare y se sumó a la guerra”.
Con nueve personas más integraron el primer comando guerrillero. “Ese grupo inicial fue el de Tulio Bautista. Allá estuvo cinco años. Después ayudó a formar grupos aparte. Luego, cuando creció con más combatientes, se dividieron. Los otros dos hermanos Bautista, Pablo y Manuel quedaron al mando de otros grupos. Mi papá se fue con Manuel Bautista. Cuando mataron a todos los Bautista, se formó un Estado mayor y mi papá integró el de El Porvenir. Y allí se mantuvo hasta que llegó la negociación”.
Con propiedad en el tema, como si hubiera vivido esos días de paz y guerra, la profesora Jenny Isabel Barreto concluye: “Mi papá quedó como quedaron todos: sin armas. Él tenía un hermano mayor en El Provenir. Allá se fue a vivir un tiempo y luego se casó. Cuando trató de resurgir la violencia, él seguía con autoridad, lo reconocieron y con los días ayudó a fundar el municipio de Monterrey. Hoy es el último comandante y capitán que sigue vivo y su visión de lo que pasa hoy es la misma que la que ellos vivieron: no hay garantías. A él también, durante muchos años lo persiguieron”.
“Nunca me metí a la guerrilla”: José Martínez
El último de los homenajeados no fue guerrillero pero si vivió aquellos días y los conserva en su memoria como si acabaran de pasar. Su nombre es José Joaquín Martínez y fue uno de los primeros pobladores de Monterrey. Nació cerca de Tauramena, nunca se metió a ninguno de los grupos de la guerrilla, pero si vivió las consecuencias. Tan solo tenía 13 años que hoy recuerda con exactitud.
“A nosotros nos persiguieron, nos quemaron todo. Mire, en 1945 había un retén del Ejército, la gente entró y mató a todos los del Ejército que estaban ahí. Entonces yo me dedicaba al ganado y en eso estuve 15 años. Pero vendí la finca porque la tierra es muy delgada y no se alimentaban bien los animales. Me gastaba más plata en los medicamentos. Entonces, me pasé a la agricultura y me quedé sembrando maíz y yuca”.
Los viejos combatientes saben que pasada la celebración volverán a lo de siempre, a su olvido. Los niños saben que en septiembre vuelven a aparecer los abuelos y ellos tienen que sacar sus tambores para animar la fiesta. Pero la convicción de los adultos es la misma que llevan en sus corazones los centauros del Llano que hace 60 años firmaron el primer proceso de paz del último conflicto colombiano: “Nadie recuerda su gesto porque la guerra cesó y la pobreza siguió idéntica. La historia de Guadalupe Salcedo, los Bautista, Dúmar Aljure o los Fonseca no es más que una leyenda que se revive en las arpas”.