
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
En medio de la remodelación del colegio José María Córdoba de Montería se encontraron una serie de urnas funerarias cuando los obreros comenzaron a abrir huecos para construir columnas. Primero llegó la Fiscalía, que determinó que no eran restos recientes, y luego la arqueóloga Neyla Castillo, quien junto con otros investigadores de la Universidad de Antioquia recuperaron siete urnas funerarias, que podrían ser parte de un cementerio que data de hace más de mil años. Esa zona está bajo el agua como consecuencia de las inundaciones que provocó el frente frío, por lo que permanece la incertidumbre de qué tan grande haya sido la afectación.
En el Laboratorio de Arqueología de la Universidad de Antioquia está una de las cerámicas encontradas en la excavación, que comenzó en 2009. Si uno pasa el dedo por dentro, siente la huella de los rollos de arcilla que alguien moldeó a mano, entre los siglos VIII y X. “Somos los primeros seres humanos que volvemos a ver este objeto después de todo ese tiempo”, dice Sneider Rojas, coordinador del laboratorio. “Es como encontrarse un libro que alguien escribió para uno”.
Detrás estarían indígenas zenúes, que desde el 200 a. C. utilizaron al río Sinú como eje a comunidades indígenas que cultivaban maíz, pescaban y se asentaban en terrazas cerca de él. Construyeron sistemas de canales para manejar el agua y dejaron tras de sí vasijas, cuencos, figuras, herramientas de trabajo y urnas funerarias que hoy son materia de estudio, de la zona que es influencia de la represa del Urrá.
Las inundaciones
La emergencia comenzó a finales de 2024. Las lluvias en el nudo de Paramillo, donde nacen los ríos Sinú y San Jorge, fueron inusualmente intensas. La represa se llenó hasta el límite y empezó a hacer descargas controladas que se sumaron al caudal natural del río. El resultado fue una inundación en cadena que cubrió Tierralta, avanzó hacia Montería y golpeó los municipios que están río abajo. La situación se agravó con la llegada del frente frío, que dejó la emergencia que hoy atraviesa la región. Las aguas inundaron gran parte de los sitios arqueológicos hallados a orillas del río Sinú.
Cuando llega una creciente, los barrancos se desmoronan y arrastran los vestigios enterrados. Lo que el agua no se lleva, lo tapan los sedimentos. “Normalmente la gente tenía sus sitios de vivienda a la orilla de los ríos”, explica el profesor Rojas.
Más al oriente, en la depresión momposina, la amenaza es igual de grave: un desborde podría llevarse consigo canales prehispánicos, camellones y sitios de enterramiento de algunos de los yacimientos más importantes del Caribe colombiano, que son de estudio por sus sistemas de riego, pero además dentro de los cuales hay hallazgos que aún siguen inexplorados. “Existen sitios arqueológicos aún no identificados, especialmente en los márgenes inundables de los ríos Sinú y San Jorge”, asegura la arqueóloga investigadora Katy Puche, quien trabaja para la Secretaría de Cultura del departamento.
La mayoría de los hallazgos hechos en el departamento se han hecho sobre el margen derecho del río Sinú, que ha sido el menos afectado por las inundaciones; no obstante, la funcionaria asegura que no tienen certeza del nivel de afectación, dadas las prioridades que se han tomado en la atención de la emergencia, pero también porque hay hallazgos que “hasta la fecha no han sido registrados o no se encuentran publicados en la plataforma de acceso público”.
Las amenazas que enfrenta el patrimonio Las inundaciones, sin embargo, no son la única que enfrenta el registro arqueológico. Durante décadas, el guaqueo fue un negocio organizado en la región. Familias enteras se enriquecieron contratando cuadrillas de 20 o 30 trabajadores para excavar tumbas en busca de oro. Hoy todavía llegan personas al laboratorio de la UdeA con piezas arqueológicas diciendo que se las regaló la abuela. “De hecho, en el Museo del Oro en Bogotá, la mayoría de las piezas que tiene son de guaquería. Se las compraron a la gente cuando todavía era legal”, señala Rojas.
Sobre la calle 2 con carrera 14 de Tierralta, frente al parque central, funciona desde 1988 el Museo Arqueológico Zenú Sergio Restrepo Jaramillo. Tiene 1.600 piezas reunidas en gran parte por el sacerdote jesuita del mismo nombre, quien durante una década de labor pastoral con las comunidades indígenas de la zona empezó a coleccionar las piezas, recuperándolas de la guaquería. Esos mismos hallazgos hacen del recinto uno de los que más piezas aguarda.
Víctor Pantoja, quien lleva años cuidándolas, representa a la Red de Museos de Córdoba en la Mesa Nacional de Museos. “Aquí hay alegrías, tristeza, llanto, estrés y rabia, pero sobre todo mucha pasión por cuidar ese patrimonio. Lástima que no se hayan dado los procesos, pero aquí seguimos”, expresa Pantoja.
Se refiere a las condiciones a las que se enfrenta para preservarlos, pues además de las goteras, la humedad ha afectado la preservación de las piezas. Asimismo, solo 250 de las más de 1.600 han logrado ser inventariadas por falta de recursos para su estudio.
En la bodega del laboratorio, en el barrio Prado Centro de Medellín, reposan seis de las siete urnas rescatadas del colegio. Llegaron tal como estaban: cerradas, empacadas y sin analizar. No se sabe a quién pertenecieron ni qué guardan, porque tampoco tienen presupuesto para estudiarlas. La única urna abierta contenía restos óseos de cinco individuos, entre adultos y menores. Sus huesos se encuentran en el Laboratorio de Osteología Antropológica y Forense de la UdeA, en el barrio Guayabal.
“Los basureros prehispánicos se convierten en una cápsula del tiempo que le permite al mundo hablar de la gente: saber quiénes eran, cómo eran, qué comían, qué hacían”; en los fragmentos de cerámica se lee si el artesano era zurdo o diestro, y en los huesos, qué enfermedades tuvo y de qué se alimentó. Todo ese conocimiento es el resultado de décadas de investigación financiada con recursos del ICANH o la Universidad de Antioquia. El problema es que para leer esos libros hay que encontrarlos, documentarlos y preservarlos. Y eso requiere recursos y voluntad política”, añade Rojas. Por eso les preocupa no solo lo que pase con lo que han rescatado, sino también lo que se pueda perder bajo el agua.
Por lo pronto, Víctor Pantoja sigue abriendo el museo en Tierralta. Las piezas siguen ahí, en sus vitrinas, frente al parque principal. A muy poca distancia el agua ha seguido subiendo.