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Con fallas mecánicas en el avión, a más de tres kilómetros de altura, un intenso aguacero que impide toda visibilidad y a punto de precipitarse sobre la selva del Vaupés, cualquier decisión que tome un piloto es similar a la de un médico en una operación, pero con más vidas en juego.
Así describe Nubia Álvarez, la única mujer piloto de DC-3 en el país, la emergencia más grave que ha tenido en sus 28 años al mando de estas aeronaves de carga que son consideradas los ‘camperos’ del aire, y que hoy sobreviven solo en algunas pistas de lejanos municipios, especialmente de los Llanos Orientales.
El amor de esta mujer por los DC-3 ha llegado a tal punto que incluso durante ocho meses de su embarazo estuvo piloteando estos ‘pájaros plateados’, cuando las restricciones aéreas aún no eran tan estrictas.
Pero es un amor que se está apagando. Las carreteras que se han construido y la llegada de aviones más modernos de carga como los antonov rusos, han desplazado a los viejos DC-3.
De los cuatro vuelos diarios que hacía Nubia hasta hace cinco años, hoy pueden pasar semanas sin estar en el aire, lo que afecta también la economía familiar de esta madre cabeza de hogar.
“No sé hacer nada más en la vida. Aprendí cuando apenas tenía 21 años. Adoro a mis aviones y me moriré manejándolos”, afirma convencida esta bogotana que hace más de dos décadas se fue a los Llanos Orientales para mirarlos desde el aire.
La historia de la capitán Álvarez está también marcada por la tragedia. De hecho, tomó la determinación de volverse piloto de DC-3 cuando su hermano menor, también piloto, murió en un accidente aéreo.
“Mi padre decía que ser piloto era solo para hombres y que la mujer estaba para la cocina, pero realmente yo poco de cocina. Al morir mi hermano cambió de decisión”, recuerda Nubia.
Tal vez en el corazón de su padre estaba el temor a perder a su hija en otro percance aéreo, tal como él mismo perdió la vida en otro accidente en 1991.
Pero la muerte violenta también le arrebató a su hermano mayor y a su esposo, también pilotos de DC-3, de quienes dice marcaron su vida.
“Mi hermano me pagó el curso de piloto, el primer vuelo que hice como comandante fue a Miraflores (Guaviare), con él y fue quien compró cinco aviones para formar su propia empresa. Mi marido era una guía. Ellos eran mi mano derecha y mi mano izquierda”, dice resignada por el pasar del tiempo la comandante.
Ambos fueron asesinados en el 2001 a la salida del aeropuerto Vanguardia de Villavicencio.
Desde entonces, además de saber levantar los DC-3, también ha tenido que aprender a sostener y guiar por sus propios medios a sus dos hijos, quienes no desean ser pilotos y quieren que Nubia deje para siempre ‘en tierra’ el deseo de seguir volando.
‘Pilla’, como la llaman entre sus colegas, ha aprendido el carácter recio a los llaneros, tal vez por los episodios tristes de su vida. Sin embargo sigue prometiendo fidelidad al amor por los DC-3: “A pesar de haber recibido ofertas de aerolíneas comerciales en Bogotá, si hay alguna razón por la que sigo en el Llano es por mis ‘camperos’ del aire”.
Los aviones DC-3
Estos aviones se construyeron en la década de los años 30 y llegaron al país en los años 50 y los pocos que quedan siguen operando en la región de la Amazonia y los Llanos Orientales, siendo Villavicencio la ciudad del mundo donde más operan los aviones DC-3. Tienen la capacidad para transportar 20 pasajeros y unas 15 toneladas de carga.
El costo de un DC-3 en estos momentos es de uno 700 millones de pesos y una hora de vuelo cuesta entre $2.500.000 a $2.700.000, y un viaje ida y vuelta de 3 horas puede costar unos $8.000.000.
Los aviones fantasma que tiene la Fuerza Aérea Colombiana son DC-3 modificados técnicamente para misiones militares.
Así las cosas, estos aviones o ‘Pájaros Bobos’, como les dicen algunos, con más de 70 años de vida, parece que seguirán operando en las regiones más apartadas del país y del mundo como único medios de transporte que permite a sus habitantes transportarse, llevar cargas de alimentos y implementos de salud.