
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Hace algún tiempo, de pronto bastante, cuando los niños estaban jugando y en desarrollo de su diversión se presentaba una discusión respecto de la aplicación de alguna regla, quien se sentía lesionado con la decisión que se adoptaba luego de la correspondiente discusión, con resignación y rabia solía decir “justicia sale a la caricia”. No obstante, a continuación ponía todo su empeño para que a su contradictor le fuera muy mal en lo que restaba del juego, de tal forma que si así resultaba, nuevamente, pero ahora pleno de regocijo, volvía y repetía “justicia sale a la caricia”. Lo anterior, y guardadas proporciones, para hacer referencia a la lección que el tenis, obviamente sin proponérselo, le dio a la humanidad. Específicamente hacemos referencia a las distintas suertes que corrieron Novak Djokovic y Rafael Nadal en el pasado Abierto de Australia.
El primero, que era el amplio favorito, pues venía como número uno de la ATP e inclusive lo sigue siendo, además de que se encontraba en la plenitud de sus aptitudes físicas; invadido por la soberbia y la terquedad, puso en aprietos a un gobierno extranjero, el de Australia, de quien era su huésped y en donde en pasadas ocasiones había sido aclamado y vitoreado. Fue así como trató de quedarse en ese país a sabiendas de que eso no era factible. Para ello, valiéndose de cuanta argucia encontró, trató de hacer su voluntad a toda costa, buscando contravenir no cualquier clase de normas, y mucho menos caprichosas, sino nada más y nada menos que las que un estado soberano, en aras de proteger a su población, había establecido para tratar de controlar el covid. En este propósito, no solo intentó violentar a toda una nación, sino que convirtió su egoísta capricho en una causa política de nivel mundial. Todo esto estuvo precedido de su comportamiento en los últimos Juegos Olímpicos, donde no le bastó romper sus raquetas cuando perdió, sino que además dejó botada a su compañera de dobles mixtos por el mismo motivo.
El segundo, por el contrario, venía de una lesión que le impidió jugar en los últimos meses, además de que su ubicación en el escalafón no era de las mejores. Sin embargo, sin hacer alarde de nada y siendo prudente ante la suerte de su colega, exhibió una entereza increíble, especialmente en el último partido, cuando empezó perdiendo los dos primeros sets y en el tercero también estuvo en desventaja. Realmente es admirable su fortaleza mental, a la que se suma, en voz de los comentaristas especializados, su caballerosidad en el juego.
Por eso, como ya se anotó, el tenis le dijo a la humanidad: “Justicia sale a la caricia”.
Y si de gentileza en el deporte hay que hablar, valga destacar la que tienen los pilotos de Fórmula Uno con su compañero Daniel Ricciardo cuando gana una carrera, pues ellos toman champaña de su zapato inmediatamente aquella termina; o los contendores de Nadal, quienes al finalizar los partidos caballerosamente le dan la mano, luego de que él ha tenido que acomodarse cientos de veces su incomodo calzoncillo.