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Perdonar las muertes y los atentados

Nuestro perdón, pero sobre todo el de las familias de los muertos y heridos, es la prueba de nuestra buena fe en la paz. A cambio, una dosis de igual buena fe debe ser demostrada por parte de las Farc y el Eln.

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Ecopetrol conoce los horrores de la guerra. Por tres décadas ha sufrido la embestida irracional de los grupos armados ilegales contra sus trabajadores, contratistas y miembros de la Fuerza Pública dedicados a cuidar nuestra infraestructura.

Los principales damnificados de esta violencia son personas, colombianos de carne y hueso, que pierden la vida o sufren lesiones y mutilaciones. También la padecemos el resto de los colombianos, pues los recursos petroleros financian la atención de salud, la educación, la construcción de vías y la seguridad en nuestras calles y carreteras.

Solamente en 2015, 79 integrantes de las Fuerzas Militares y la Policía perdieron la vida protegiendo los activos de todos los colombianos. 226 resultaron heridos. Es duro perdonar esas muertes y esas heridas. Nos unimos a sus familias, a sus cónyuges e hijos, en la petición para que cese este sufrimiento. A cambio del fin del conflicto, todos los afectados estaríamos llamados a aprender y practicar el perdón.

Si bien los atentados contra la infraestructura petrolera descendieron en el segundo semestre de 2015, en los dos primeros meses de 2016 hemos padecido una nueva oleada del Eln, en la que asesinaron a ocho uniformados e hirieron a 16 más.

Entre el 8 y el 24 de febrero perpetraron ocho ataques contra instalaciones petroleras, principalmente en Arauca y Norte de Santander, que han afectado a pobladores de municipios como Cubará (Boyacá), Arauquita y Saravena (Arauca), y Toledo (Norte de Santander).

Al Eln se atribuyó otro atentado al oleoducto Transandino (OTA), en el municipio de Mallama (Nariño), zona en la que tradicionalmente no ha hecho presencia dicho grupo guerrillero.

Este ataque trajo a la memoria las dolorosas imágenes de mayo y junio de 2015, cuando una arremetida de las Farc en esa zona del país contaminó ríos, quebradas y tierras fértiles, afectó a campesinos y pescadores, así como a especies animales y vegetales en la zona más rica en biodiversidad del planeta, en lo que algunos expertos calificaron como una de las mayores tragedias ambientales en la historia del país. Tumaco quedó sin servicio de acueducto por cerca de quince días.

Nada compensa estas pérdidas humanas y medioambientales. No hay argumento para justificar esta atrocidad contra ningún colombiano, y menos aún contra los más humildes o aquellos que protegen la actividad petrolera para que genere recursos para el bienestar de esas comunidades y del país como un todo.

No obstante, los colombianos también debemos aprender a perdonar el derrame de miles de barriles de crudo sobre los ríos del país.

Ecopetrol y la industria petrolera aún estamos en medio del fuego y las bombas. Tenemos que alzar nuestra voz para que no se repita más esta historia. En Ecopetrol estamos convencidos de que debemos romper esa irracional cadena que sólo deja víctimas y muerte en regiones que merecen un mejor futuro.

Por la memoria de los miles de colombianos que han perdido su vida en la labor casi heroica de proteger los miles de kilómetros de oleoductos, creemos que llegó el momento de cambiar el lenguaje de las explosiones por el de las palabras. Tenemos que lograr que nuestros hijos puedan vivir en un país en paz.

Nuestro perdón, pero sobre todo el de las familias de los muertos y heridos, es la prueba de nuestra buena fe en la paz. A cambio, una dosis de igual buena fe debe ser demostrada por parte de las Farc y el Eln.

 

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