Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
La noche anterior al susto, Jorge Tobón soñó que toda la ribera del río Magdalena se anegaba brutalmente y que las casas flotaban sobre el agua como pequeños barcos de papel.
Una pesadilla que volvió a repetir en la vida real el domingo pasado, cuando el ensordecedor ruido de las gotas de lluvia que caían sobre el techo de su casa, en el barrio Primero de Mayo de Puerto Salgar (Cundinamarca), lo despertó y lo puso a correr con su mujer y sus cuatro hijos a la media noche. Un susto que también invadió a unas 60 familias que viven próximas al río más largo del país.
Hogares en cuyas viviendas se veían flotar vajillas de plástico, colchones, electrodomésticos y arbustos que terminaban enredados en predios y salas de pequeñas casas con inmensos patios.
Ni Jorge, ni los 2.000 habitantes del barrio, mucho menos los vecinos de las casas fiscales de la base de Palanquero de la Fuerza Aérea Colombiana (Fac), habían visto un desbordamiento similar del río en 22 años.
La última vez que lo vieron, fue cuando el Volcán Nevado del Ruiz descargó su furia y provocó un deshielo que cayó sobre las aguas del río Gualí y éste lo descargó en el Magdalena.
Es por eso que al pescador Jorge Tobón le dio miedo esa madrugada, sobre todo porque el río Magdalena rugió como lo hizo en la avalancha de piedra y lodo que sepultó al municipio de Armero (Tolima) en noviembre de 1985, luego de que el Gualí le descargara todo lo que arrastró del Ruiz y acabó con la vida de más de 22.000 personas.
Jorge regresó a su casa a las 6 de la mañana del martes, en una pequeña canoa que lo llevó unas ocho cuadras adentro del barrio en un recorrido que jamás olvidará.
A lo largo de las calles que se convirtieron en vías exclusivas de embarcaciones fluviales, el hombre de 46 años de edad,
apenas contenía el respiro para no llorar al ver que la gente en lugar de transitar en motocicletas o vehículos, navegaba junto a policías y soldados que lo acompañaron a regresar a lo que fue su casa.
“Ya vamos a llegar. El perro que está aullando en ese morrito de piedra es el mío”, les dijo a los miembros de la Fuerza Pública que se movilizaban en canoas para auxiliarlo.
El pescador prefirió descender de la canoa para sentir que iba a llegar más rápido e inició unas angustiantes zancadas hasta alcanzar lo que quedaba de su casa.
El hombre de piel morena y reseca por el sol, duró más de 20 minutos tratando de amarrar dos colchones de algodón que tenían las camas que flotaban en un pequeño cuarto donde dormía su familia.
Al cabo de estos minutos y con la ayuda de cuatro agentes de la Policía y un soldado, terminó de hacer el inventario de los pocos corotos que tenía y cuando pensó regresar y echar su perro a la embarcación, se encontró con una sorpresa: fue el único habitante de la casa que se negó a abandonarla. Prefirió nadar y huir en medio de unas matas de plátano a dejarse atrapar.
Sin el perro y navegando por las caudalosas calles del barrio, en medio de esos interrogantes que le dejan a la gente pobre las tragedias, Jorge sacó de la canoa lo poco que le quedó y lo acomodó en un camión oficial que lo condujo a un albergue que se improvisó en el colegio Antonio Ricaurte de Puerto Salgar.
Fue otro recorrido en medio de contrastes, de esperanzas y desesperanzas, pues mientras su patrimonio, un rancho con dos cuartos y un jardín en desgracia se ahogaba en el río Magdalena, tenía la certeza de que su familia quedaría a salvo en este lugar, a pesar de que su futuro fuera incierto .
Ya en el albergue, se encontró con más vecinos y vecinas, a los que la tragedia abrazó desde la madrugada del lunes, cuando el río alcanzó a subir el nivel de sus aguas hasta en 10 metros de altura, lo que provocó la huida de sus habitantes a tres albergues o donde sus familiares cercanos.
Como lo hicieron también los habitantes de los sectores de La Barrigona, Picapiedra, La Base, el Muelle Multimodal, Ferrocarril, Nariño, Base Aérea y las islas Rayadero, Yerbabuena y Puerto Rojo, que quedaron nuevamente bajo las aguas del río Magdalena.
El drama del pescador es según el vicepresidente de la Defensa Civil en Puerto Salgar, Alexis Savinovich, igual al de unas
200 personas de este barrio del municipio de Puerto Salgar y de otras 40 familias de los vecinos de la ribera del río, a la otra orilla, en La Dorada (Caldas), donde el Magdalena también hizo estragos en las últimas 72 horas.
En cifras
200 personas damnificadas resultaron tras la emergencia en Puerto Salgar.
400 familias fueron afectadas a lo largo y ancho de unos 60 kilómetros de ribera en la zona de La Dora, en Honda, Tolima.
El caso de La Dorada
Contrario a la pesadilla de Jorge Tobón, María del Carmen Rucinque vivió la angustia de advertirle a la gente de cómo el río estaba creciendo rápidamente y nadie le creyó.
“La gente comenzó a ver que las salas de sus casas se iban anegando y comenzó a aferrarse a lo poco que tenían y prefirieron dormir de pie y con el agua a la cintura”, narró angustiosa María del Carmen, quien coincidió con las demás víctimas en que esto sólo se vio en épocas de la avalancha de Armero. Pero hoy, gracias a Dios, como dice ella, no hubo muertos, a pesar de que los barrios Obrero, Magdalena, Los Andes, Alfonso López, Laureles y Concordia, se hayan convertido en lacustres.
Rucinque, sin embargo, estima que el río aumentará aún más su caudal, porque en la radio anunciaron que abrirán las compuertas de las represas de Betania y Prado (Tolima), hecho que, según ella, podría aumentar el número de víctimas y de barrios anegados. Aún así, muchas personas no se quieren salir de sus casas, y no lo hacen sencillamente porque los ladrones empezaron a saquearlas y temen perder las únicas pertenencias que les quedan.