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¿Qué esperar tras las liberaciones?

El regreso a casa de los últimos 10 policías y militares a liberados por las Farc, puso a muchos a pensar en un eventual proceso de paz entre el Gobierno y esa guerrilla.

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El país ha celebrado el regreso de diez miembros de la Fuerza Pública secuestrados por las Farc durante más de una década. La celebración ha estado acompañada de expectativas acerca de un futuro proceso de paz. ¿Son fundadas esas expectativas?

Yo me inclino a pensar que no, pero puedo estar equivocado. Las declaraciones de varios líderes políticos e intelectuales apuntan precisamente en esa dirección: la de abrir la puerta para una negociación con las Farc que permita la reconciliación de todos los colombianos.

Si las Farc están dispuestas a ponerle fin a la confrontación, el costo de no negociar es excesivamente alto. Algunos países como Costa Rica o Mauricio han alcanzado niveles de bienestar mejores que los nuestros reduciendo a cero el gasto militar. El fin de la confrontación interna y la consolidación de procesos de integración regional nos podrían permitir hacer lo mismo.

Además, un acuerdo con las Farc y el Eln le permitiría al Estado colombiano avanzar en su proceso de consolidación en todo el territorio nacional. En vez de dispersar sus recursos en varios frentes, un acuerdo de paz le permitiría avanzar sustancialmente en el proceso de restitución de tierras e incluso en una reforma agraria ambiciosa, así como desmantelar las estructuras de poder regionales con fuertes lazos con formas de economía ilegal como las del narcotráfico. En relación con estos temas, los intereses del Estado colombiano y los de la guerrilla coinciden de tal modo que la perspectiva de un acuerdo de paz es altamente beneficiosa.

Sin embargo, si las Farc no tienen una genuina intención de paz, una negociación con esta organización también puede resultar excesivamente costosa. Les daría a las Farc el espacio de maniobra política que siempre han buscado en procesos de negociación como los de Caracas, Tlaxcala y el Caguán. ¿Cómo saber cuál es la intención de las Farc? ¿Cómo saber qué es lo que quieren?

Sería terriblemente ingenuo deducir de estas liberaciones la existencia de una voluntad de paz por parte de las Farc. Lo sería porque este tipo de liberaciones son las que más visibilidad le han reportado a esta guerrilla y, por lo tanto, mayores beneficios políticos. Otra cosa es la liberación de las personas que permanecen cautivas por motivos económicos, respecto de las cuales las Farc no admiten públicamente ninguna responsabilidad.

A este respecto, una tarea de toda la sociedad es demandar la liberación de todos los secuestrados, de las 405 personas que siguen cautivas en algún lugar de Colombia. Si Timochenko fue sincero cuando dijo hace un mes que las Farc se comprometían a ponerle fin a la ominosa práctica del secuestro, entonces esa declaración debería traducirse inmediatamente en una acción concertada con el Comité Internacional de la Cruz Roja para que todos los secuestrados vuelvan a sus hogares.

Este es el tipo de cosas que no se producen sin una fuerte presión social. Los colombianos deberíamos volver a salir a las calles para hacerles esta exigencia a las Farc. Y, que no quede duda, también tenemos que salir a exigirle a la justicia que haga más esfuerzos para aclarar la suerte corrida por todas las personas desaparecidas forzadamente, así como la de todos aquellos asesinados a sangre fría, mal llamados falsos positivos.

Las liberaciones de los secuestrados han servido para afirmar el papel de Brasil como un tercer actor que podría cumplir el rol de verificador de los acuerdos entre el Gobierno y las Farc. Brasil tendría la capacidad de monitorear el comportamiento de las partes en relación con aspectos cruciales como el cumplimiento de un eventual cese al fuego. Pero semejante belleza depende de la voluntad de las partes.

En temas como este es donde hay que medirles el aceite a las Farc. Si aceptan un sistema exigente de verificación externa, todos los colombianos podríamos alegrarnos de ir en buen rumbo hacia la paz. De lo contrario, deberíamos quitarle todo apoyo a un proceso de negociación que solamente serviría para engañarnos a nosotros mismos.

Y si todo hasta aquí resulta bien, quedan varios escollos por superar: el del problema de la verdad, la justicia y la reparación a las víctimas de la guerrilla, así como el de la agenda máxima de las Farc. Con respecto a este punto, hay que insistir en que esta organización no tiene ninguna representatividad social ni política. No obstante, va a querer arrogarse el papel de abogado de los intereses de los excluidos en Colombia. Si le dejamos el espacio libre, lo va a hacer.

Depende de nosotros impedir que las Farc se tomen nuestra vocería. La nuestra debe ser la de una obstinada demanda de justicia social en uno de los países más desiguales del planeta, una pertinaz pero cívica demanda, como lo ha mostrado el movimiento estudiantil la mayor parte del tiempo. Con obstinación, pertinacia y civismo podremos construir una Colombia con paz, con democracia y con justicia.

* Juan Gabriel Gómez Albarello, analista. Catedrático de la Universidad Nacional.

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