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¿Quién le teme al Eln?

A propósito de los 50 años del grupo ilegal, Marco Palacios, exrector de la Universidad Nacional, analiza para El Espectador los orígenes de esa guerrilla y las perspectivas de la negociación que comienza con el gobierno.

 El líder de Clamor Social Por la Paz, Germán Roncancio, y la exsenadora colombiana Piedad Córdoba anunciaron el 10 de junio el inicio de conversaciones exploratorias para el proceso de paz entre el gobierno y la Guerrilla del Eln. /EFE
El líder de Clamor Social Por la Paz, Germán Roncancio, y la exsenadora colombiana Piedad Córdoba anunciaron el 10 de junio el inicio de conversaciones exploratorias para el proceso de paz entre el gobierno y la Guerrilla del Eln. /EFE
Foto: EFE - Christian Escobar Mora

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Santos consiguió relegirse agitando la bandera de la paz. La mayoría de votantes creyó en su tesón negociando la desmovilización de las Farc; quiere sanar las heridas de la nación y seguir adelante; estima más provechoso arreglar políticamente que proseguir una guerra envenenada y enrevesada que, aparte de la destrucción de vidas y bienes y de la carga fiscal, frena el desarrollo de la democracia. Claro que en estos momentos el presidente relecto atiende el cambio reglamentario de maquillaje, “La Tercera Vía”, y distribuye unos 2.000 altos cargos –muchos con su paquete adosado de contratación estatal- entre quienes le ayudaron a remontar ese segundo lugar de la primera vuelta. Para compensar al electorado, a una parte al menos, debería moverse rápido en el frente de la paz e instalar mesa separada con un Eln que también quiere negociar “en medio de la guerra”. La experiencia habanera le acortará caminos y le sugerirá variantes.

Estas son guerrillas diferentes que en momentos y lugares se han combatido con las armas. Coinciden en el principio del derrocamiento violento del orden capitalista, consagrado inequívocamente en el Manifiesto Comunista de 1848. Atrapadas medio siglo en el monte, en los bordes geográficos del país, suplantaron paulatinamente los fines -la revolución- por los medios -la violencia. Ahora están prestas a abandonar la lucha armada, principio cardinal del marxismo-leninismo. Aunque no lo digan abiertamente, piden ingreso a esa izquierda que muchos llaman moderna, legal, no-utópica; es un giro sustancial cuyo significado histórico no se ha procesado suficiente y adecuadamente en la opinión pública.

Recordemos que la ruptura de la Segunda Internacional en 1914 se dio en esos términos, cuando un socialismo reformista emergió con fuerza en Europa y en algunos países latinoamericanos. Lenin lo fulminó por abandonar la lucha de clases y el internacionalismo; por fomentar el economicismo en el proletariado y por practicar el cretinismo parlamentario. Ofreció, sin embargo, una fórmula de compromiso: combinar todas las formas de lucha de masas, que mucho después, en 1966, empleó el Partido Comunista de Colombia para justificar las Farc.

No transitaron los elenos ese camino ambiguo y azaroso de cargar y mucho menos obedecer a un aparato legal y urbano. En 1964, dos años después de su fundación, decidieron que la dirección absoluta quedaría en el monte, según se dijo, para evadir las trampas del reformismo burgués. Empero, sus orígenes responden a esa noción urbana y pequeño-burguesa de los años sesenta: armar una alianza de estudiantes universitarios revolucionarios, – de la UN, la UIS, la Libre, el Externado- sindicatos antimperialistas como los petroleros de la USO y campesinos desposeídos y descontentos que, viniendo de la Violencia, quedaron excluidos en el Frente Nacional.

El paso fugaz del padre Camilo Torres les dejó huella indeleble, reafirmada por el liderazgo más duradero de tres curas aragoneses: Laín, Pérez y Jiménez. Superviviente de peligros y feroces conflictos intestinos, Nicolás Rodríguez Bautista, Gabino, alcanza una jefatura que parte de los orígenes: de esos niños campesinos encomendados por sus padres liberales a Fabio Vásquez y Víctor Medina en los arduos tiempos del Cerro de Los Andes en San Vicente de Chucurí.

La renuncia de las guerrillas a la vía armada demanda reciprocidad del gobierno, los políticos, la sociedad civil. Cuando los pactos gobierno-guerrillas se refrenden por la voluntad popular, habrán de establecerse los mecanismos institucionales para que, una vez desarmadas, se incorporen a la vida nacional y, esperemos, a un robusto estado constitucional.

No se sabe cómo será una agenda con el Eln. Aunque habrá similitudes con la actual de la Isla, quizás ganen más protagonismo asuntos como la política petrolera o el rediseño del poder local. El antecedente más inmediato con esta guerrilla fueron las prolongadas e infructuosas conversaciones secretas que, también en La Habana, mantuvieron con el Gobierno de Uribe que este silencia.

Números y mapas dicen que el Eln tiene menos poder de fuego que las Farc. Tal debilidad relativa no se traduce simétricamente en el entorno eleno, menos logístico militar, más político y social: sus redes clandestinas y semi-clandestinas, muchas católicas, que, no solo en Colombia, sino en Europa, le dan otro cariz; se reflejarán en una agenda y estilo de negociación peculiares. En este punto crucial el gobierno debe afinar, concentrarse, prepararse. Esperemos que consiga manejar armónicamente dos mesas separadas, con el objetivo supremo de finalizar el alzamiento cincuentenario de organizaciones revolucionarias sobrevivientes. Condición necesaria pero no suficiente para acercarnos a la justicia social, al bienestar con equidad, a la inclusión generalizada; para que el país avance en la larga marcha hacia la paz.

En Cuba los elenos tendrían un asiento más acorde con su origen guevarista y camilista; a diferencia de las Farc no se formaron en la tradición ideológica y organizacional de un partido comunista ortodoxo. Adelante el diálogo con el Eln.

*Investigador e historiador

 

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