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El punto de referencia son las celebraciones de las fiestas de Navidad y Año Nuevo en Santa Fe Ralito y Bonito Viento, corregimientos del municipio de Tierralta, Córdoba, pertenecientes a la llamada Zona de Ubicación, sitio de negociación del Gobierno con las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc) entre 2003 y 2006. Aquí hacen presencia tres “gobiernos”, como dicen sus habitantes: Águilas Negras, Paisas y un puesto de Policía, con patrullajes del Ejército Nacional.
Antes y durante el proceso de negociación en la Zona hubo un solo “gobierno”, el de las Auc. Con su visto bueno y participación estas festividades eran multitudinarias: casetas con bandas prestigiosas y conjuntos vallenatos amenizaban toda la noche “hasta cuando el doctor Solano (el sol) abría su consultorio a las ocho o nueve de la mañana”; fandangos, carreras a caballo, peleas de gallos y reinados populares. En las casas no faltaba la integración familiar y con los vecinos, los bailes y en las mañanas eran obligatorias las visitas a las quebradas a disfrutar los tradicionales cocinados, en medio del jolgorio.
Las visitas entre los pueblos eran la constante: los viejos para rememorar hechos, los adultos para enterarse de fallecimientos o enfermedades y festejar cumpleaños olvidados y los adolescentes y jóvenes en busca de amores nuevos o reconciliaciones. Comidas con pavo, cerdo, gallina y pato con arroz recién pilado, coloreado con achiote, abundaban. Familiares, amigos y turistas llegaban en buses, carros, motos y caballos en medio de la algarabía. Todas las casas pintadas, los patios limpios, las cercas arregladas, los tallos de los árboles blanqueados con cal. Las Auc obsequiaban ropa, balones, muñecas, carritos a niños y niñas menores de ocho años. Cada pueblo hacía su pesebre y las novenas las celebraban en las casas más amplias o en las plazas con presencia de religiosas; después de las lecturas dramatizaban las escenas y organizaban juegos y concursos.
Los nuevos grupos
Cuando finalizó la negociación, la mayoría de la gente quedó con un sabor agridulce en la boca y un escozor en el corazón. Sabían que detrás de los acuerdos firmados y las ceremonias de desmovilización, se estaban preparando los sucesores que le darían continuidad al proceso de ilegalidad.
En 2007 los pobladores estuvieron pendientes de la reaparición de la guerrilla o la llegada formal del nuevo grupo. Con tan mala suerte que llegaron dos disputando territorios. Organizaron reuniones de presentación, dijeron quiénes eran, los propósitos que los animaban y dejaron en claro las reglas del juego. Procedieron a buscar seguidores, identificar opositores, reclutar voluntarios y convencer indecisos.
En 2008 la situación cambió radicalmente: en el área se instalaron los tres “gobiernos” mencionados al comienzo. Cada casa o familia fue objeto de estudio de seguridad o inspección para conocer sus miembros, edades, oficios, parientes y pueblos donde habitaban, vínculos o simpatías con la guerrilla, bloque de las Auc y fuerza pública. Así determinaron con quiénes contaban y a quiénes debían enfrentar.
Los dos grupos ilegales, Águilas y Paisas, los integraban hombres jóvenes, de entre 22 y 30 años de edad, gran número de ellos nativos de la Zona y otros lugares del departamento y el resto de distintos sitios de Antioquia. Visten como cualquier otro habitante, armados con pistolas, provistos de celulares y recorren el área en motos y caballos. Ellos son los que montan retenes, mantienen vigilancia sobre entrada y salida de personas, verifican antecedentes, controlan el ingreso de alimentos, medicinas e insumos, restringen horarios a la población, sobre todo en horas nocturnas, y la circulación de medios de transporte.
Están pendientes de las actividades de líderes, docentes y organizaciones, inspeccionan celulares para revisar llamadas, limitan visitas e intercambios —aun deportivos— entre pueblos y camuflan su presencia como empleados de fincas o parientes de visita a familias del pueblo.
Menos fiestas, más muertos
Bajo estas condiciones las fiestas desaparecieron, reducidas ahora a reuniones familiares con vecinos cercanos; la gente no llegó a montones, más bien salieron a sitios menos riesgosos; la comida fue moderada: pasteles, caldo de gallina, arroz amarillo con presas de gallina y cerdo; cada vez se notan más las casas deterioradas o abandonadas y los patios enmontados; siguieron las novenas y aguinaldos por cuenta de señoras caritativas que piden regalos a hacendados y empresas, ya de menos calidad, para repartir antes de que llegue la noche.
En la despedida del año, a la hora de los deseos, muchos rogaron en silencio o en voz baja que no haya más muertos, que regresen los que han salido y los dejen trabajar tranquilos. En los dos últimos años, en la Zona han matado a 12 de sus habitantes, jóvenes todos, algo nunca visto. Dicen que por soplón, por pertenecer al grupo contrario, por quedarles mal o engañarlos o porque les dio la gana. La población disminuye y la deserción escolar continúa.
La muerte llega en momentos de calor agobiante o cuando soplan tenues los vientecillos veraniegos o con las penumbras. Los sorprende en las calles polvorientas, los caminos destapados, las viviendas inseguras o en cualquier establecimiento público. Los disparos son los avisos de su presencia. Hasta allí llegan los familiares, amigos y curiosos. Entre llantos y gritos recogen el cuerpo, lo limpian, lo soban, mientras avisan a la Policía, que se encarga de trasladarlo hasta Tierralta, la cabecera municipal, a que le hagan la necropsia. Terminados los trámites lo devuelven a los dolientes, quienes ya tienen listo el ataúd para conducirlo al pueblo, donde la gente lo recibe en silencio, musitando una oración o persignándose. Pasada la sorpresa, la pregunta inevitable: ¿por qué lo mataron, qué hizo o dijo?
La intranquilidad invade a muchos, quieren conocer la razón para mitigar la ansiedad que los acosa. Cuando la descubren, revisan cada uno de sus actos para estar seguros de que no tienen que temer. Sólo entonces suspiran aliviados y retoman sus actividades cotidianas. En casa del difunto un cuadro de dolor y desolación. Esperan a los familiares ausentes. Los pocos presentes acompañan al rezandero en sus letanías. Nadie habla de las posibles causas ni los autores, aunque tengan sospechas de éstos.
Entre Santa Fe de Ralito y Bonito Viento, en una loma, a más de kilómetro y medio, está uno de los cementerios. El otro queda en el corregimiento El Caramelo, a cinco kilómetros. Ambos acogen a los muertos de la Zona. Los llevan en tractor con remolque de madera donde depositan el cajón y acomodan acompañantes; los demás van en motos y caballos.
Finalizada la ceremonia, regresan antes de que llegue la noche. Los parientes de otros lugares retornan lo más pronto posible y los del pueblo se recogen pensativos en sus casas. Algunos familiares cercanos se van del pueblo y los que quedan ni siquiera le hacen las nueve noches al finado, sumidos en una profunda tristeza, con rabia e impotencia, sin poder compartir tanta congoja.
*Investigador del Centro de Estudios Sociales y Políticos de la Universidad del Sinú.
Un fenómeno que se olvida o no se reconoce
Muchos colombianos todavía no creen que existen estos pueblos confinados, así la Defensoría del Pueblo, la Corte Constitucional, organizaciones sociales y organismos internacionales traten de hacer claridad sobre el concepto y lo empleen en documentos y comunicados. Es sabido que los actores armados, legales e ilegales, ejercen control sobre territorios y poblaciones, respetando o restringiendo derechos personales y colectivos. Cuando un actor armado ilegal tiene el control absoluto, la población se acomoda a la situación por su propia seguridad, acatándole órdenes y caprichos con sinceridad o apariencia. El actor armado, confiado de su poder, les permite ciertas libertades y regocijos populares que les afianzan más su dominio. Cuando el control es compartido entre actores armados, enfrentados entre sí, legales e ilegales, las restricciones son severas y su incumplimiento ocasiona muchas veces la muerte, el desplazamiento o la cárcel. Delación, soplo, calumnia, acusaciones y rumores, sirven para congraciarse con los actores sin importar el daño que causen a otros, generando miedo, desconfianza y zozobra en la población, incluso, hasta autoinculpaciones por complicidad u omisión.