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Sopa con corazón

Los cocineros de Moravia, que durante 18 años hicieron labor al norte de Medellín, le dijeron adiós al sector, cuyos habitantes fueron reubicados.

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El proceso de reubicación comenzó en 2006, ante la presencia de materiales tóxicos y de una de las sobrepoblaciones más altas del país. Las 3.500 familias de recicladores que vivían en Moravia, en la montaña que fue durante años el basurero de Medellín, tuvieron que dejar aquel lugar olvidado en el que hicieron vida. En el que la pobreza era el elemento común y el almuerzo de “Los cocineros de Moravia” su motivo de encuentro sabatino.

La aventura duró 18 años. Religiosamente, “Los cocineros de Moravia” atendían las necesidades alimenticias de la deprimida zona en una cocina que hoy está hecha escombros y que dio paso a Los Nodos, la nueva propuesta del Centro de Desarrollo Cultural de Moravia para albergar necesidades culturales que se quedaban estrechas en la sede principal.

Allí se dieron cita hace unas semanas para preparar la última sopa comunitaria, ante la inminente desaparición del lugar como centro urbano. Picaron verduras y acomodaron la olla a pesar de que no pudieron acondicionar el fogón de gas. Juntaron leña y, con varias horas de retraso, los 168 litros de sopa empezaron a hervir. Era la despedida, porque ahora no había un espacio adecuado para seguir con el ritual.

“Hoy, después de 18 años, los invitamos a despedir nuestra cocina, a resignificarla y recrearla. Hoy tenemos que reinventarnos pero este cierre, permanente o transitorio, se servirá como de costumbre, como un encuentro festivo y afectivo”, escribió Paula Villa, madre de la iniciativa junto con su esposo Daniel Gómez, en la página de Cocineros de Facebook antes del encuentro final.

Un par de horas después, decenas de ollas, jarras plásticas y tiestos curtidos hacían fila para llevar la sopa que serviría de almuerzo a toda la familia. “Nosotros somos seis”, “nosotros cuatro”… y así cada niño solicitaba una cantidad.

La cuchara redonda buscaba en el fondo de la sopa pedazos de costilla, chorizo, papa, lentejas y yuca. Paula servía los cucharones y miraba cada par de ojos que se le paraban al frente como si quisiera capturar su alma: “Ellos son mi familia. A mí Moravia me crió, no lo digo porque no tenga una familia sino que la postura política y social la encontré en este lugar”.

Comieron en el piso y en la mesa del nuevo espacio. Otros caminaban morro arriba con los tiestos llenos de sopa. Todavía quedaba para un reciclador que pasaba con un hambre de días, para voluntarios, amigos y los que llegaron atraídos por la mística de un ritual comunitario.

Al final, como de costumbre, la olla se rifó entre los niños y el ganador la lavó a cambio de un premio. Ya no había cocina donde guardar cuchillos, tablas, vasijas ni nada. Todo se fue para el Centro Cultural, donde colgaron fotografías y un video de los 18 años de trabajo de los cocineros.

El 24 de abril se despidieron, quien sabe hasta cuándo. Paula y Daniel quieren descansar. Les queda decidir si es hora de crear un proyecto nuevo. Carlos Uribe, director del Centro de Desarrollo Cultural de Moravia también tiene la camiseta puesta, pero apoyo distrital no hay.

Son jóvenes con voluntad y corazón para cambiar lo imposible, así sea sembrando flores en campos minados para que un día, en ese sector marginado de Medellín, pueda salir el sol.

 

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