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Una noche en la frontera

En Rumichaca, cada noche, un ecuatoriano pone una pesada cadena para, dice él, evitar el paso de los delincuentes colombianos. Los rostros y el ambiente del agitado lugar cambian apenas el sol se ha escondido.

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A esta hora –nueve de la noche– los turistas colombianos no atraviesan despacio el Puente Internacional de Rumichaca, ni se toman la foto de rigor en cuyo fondo aparece el letrero que dice: “Bienvenidos a Ecuador”. No, a esta hora salen corriendo de las instalaciones del Das y atraviesan el puente sin fijarse en nada, preocupados únicamente de que no vayan a cerrar todavía las oficinas de la Policía de Migración de Ecuador, donde sacarán la Tarjeta Andina que les permitirá continuar ahora mismo su viaje. Es tal su afán que ni siquiera reparan a los más de cien comerciantes informales que, al lado de sus vehículos, están burlándose de verlos haciendo el ridículo con sus maletas al hombro.

Edgar García, de 35 años, es el único cambista de moneda en el sector; los demás se marcharon desde que empezó a oscurecer. Sin embargo, a esta hora –nueve y media de la noche– empieza a alistarse para también regresar a su casa, en Ipiales: mira hacia los lados en busca de personas sospechosas, al tiempo que resuelve en su mente complicadas operaciones matemáticas y palpa cada billete para detectar los falsificados. Luego va al local donde funciona la sede administrativa de los cambistas y, en una caja fuerte, guarda sus varios fajos de dinero. Es una precaución que empezó a tomar desde hace un mes y medio, cuando su hermana Fanny, también cambista, recibió dos puñaladas, una de ellas en el rostro, durante un asalto que sufrió al llegar a su casa en la noche con el dinero de su trabajo.

A Fernando Ortiz, de 57 años, no le interesa nada de lo que está sucediendo a esta hora en el lado colombiano del puente: ni las carcajadas de los comerciantes informales, ni los turistas a toda prisa, ni el último cambista de la jornada. No, su hábitat está en el lado ecuatoriano, a donde llegó hace 12 años después de viajar durante décadas por Colombia. En aquel entonces pensó que se trataba de una estadía fugaz, un nuevo punto en su incesante geografía nacional, pero los tintos y las empanadas que empezó a vender le dejaron buenas ganancias, también las propinas que recibía por pasar maletas de un lado a otro. Ahora, después de haber trabajado como barrendero, lavador de carros, constructor y guía turístico, se ha establecido en un buen puesto que le dieron las autoridades ecuatorianas: cuida vehículos en uno de los parqueaderos aledaños. Él sabe muy bien cómo agradecer el favor que le han hecho: todos los días a esta hora –diez de la noche– se comide a mover las vallas que desvían el tráfico, a poner los conos que indican los nuevos recorridos y a extender, en el centro del puente, una pesada cadena que bloquea el paso de vehículos y que ha sido objeto de múltiples controversias en la frontera. Muchas personas, sobre todo en Nariño, la rechazan porque impide el intercambio comercial durante la noche, mientras que muchas otras personas, sobre todo en Ecuador, la defienden porque desde que empezó a ponerse, en septiembre de 2002, evita el ingreso de delincuentes colombianos a su país en horas de la noche.

Entre tanto, en el lado colombiano del puente, los comerciantes informales, siempre junto a sus vehículos, siguen burlándose de los turistas, ahora de las terribles caras que traen porque acaban de cerrar las oficinas de la Policía de Migración de Ecuador, de modo que solo hasta mañana podrán sacar la Tarjeta Andina. Pronto, al quedarse sin nadie de quien burlarse, forman un amplio grupo y designan a algunas personas para que vayan al puesto de vigilancia aduanera de Colombia y negocien lo que en su jerga llaman el cuadre. Al rato los designados regresan con malas noticias: les piden 30 mil pesos por el cuadre de cada vehículo, una cifra inaceptable que los deja sin las pocas ganancias que esperan obtener por vender en Ipiales los productos ecuatorianos que tienen en sus vehículos.

Mientras las negociaciones continúan, Leonardo Fabio Bolaños, de 62 años, recuerda aquellos tiempos en que él también fue comerciante informal, cuando los productos ecuatorianos ingresaban a Colombia cargados al hombro por las trochas. Muchos de sus compañeros de trabajo en aquel entonces murieron arrastrados por el río que pasa debajo del puente, un río llamado Carchi, en Ecuador, y Guaitara, en Colombia. “De ver eso”, cuenta, “me hice experto en arrebatarle los cadáveres a las corrientes, echármelos al hombro y entregárselos personalmente a los familiares”. Hoy en día, sin embargo, la edad lo ha dejado sin fuerzas para ejercer ese trabajo; de hecho, hace tres semanas, cuando encontró un cadáver con las manos y los pies atados, ni siquiera intentó sacarlo del río sino que informó a las autoridades. La forma de ganarse la vida ahora es vigilando en las noches algunos de los restaurantes y cafeterías de ambos lados del puente. Por eso, a esta hora –once y media de la noche– se pone alerta al escuchar la extraña algarabía que proviene del lado colombiano.

La escena que se presenta ahí parece sacada de la película “Rápidos y Furiosos”. Los más de cien comerciantes informales, al recibir la noticia positiva de los negociadores, se suben desesperados a sus vehículos, los encienden y aceleran. Por todas partes se escuchan rugidos de motores, frenazos que hacen gemir las llantas, gritos que piden que aceleren, bocinas histéricas. En menos de un minuto, todos han atravesado en sus vehículos el puesto de vigilancia aduanera de Colombia y se dirigen felices hacia Ipiales.

Los únicos vehículos que quedan en el sector colombiano del puente a esta hora –doce de la noche– son los que pertenecen a una pequeña organización de taxistas informales, quienes trabajan mientras los conductores de las empresas oficiales descansan. A pesar del cansancio que les produce trasnochar y del intenso frío que a unos ya les ocasionó neumonía y a otros artritis, estos nueve taxistas disfrutan su trabajo. Hay jornadas en que ganan hasta cien mil pesos por transportar a quienes en horas de la madrugada cruzan a pie el puente, en su mayoría personas que no necesitan la Tarjeta Andina porque se movilizan entre las poblaciones fronterizas. El mayor gusto de estos taxistas, sin embargo, es la tertulia que arman mientras aparece algún pasajero. Los temas a veces giran en torno al chivo diabólico que sale por las antiguas casas de aduanas o al policía fantasmal que guía los vehículos hacia los precipicios. Otras veces hablan de los personajes que hicieron historia en el puente, una serie de locos, alcohólicos y drogadictos que, paradójicamente, encontraron en este sitio de tránsito un lugar para quedarse a vivir. “Nosotros, en cambio, no podemos quedarnos, ya tenemos que irnos a descansar a nuestras casas”, dice a esta hora –tres y media de la mañana– el taxista informal con mayor experiencia, Efraín Coral, de 62 años.

Los pájaros que anidan en los pinos y eucaliptos de los alrededores empiezan a trinar. Jorge Erazo, de 57 años, el primero en abrir su puesto de comidas, vende café con pan a los taxistas oficiales que llegan poco a poco y a los cambistas que aparecen con sus fajos de billetes. Leonardo Fabio, el que tiempos atrás sacaba cadáveres del río, hace su última ronda de vigilancia en este sector, luego atraviesa el puente para quedarse en el lado ecuatoriano, donde todo sigue completamente desolado. Fernando Ortiz es uno de los primeros en aparecer por ahí, porque a esta hora –seis de la mañana– también se acomide a retirar las vallas, alzar los conos y recoger la controversial cadena que durante la noche bloqueó el paso de vehículos. Lentamente el tránsito se reanuda por el puente; ahora todos los restaurantes y cafeterías han abierto sus puertas; los cambistas, tramitadores y vendedores ambulantes pululan por todas partes; los turistas caminan despacio y se toman la foto de rigor con el letrero que les da la bienvenida a Ecuador; y los uniformados del puesto de vigilancia aduanera de Colombia empiezan a hacer el trabajo que les corresponde a la luz del día: decomisar los productos ecuatorianos que los comerciantes informales intentan llevar a Ipiales en sus vehículos.

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