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«Mi hijo quería ser médico y no le dieron la oportunidad»

Un viaje en bus de Medellín a Bogotá implica nueve horas de trayecto, en carro son dos menos, esa fue la distancia que recorrió Teresita Gaviria para buscar a su hijo.

Uno de los plantones que realizan Las Madres de la Candelaria. /Cortesía Madres de la Candelaria
Uno de los plantones que realizan Las Madres de la Candelaria. /Cortesía Madres de la Candelaria

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Teresita Gaviria dedicó 13 años de su vida al estadio Atanasio Girardot, donde fue secretaria General y Administradora, con una voz entrecortada recuerda que vivía muy feliz con sus hijos, y una hermana -que era madre soltera-, en El Poblado. “Yo organizaba las marchas en contra del secuestro del doctor Francisco Santos, redactor de El Tiempo. Después de que lo liberan a él, desaparecieron a mi hijo hace 14 años y 4 meses; ya me habían matado a mi papá, asesinado a un hermano, desaparecido a otro, y a un sobrino”. Su historia se remonta a la época de la violencia en las montañas de Urrao.

Recuerda a su hijo Cristian Camilo Quiroz como un buen estudiante que sacaba buenas calificaciones en el colegio y soñaba con ser médico: “el 5 de enero 1998 – año en el que terminaba el bachillerato- me dijo: ‘mamá me quiero ir hacía Bogotá con el ingeniero Wilson’ –un amigo de la familia- lo dejé ir porque sacaron buenas calificaciones, pensé que iban en avión pero no, era en carro. A las 6 de la mañana salí y le pregunté: Doctor, ¿en qué carro se van a ir? Me respondió que el un Renault 18, y yo le dije que no, que mejor entrara a sacar mi carro, una camioneta Grand Cherokee. A las 8 se fueron y a las 11:40 de la mañana ya estaban retenidos en Doradal”.

Ahí comenzó su nueva vida, la que no eligió, en el trabajo le dieron dos meses de licencia, los que permaneció en Bogotá buscándolo, volvió y se reintegró a su trabajo. En medio de la tristeza recordó uno de los viajes que pudo hacer con sus hijos, porque que antes tenía el dinero suficiente para darse lujos. “Con mis hijos fuimos a Argentina y cuando pasábamos por la Plaza de Mayo, me preguntaron: ‘mamita, ¿esas viejitas qué?’, y yo les respondí: ‘que no nos toque eso, son las mujeres a las que les secuestraron sus hijos’”. En medio de su lucha decidió comenzar una iniciativa similar: la asociación ‘Caminos de Esperanza Madres de la Candelaria’, para ello habló con algunas personas que la comenzaron a apoyar, al año siguiente de desaparecido su hijo, el 19 de marzo de 1999, hicieron su primer plantón en el atrio de Nuestra Señora de la Candelaria “éramos 14 mujeres tocando puertas, para ver dónde podíamos ubicarnos”.

Su nombre se debe a que tenían que organizarse como una Asociación -“no podíamos ir como rueda suelta”-. “Caminos porque todos los días estamos en este trasegar, es la esperanza que no perdemos. Tenemos que encontrarlos vivos o muertos. Madres porque todas lo somos -aunque ahora hay padres- y Candelaria porque fue en el único lugar donde nos permitieron estar”.

Son mujeres con un factor común: algunos de sus familiares han sido víctimas de la desaparición forzada, las masacres, los asesinatos, las violaciones o el desplazamiento.

A la sede de Las Madres de la Candelaria llegan cientos de personas que no saben qué hacer con sus casos y ellas se encargan de trazar lo que denominaron ‘La ruta de las víctimas’, en la que orientan para saber ¿cómo va el proceso?, ¿qué ha pasado con la investigación? Los ayudan desde el primer paso, recibir los papeles, hasta lograr recuperar los cuerpos. Se han convertido en una especie de ángel de la guarda que los acompañan, primero los llevan a la Fiscalía instauran la denuncia, ayudan para que se logre la exhumación, se hagan las pruebas de ADN y reciban a su ser querido.

Estas son las mujeres que se dan una cita cada viernes en la iglesia de la Candelaria, y armadas con no más que un micrófono y pendones con fotos hacen sus platones para encontrar lo que les quitaron y les destrozó la vida.

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