

Todos tenemos miles de preguntas sobre lo ocurrido con el avión que transportaba al equipo Chapecoense y que se accidentó en las montañas colombianas. El vuelo que salió de São Paulo hizo escala en Santa Cruz, Bolivia, y siguió a Medellín. Llevaba un plantel de soñadores. Un equipo de jóvenes atletas que en pocos años logró salir del anonimato a la gloria.
En el 2009, Chapecoense estaba en la cuarta división del fútbol brasilero. Nadie daba un peso por ellos. En el 2012 subió a la tercera. Le fue bien. Les gusto ascender, se fueron creyendo la idea de que podían ser grandes y al año siguiente llegaron a la segunda. Pero la serie B ya no fue suficiente para ellos: en el 2014, Chapecoense llegó a la élite del fútbol brasilero, no solo por sus talentosos jugadores sino por ser un ejemplo de gestión futbolística, gracias a sus grandes administradores. Llegó para quedarse ahí y conquistar a millones de fanáticos. Fue un caso raro. Era un equipo de una ciudad pequeña que no tenía rivalidades e hizo que todos los hinchas, de los otros 17 equipos de la primera división, hicieran fuerza por ellos.
Llegar a la final de la Copa Sudamericana era algo histórico. En menos de diez años iban por el título que muchos equipos importantes del continente aún no tienen. Por eso, 21 periodistas deportivos también abordaron el vuelo, alguien tenía que ser testigo de ese partido improbable. Eran los mejores. Voces frescas de las que se esperaban notas alegres y narraciones apasionadas. Ellos les contarían a los doscientos millones de brasileros sobre la suerte de “La Chape”.
Yo conocí a tres de ellos. Hace dos meses compartí varios días con el joven y talentoso reportero de Globo Televisión Guilherme Marques, en el Mundial de Futsal. Juntos seguimos el día a día de la selección brasilera. Compartimos risas, galletas, información, contactos. Nosotros, los periodistas deportivos, vivimos y buscamos verdaderos cuentos de hadas. Las historias dulces y emocionantes que, además de informar, pintan la pantalla de alegría por algunos minutos. Chapecoense ofrecía eso. Era el libreto perfecto. Dichosos fueron los que durante este año de júbilo acompañaron al club.
Recuerdo, también, una anécdota de Ari Júnior, camarógrafo de Globo que falleció en el accidente. Ari era tan bueno que hace años viajaba por el mundo para capturar las mejores imágenes de diferentes eventos deportivos. Molestaba mucho a un colega que le tenía miedo a los aviones. Siempre decía que le tocaba viajar con cobardes. Ironías de la vida…
Qué legado el que dejaron. Qué emocionante fue ver a los equipos del mundo entero rindiéndoles homenaje y uniendo sus manos para que ahora la sociedad sobreviva a esta pena. No será fácil, pero tendremos que reponernos. No obstante, siempre quedará marcado el día en el que el fútbol se detuvo, ya que Dios convocó a los más carismáticos a jugar y a narrar cerca de él.
Foto: Getty.