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CARAS Y MÁSCARAS EN EL REINADO DE CARTAGENA

El escritor nadaísta se fue a Cartagena en noviembre de 1968 pero no quiso ir a los clubes sociales ni participó de las fiestas de los ricos. Él prefirió caminar la ciudad, irse por los arrabales y mezclarse con la gente que vivía el carnaval, que celebraba la verdadera fiesta, la del aniversario de La Heroica.

Por Gonzalo Arango
14 de noviembre de 2014
CARAS Y MÁSCARAS  EN EL REINADO  DE CARTAGENA
CARAS Y MÁSCARAS  EN EL REINADO  DE CARTAGENA
CARAS Y MÁSCARAS EN EL REINADO DE CARTAGENA

Cartagena. 1968, mes de noviembre: las murallas siguen ahí como hace siglos.

Rodeada del mar y del tiempo, la ciudad no se inmuta. Está fundada en la permanencia de la piedra.

Vive del pasado: nada espera ni la agita: es una reliquia. Y las reliquias, mientras más viejas, más valen. A lo sumo se oxida. Pero su belleza resiste toda amenaza. Ni los cartageneros, ni los cacharreros, ni la proliferación de «Leyes» y «Sears», ni los reinados de belleza, han podido arruinar sus glorias, esa grandeza épica que le es tan propia como el cielo y el mar: orillas de su historia.

Solo la Philips, con su fatal embeleco modernista, profanó con el espectáculo de «luz y sonido» la grandeza heroica del más bello monumento del genio español en el Nuevo Mundo.

Para lucir su majestad, San Felipe no necesitaba más luz que la del sol naciente o las estrellas. En cuanto a su leyenda, el milagro se niega a ser explicado y electrificado. El alma del hombre tiene su propia luz que comprende y adivina. Eso le basta para el asombro y el éxtasis.

Hay que desterrar de San Felipe de Barajas esa idiota modernidad que niega los arcanos encantos del castillo, y convierte su historia en una farsa ridícula, en melodrama novelesco y risible.

Nunca había estado en un reinado de belleza. Pues bien: me pareció una comedia para vender cosméticos, whisky y desaburrir del tedio a la alta sociedad. (Ese tedio mortal que se enrosca en el alma de la gente donde nunca sucede nada).

Parodiando una frase de Camus sobre París, se me ocurre decir que Cartagena durante el reinado es una ciudad sucia donde la gente tiene la piel negra. Eso sí: hay que hacer justicia al heroísmo de las candidatas; lindas en el martirio. Esos tumultos, ese calor, ese asedio, ese griterío idiota, es un sacrificio digno de mejor causa. En realidad, no compensa tan efímera gloria.

La muerte se bebe en cocteles a 38 grados de calor. Del refinamiento al ridículo solo hay un paso de baile. Esta seudoaristocracia suda bajo el frac como caballos al galope.

A los fotógrafos no los dejan hacer su oficio si no van vestidos de paño y corbata negra: era una ofensa a la nobleza. 

¿Era esto una fiesta? Qué decepción. Preferí irme a dormir al camarote del «ARC 20 de julio», anclado a dos kilómetros de la bahía. Al menos se me ofrecía el mar y el cielo para soñar, y un poco de soledad bajo las estrellas, y otro poco de tristeza por preferir la dulzura melancólica del silencio, a las orquestas: es el precio que pagan los poetas por comer la manzana del desapego…

De regreso a la base naval encontré a Escalona estacionado con la reina del Cesar bajo un parasol de «Residencias Bocagrande». Me acerqué. Un conjunto folclórico cantaba La cañaguatera. Yo tenía razón: la vida es un vallenato y lo demás es… Escalona.

Con esta música se me espantó la tristeza. Me fui a dar un paseo por las casetas enfiladas a lo largo de la Bahía de las Ánimas, hasta la plaza de mercado. Siempre he sido feliz en esos lugares «antisociales», donde el peligro tiene un aroma seductor, y el hombre es solo el hombre con toda su miseria y grandeza.

Lo poco que sé de la vida lo aprendí en esos arrabales donde la oscuridad atrae la aventura, y la violencia se acuesta con el amor; la inocencia con el crimen.

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Una vez más descubro que lo único hermoso y auténtico que tiene una ciudad está en su pueblo: el pueblo como tumulto humano, vital, generoso, instintivo, opuesto a la élite de almas maquilladas, difuntas. Esas que al revés de Dostoievski llamaría con infinita piedad: pobres gentes de la sociedad. 

En las calles arde una hoguera fulgurante.  El licor, el sexo y el baile se toman la ciudad.

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Aquí abajo arde una hoguera fulgurante: la vida, el carnaval en todo su apogeo. Las estrellas giran en mi cabeza. Mil traganíqueles vomitan música a los cuatro vientos; hacen un ruido atronador parecido al silencio. Los cantos se chocan en el aire como planetas locos y se desintegran. Un ritmo muere para que nazca otro, sin pausa para pensar o esperar. 

Esta noche la libertad vuelve a ser un sueño africano y salvaje: un sueño hecho danza y embriaguez, celebración de un reino sin esclavos: la tierra. La alegría se ha disfrazado de locura, y el sexo se ha encapuchado de fraile para burlarse de la moral y proclamar el amor libre, el triunfo de la pasión sobre la virtud. 

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La verdadera fiesta de Dionisos está aquí, es el carnaval del pueblo. Lo que sucede en los clubes es un velorio. Sin embargo, ningún fotógrafo ni cronista da testimonio de esta locura fabulosa. Durante muchos meses el pueblo prepara religiosamente su carnaval, que es, ante todo, un culto a la danza y la libertad.

Para aquella época, las fiestas de la independencia de la ciudad duraban quince días.

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Aunque el calendario señala el once de noviembre como fecha clásica, la verdad es que el pueblo ha decretado que el once de noviembre dure quince días, durante los cuales la ciudad se desborda en un delirio colectivo, en un deleite sin esperanzas ni memoria. Por algo es el mes de la emancipación.

En estos arrabales se concentra todo lo vivo de la ciudad: es una cita del pueblo con sus tradiciones y sus dioses. Solo hay espacio y tiempo para rendir culto al placer, a la loca alegría. Se pierde toda noción, el sentido de lo razonable, del límite y hasta esa tiranía del corazón que hace del amor un sentimiento avaro, posesivo. Los cuerpos dejan de ser propiedad privada de los amantes… No es lujuria. Es una generosidad honda y pura en la que el yo se rompe y se funde en lo solidario, el hombre en la humanidad, el uno en el todo.

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El hombre es hermoso cuando renuncia a ser yo y se celebra como pueblo, como fraternidad de almas y cuerpos: comunión de vidas con la vida. El carnaval te integra en el delirio de la multitud. Como un monstruo sagrado, sediento, antropófago, devora tu individualidad y te arroja en la gran hoguera crepitante donde la danza te purifica hasta alcanzar el éxtasis, la libertad.

Imposible pararse a la orilla de este torbellino, ser testigo. Irresistibles ondas magnéticas te atraen sin pensar a la pista de arena, rinden tu voluntad, tu razón. De repente estás participando en el rito, como iniciado. Entonces sí, estás perdido como Ego.

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Así bailé indistintamente con la muerte, con un «fraile», un rey mago, una prostituta, un homosexual, y hasta con el «diablo». No había que dar las gracias por ser seducido, ni pedir permiso para seducir. Todo era amor.

Algo insólito que la moral puritana no podría ver sin sentir asco: la mayoría de los hombres se disfrazan de mujeres. No ocultan que son hombres de pelo en pecho, pero aun así lucen una placentera, coqueta, casi morbosa satisfacción de su metamorfosis sexual. La ambigüedad de ser confundidos con el eterno femenino ejercía en ellos una secreta excitación, cierta nostalgia y devoción al culto de lo prohibido.

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Los indiscutibles «reyes» del carnaval son los pederastas: con sus trajes espléndidos, sus maquillajes, sus pelucas, imprimen al arrabal un lujo de fábula oriental, de fantasía deslumbrante. No dudo que alguna de estas «beldades» podría competir en belleza y elegancia por el cetro y la corona. Si algo me asustó de verdad fue la belleza fascinante de estas mujeres al revés. Parecían naturales en todo, menos en lo esencial.

Según dicen, algunos seductores se llevaron una ingrata sorpresa a la hora de la verdad, pero ya era demasiado tarde para arrepentirse del romance, y se sacrificaron por amor a la patria.

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Moraleja: hay que tocar para creer, pues a las luces del carnaval no basta tener bata para ser «una mentira de ojos azules», como dijo el poeta. Con la elección de la reina el once de noviembre, el carnaval alcanzó su apogeo y su decadencia. Formidable zambullida en el olvídate.

Un alba afligida se derramó sobre la ciudad, cuyos restos de fiesta humeaban al sol, un sol de remordimiento. Cartagena se despoja la careta de carnaval y vuelve a recuperar su rostro normal, decente, implacable como la maldición. Transeúntes recién bañados se dirigen taciturnos al trabajo. Su mirada púdica, de un odio cívico fulminante, nos reprocha gozar los estertores póstumos de la fiesta.

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El sol se pega a la piel como un pecado mortal al alma. Poco a poco la ciudad se evaporó en el cielo en una mezcla gaseosa de ron y amoniaco. 

Definitivamente, las glorias de Dionisios son efímeras y hediondas. El infierno no es más que el ocio de Dios cada siete días. Nietzsche. 

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Bahía de las Ánimas, ¡adiós!   

El 16 de diciembre de 1968 CROMOS anunció así en su portada el reportaje del escritor.

 

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