
David Bowie decía: “la religión es para la gente que tiene miedo de irse al infierno. La espiritualidad es para aquellos que han estado allí”. Y estoy de acuerdo: los que no han visitado sus infiernos personales, mirado a sus diablos a la cara, y cargado las cruces de su vida, están incompletos. Viktor Frankl lo resumió bien cuando dijo que “el hombre que no ha pasado por circunstancias adversas, realmente no se conoce bien”. Y es que la gente que no ha tocado su sombra, que no ha conocido el lado áspero de la vida, y que no ha perdido en grande, vive bajo la sombra del miedo, cree en la política del confort, duda de sus propios recursos, ignora sus grandes talentos y muy seguramente no ha aprendido a distinguir lo accesorio de lo esencial.
Todos los mitos y las tradiciones espirituales representan el proceso de evolución espiritual, como el viaje de un héroe que tiene que pasar todo tipo de pruebas, agonías, tentaciones, batallas y tribulaciones, para encontrar sus dones. No hay un solo santo que no haya vivido una epopeya: Cristo, su desierto y sus tentaciones y su calvario y su cruz; Buda y las verdades de la enfermedad, la vejez y la muerte.
Pero estos mitos hablan de la vida de todos. No existe ninguno que no haya sido, de alguna manera, probado, que no haya visitado sus infiernos, sufrido sus demonios y cargado sus cruces. Especialmente los hombres y mujeres que le han dado grandes dones a la Humanidad han pasado por duras pruebas, y lo han hecho con grandeza: Víctor Frankl desarrolló una sabia mirada terapéutica a partir de su cautiverio en 4 campos de concentración; Claudio Naranjo reasumió su búsqueda espiritual después de la muerte de su hijo pequeño; Christopher Reeve solo descubrió el verdadero heroísmo y la felicidad, cuando quedó parapléjico en un accidente ecuestre.
Pero, aún cuando reconocemos la importancia de las crisis y pruebas de la existencia, tratamos de eludirlas a toda costa. Somos soberbios, cobardes e ingenuos con la vida: le imponemos nuestras exigencias; no vivimos para conocer nuestra profundidad, sino para actualizar una imagen precaria y superficial; exigimos la máxima felicidad con el menor riesgo; trazamos planes inmaculados y perfectos; y queremos todo bajo control, ganarlas todas y salirnos con la nuestra. En resumen: idolatramos nuestro ego y queremos que la vida sea nuestra dócil sirvienta.
Pero la vida nunca será nuestra sirvienta. Yo creo más bien, como dice Rubén Blades, que es la Maestra Vida. Y no es una escalerita derecha y pulcra. Es un camino misterioso y escarpado donde se pone la carne, se gana y se pierde, las trampas y los tesoros están entreverados, y cada gota de sabiduría vale un trozo de nosotros. Nos enseña con luz y oscuridad, placer y dolor, virtud y pecado, nacimientos y muertes.
Sus lecciones nunca nos dejan ilesos, porque cada revelación es retadora y fulminante para nuestro ego caprichoso, exigente, controlador, sabiondo. Para aprender a amar tenemos que haber sido desgarrados por muchos duelos; para conocer la grandeza de la sobriedad tenemos que haber sufrido el rigor de los excesos; para valorar el espacio de la serenidad tenemos que haber vivido la lección claustrofóbica de la ira; para conocer el desapego tenemos que haber sido despojados de nuestros apegos; y para conocer la fe hemos tenido que perder todos los asideros.
Hay que entender que lo que muchas veces es letal para nuestro ego, termina siendo una redención para nuestro espíritu. Hace poco me reencontré con un amigo, que estaba pasando por una terrible quiebra. Lo miré a los ojos y le dije: “¡Te felicito hermano!”. El me miró confundido. Y yo le dije: “Siento que estas perdiendo el miedo y abriendo el corazón”. Y efectivamente me contó cuanta libertad había ganado perdiendo su estatus, los amigos mediocres, la soberbia, la avidez. Sentía como si se hubiera caído de una confusa nube, y solo después de tocar fondo y poner los pies en la tierra, había podido entender el valor de las cosas simples, y a través de la simpleza, había llegado otra vez a su corazón.
Por el contrario, lo que es cómodo para nuestro ego, muchas veces termina siendo mortal para nuestra alma. Una amiga se quejaba de su relación. No confiaba en su pareja, había diferencias irreconciliables y no creía que era la persona con quien le gustaría formar una familia. Le dije: “Qué esperas, qué te mantiene ahí”. Me dijo: “Me da miedo quedarme sola”. Le respondí: “Si apuestas cobardemente, tienes que saber que el premio será pobre”.
Cuando negamos las crisis, cuando no estamos dispuestos a aventurarnos a las oscuras noches del alma, garantizamos la vida gris de los que ni pierden ni ganan, de los que lloran sin dolor y ríen sin ganas.
Necesitamos una actitud de más apertura, menos juicio y más coraje, si queremos estar a la altura de las lecciones de la vida. Debemos estar dispuestos a mirarnos honestamente y apostarle a la consciencia. Porque con esta última las crisis se vuelven oportunidades, los pecados, virtudes, y los fondos, nuevos comienzos.
Hay algo especial en las personas que encontraron la luz después de la noche oscura, que se equivocaron y aprendieron, que tocaron la muerte y volvieron, y que viviendo el desamor aprendieron a amar: tienen la paz de los que ya no tienen nada que perder, la gratitud de los que han sido redimidos, la calidez de los que abrieron el corazón, y la fuerza de los que ya fluyen con los movimientos de la vida. Son personas realizadas.
Dicen por ahí que hay dos momentos importantes en la vida: aquel en que uno nace, y aquel en que uno le encuentra sentido a la vida. Y yo creo que el sentido solo lo encontramos cuando aprendemos a entregarnos a algo superior a nosotros, aprendizaje que requiere que nuestro ego se cocine y se ablande en los pequeños o grandes infiernos, que tan generosamente nos da la Maestra Vida. Esa es la espiritualidad de la que hablaba Bowie.
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Documental
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Una mirada a lo que hace felices, a diferentes personas en el mundo. Disponible en Netflix.
Libros
Gracia y Coraje, de Ken Wilber.
El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl.
Nada es imposible, Audiolibro de Christopher Reeve, actor de Superman.
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