
Somos un resultado muy extraño de «evolución» biológica con su respectivo progreso a nivel cognitivo hasta llegar a ser conscientes de nuestra mortalidad. Ese es el punto de quiebre de la cruzada del hombre en la historia del universo, el momento donde ese animal se entera de que morirá. Este debió ser el álgido episodio al que aluden las Sagradas Escrituras en el que Adán y Eva comieron el fruto prohibido, el causante de la expulsión de la zona de confort, el paraíso de no saber. De aquel crucial viraje del dormir al despertar no nos dimos cuenta.
Aquí comienza la tragedia humana. La plusvalía del miedo a morir cuando por fin se tiene conciencia de la existencia como única prueba de ser. Nunca sabremos cómo se dio ese salto, cómo llegó ese primate erecto a conocer que para matar, fuera de tener hambre, había que tener una razón. Desde ahí su camino se convierte en un constante defender sus límites y glorifica el don de su identidad creando entes sociales más grandes donde ésta parezca multiplicarse y perpetuarse. Este mecanismo nunca ha cambiado, pues todavía creemos que en eso consiste vivir.
El hombre ha creado con su pensamiento el mundo que lo rodea y es lo suficientemente astuto para desentenderse de su obra, para no responsabilizarse de su contradicción, para no enfrentar el miedo a sí mismo, ese terror que sintió cuando advirtió que era alguien. Esto lo lleva a tejer la inexpugnable filigrana de su entorno, convirtiéndola por fin, en algo que parece ajeno a él. Y crea dioses a imagen y semejanza de su negación como artífice; dioses a la altura de su mediocridad, tanto así, que les atribuyen la creación de mundos como este. Creó armaduras complejas como la guerra, actuada en campos de batalla aparentemente externos a su mente, que es donde realmente tiene lugar, esgrimiendo justificaciones que aluden a la defensa de ideales, valores, pertenencias, caprichos. Pero el hombre prefiere no seguir la pista de su interna desesperación y pretende liberarse culpando a otros empuñando la bandera de «grandes» causas. Creó una arbitraria tabla moral, donde hay cosas malas y buenas, perdiéndose una y otra vez en esas zonas brumosas, esas que siguen revelando la impenetrable condición del hombre.
Me detengo en ese segundo de estupor, el mismo que instó al animal a pensar; me visitan las divagaciones que han dado vueltas en mi cabeza desde siempre, esperando ser aclaradas con el tiempo. Pero el tiempo es otra variable hechiza, otro andamiaje creado por nuestra pueril necesidad de encerrar la eternidad, otra idea que trae consigo el virus mortal que jamás tendrá cura. Con el paso del tiempo se renuncia humildemente a las respuestas.
Un día, ese animal que se irguió, sin saber cómo, pensó. Al mismo tiempo ocurre en él el milagro del amor, tan irrefutable como su muerte. Nace la imperiosa necesidad de exorcizar su sin salida a través del arte, de la bondad, del bien, porque la hermosura le ocurre al hombre con la misma virulencia que la maldad. Nuestra condición finita, acaso pudiera ser nombrada como una bella enfermedad sin remedio posible.
Esta primigenia incoherencia es la que se refleja en el andar errático del mundo, porque la llevamos dentro como una marca de agua, los ateos que aman y los creyentes que odian. Cómo podría ser de otro modo? Cuándo ha sido diferente? Ha habido o puede haber un mundo mejor o peor que este? Si todo él parece estar construido con el fin de defendernos de ese miedo originario que proyectamos en la forma de relacionarnos con todo lo que lo compone. De la forma más sorprendente, el pensamiento amoroso es el único capaz de invalidarlo, y de su mano es probable que volvamos gentilmente al sueño eterno de donde despertamos, tal como se encendió la llama de la consciencia, sin darnos cuenta.