Gracias a su varita mágica quité, metí, saqué, redondeé, aplané, borré, cambié y limpié pequeños detalles de la cabeza, tronco, extremidades y paisaje de mis invitados frente a las cámaras fotográficas. Un buen escote entró al cielo de los elegidos, gracias a que se le pudo cambiar a tiempo un bordecito con encaje que a primera vista parecía perfecto, pero que finalmente resultó lobo. Y todo sin que su dueña se diera cuenta. Simplemente desapareció.
Alguna vez unas piernas memorables necesitaron de una sombra sutil en lo más alto de su vértice o vórtice, como prefieran, para no pecar de atrevidas o impúdicas. Una mirada necesitó de dos perlas de brillo adicional, unas mejillas de una segunda nube de rubor, unos labios de otra pincelada fucsia y las manos de una diosa de un maquillaje extra para desvanecer sus venas como esculpidas en piedra. Ajustes todos, no cambios contra natura. Pero ahora que la modelo paisa Natalia París confiesa que se cansó del Photoshop y posa fresca como una lechuga, el tema del retoque pide que se vuelva a tocar. Claro que no todo está mal, si se utiliza como otra herramienta de maquillaje.
El problema es cuando se vuelve bisturí y de la mano de Merlín se desborda y pierde la razón al punto de crear, en busca de “la perfección”, sus propios monstruos. Así el Photoshop hay que clausurarlo en un cuarto para locos. Así hace daño. Así se convierte en una peligrosa distracción o falsa excusa para no ser más cuidadosos a la hora de la verdad, que es cuando estamos en plena sesión fotográfica, afinando la luz, escogiendo el vestuario, probando las poses e interactuando con un espacio.
Es nocivo el Photoshop que nos envenena la cabeza, nos relaja y nos convence de no hacer ajustes y correcciones de campo en el preciso instante en que el fotógrafo dispara. ¡Que se prendan las alarmas! cuando se vuelva habitual oír: “Tranquilo, eso después se arregla”.