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El arte supremo de amar

Amar a otro es un camino, un reto, que atraviesa por un necesario y profundo trabajo interior. ¡Atención a esto!

Por Sebastián Restrepo. Psicólogo gestaltista y sistémico.
10 de agosto de 2016
El arte supremo de amar

En la columna pasada escribí sobre el narcisismo como la enfermedad de nuestra época. Y expliqué que la verdadera maldición de una sociedad narcisista, donde cada uno deambula obsesionado con una imagen idealizada de éxito, es la falta de amor. Por eso quiero hablar del amor en esta columna. Y quiero hacerlo de la mano de Erich Fromm, un sabio humanista, que en su libro El Arte de Amar, hace unas reflexiones cruciales para esta sociedad del desamor. 

Lo primero que señala Fromm en su libro es que partimos de una premisa equivocada frente al amor. Creemos que es “una sensación placentera, cuya experiencia es una cuestión de azar, algo con lo que uno “tropieza” si tiene suerte”. Y no se trata de que no le demos importancia al amor: todos lo soñamos, lo anhelamos, lo sufrimos. Pero, y esto es lo irónico, casi ninguno piensa que hay algo que aprender acerca del amor. 

Y esta actitud facilista, ingenua y mediocre, que nos condena al desamor, se sustenta en tres errores de perspectiva garrafales que voy a enumerar a continuación:

El primero de ellos radica, según Fromm, en la creencia de que “el amor consiste fundamentalmente en ser amado, y no en amar, no en la propia capacidad de amar”. No nos digamos mentiras, nos pasamos la vida haciendo todo tipo de cosas para que nos amen: buscamos poder, dinero, éxito, belleza, glamour, sex appeal, virtud, sofisticación espiritual, por ejemplo. Hacemos cosas tan inverosímiles como comprar carros grandes, paralizarnos los músculos faciales y traicionarnos hasta la médula; solo para que nos quieran. Pero que a uno lo amen no es lo importante. La verdadera experiencia que transforma, llena y sana, es la propia capacidad de amar. Si el mismo trabajo que invertimos en nuestros patéticos intentos de comprar amor, lo invirtiéramos en aprender amar, sencillamente tendríamos otro mundo. 

El segundo error consiste en creer, como dice Fromm, “que el problema del amor es el de un objeto y no de una facultad”. Y por eso la gente cree que amar es facilísimo y que lo difícil es encontrar al príncipe azul, la media naranja, el alma gemela y todas esas expresiones que usan las almas facilistas para nombrar lo que la vida les debe. Esperamos el amor como una ganga, una lotería, un regalo de los ángeles. Lo esperamos como una mercancía perfecta, confortable, rentable, seductora. Y vivimos infelices porque el regalito cósmico no llega nunca, o cuando llega, tiene el frío de las cosas muertas, de los objetos. Pero la realidad del amor es todo lo contrario: amar es una facultad, y es lo más difícil, el máximo reto. Y una vez tenemos la facultad de amar bien afinada, a punta de sudor y sangre, amar a otro es fácil, en primer lugar, porque somos responsables y no facilistas y caprichosos, y en segundo lugar, porque ya no le exigimos lo imposible como condición del amor: que sea perfecto. 

El tercer error radica en creer que el amor es el enamoramiento. Me asombra con cuanta facilidad le damos una y otra vez crédito a ese milagro fortuito que nos lleva a creer que por fin encontramos a la perfección encarnada. Cada que llega repetimos esos “nunca” y “ para siempre” que rápidamente se diluyen cuando cae el encantamiento de la simbiosis psicológica y decae la oxitocina y vemos, de repente, a un despreciable ser humano que suplantó al príncipe azul o a la virgen inmaculada. Fromm se ríe un poco de esa idolatría del enamoramiento cuando dice que muchos enamorados “en realidad, consideran la intensidad del apasionamiento, ese estar “locos” el uno por el otro, como una prueba de la intensidad de su amor, cuando solo muestra el grado de su soledad anterior”. Por eso no se engañen, los enamoradizos en lugar de ser los verdaderos amantes, son los que carecen de amor. Porque este último solo surge cuando caen las máscaras y aparecen las personas, cuando se asumen las verdades y se exponen las mentiras, cuando la pasión le cede el camino a la ternura que estremece y cuando, en lugar de la locura apasionada, aparece la entrega lúcida, sentida  y consciente.

Estos tres errores nos ayudan a sostener, a pesar de las constantes y contundentes pruebas de lo contrario, que no hay nada más fácil que amar. Fromm lo resume magistralmente: “Prácticamente no existe ninguna otra actividad o empresa que se inicie con tan tremendas esperanzas y expectaciones, y que, no obstante, fracase tan a menudo como el amor”.

¿Cuál sería entonces una actitud más sana frente al amor? Para Fromm el amor es un arte y por eso requiere conocimiento y práctica. 

Requiere conocimiento del hombre, del alma, del corazón, de los órdenes del vínculo, de las condiciones de la felicidad, de la sombra, de las vicisitudes del deseo, del sentido de la vida, de la verdadera libertad, de la polaridad sexual, del sufrimiento, de la pasión y la virtud, entre muchas otras. Solo una persona que ha hecho un profundo camino interior, que ha encarado sus demonios, que ha trascendido sus cegueras, amado sus desilusiones, rendido su narcisismo, sanado los vínculos tóxicos de su familia de origen, y encontrado un propósito, está lista para la tarea de la entrega. El conocimiento que requiere el amor, es la maestría del arte de vivir, y esa maestría se llama sabiduría. El amor no es lo accesorio, es lo esencial, lo medular de nuestra existencia.

Con respecto a la práctica amorosa, lo primero que hay que decir es que no hay recetas. Pero Fromm nos sorprende con algunos requisitos para la práctica de cualquier arte en general, y del amor, en particular: disciplina, presencia, paciencia, cuidado, fe, coraje y entrega. ¡Qué lejos está este amor de nuestra práctica amorosa contemporánea basada en la pasividad, la distracción, el afán, el descuido, la desconfianza, la cobardía y el egoísmo. 

Creo que por eso decía el poeta Rilke: “Que un ser humano ame a otro; esa es la labor más difícil, más esencial, la última prueba y evidencia, el trabajo para el cual todo otro trabajo es solo una preparación”. 

No creo que los realities, las vitrinas, las redes sociales y las selfies, nos estén preparando para la altura del reto.

Foto: Istock. 

 

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