
Nuestra época presenta una difícil paradoja en lo que respecta al amor en pareja: nunca lo habíamos necesitado tanto, pero nunca había sido tan difícil amar. Antes nos unían la religión, la tradición y las costumbres. Antes existían las familias extensas. Antes la gente se casaba “hasta que la muerte nos separe” y la mayoría honraba ese juramento aunque no hubiera amor. Ahora nos une el amor en pareja, y de ese lazo, algunas veces etéreo y desconocido, depende la profundidad de los vínculos que establecemos. En esta era de la soledad y el anonimato, el amor es la única alternativa que encontramos.
Y no obstante le apostamos al narcisismo y no tenemos espacio para un otro de verdad. Los modelos de amor de que disponemos son patéticos, los imaginarios que manejamos sobre el amor son ridículos. Cabalgamos entre lo que nos dicen Disney y Corín Tellado y la verdad de nuestra frustración amorosa. Y lo que más me impresiona es cómo, si todo el tiempo buscamos el amor, nos empecinamos en una inconsciencia deliberada sobre las verdades del amor, el alma y la existencia.
El poeta Rainer María Rilke decía: “El amor de un ser humano hacia otro: esto es quizás lo más difícil que nos haya sido encomendado. Lo último, la prueba suprema, la tarea final, ante la cual todas las demás tareas no son sino preparación. (…) Solo en este sentido, es decir, tomándolo como un reto y una oportunidad, es como deberíamos valernos del amor que nos es dado”.
Es imperioso que hagamos una revolución en cuanto a nuestra actitud amorosa. Ya no tenemos salida, o aprendemos a amar, o caemos al abismo. Y esta revolución empieza por revisarnos profundamente y volver a darle al amor su grandeza, mientras nosotros volvemos a una sana pequeñez. Y por eso precisamente, porque el amor es “la prueba suprema para la cual todas las otras son preparación”, no solo creo que tiene que haber segundas oportunidades en el amor, sino que estoy convencido de que no hay amor sin segundas, terceras, cuartas, quintas, etc., oportunidades.
Cambiemos la lógica, dejemos de pensar que el amor llegará de la nada y arreglará nuestra vida por arte de magia; más bien asumamos que debemos aprender a vivir y una vez tengamos la grandeza para honrar la vida, entonces estaremos listos para el amor. Debemos tener algo para entregarle: madurez, fuerza espiritual, coraje, libertad, realización, sabiduría. Por eso creo que, sin tener nada contra los primeros amores, el amor grande solo llega cuando ya hemos vivido suficiente.
El amor no es para principiantes. Y ante el amor todos lo somos. Por eso debemos verlo como un reto supremo. Por eso tendremos que chocarnos muchas veces, tendremos que herir nuestro ego, hacer malas elecciones, reconocer nuestra deshonestidad y romper nuestro infantilismo, hasta que el amor tenga espacio para florecer sin desgarrarnos. Tendremos que perder muchas veces para ganar.
Si aceptamos que no hay amor sin muchas oportunidades, que en el amor no existe la suerte de principiante, si nos atenemos a que el camino va a ser largo y lleno de curvas, entonces podemos preguntarnos: ¿qué es lo crucial para atravesar las crisis, para aprender a caer y levantarse, para quemarse y salir de las cenizas?
Y yo creo que lo primero es tener una visión aterrizada. No le pida peras al olmo; no le exija al amor, desde la primera mirada, que dure para siempre; no le pida que no duela nunca; no espere de éste comodidad; no pida certezas totales; no lo ponga al servicio de su susceptibilidad; no se enfade cuando éste le muestre sus farsas y sus verdades incómodas; no lo embuta en su pasado; no lo urbanice con el futuro que fantasea. Y sepa que hay veces que muere, como las personas. Pero fresco que el amor, a diferencia de nosotros, renace.
Después viene la actitud. Usted tiene dos opciones cuando un amor se acaba y duele: o se victimiza, cierra el corazón y pelea con la vida por ingrata, o se para, abre el corazón, afina los ojos para ver qué fue lo que pasó y qué tiene que aprender de la historia y se acerca un poco más a usted y a la vida, entendiendo que si usted es sensato la verdadera historia de amor nunca termina. Tal vez sea útil decirle a su destino: al son que me toques bailo.
Ilustración: Jorge Ávila
Si optó por la segunda, deje que el dolor lo transforme. Deje que su visión del amor se caiga, revise las apuestas que hizo para que se disponga a cambiarlas, no pierda la elegancia aunque el dolor lo rompa por dentro, respire profundo y llore lágrimas de tristeza y gratitud. Tenga paciencia, presencia y deje que la consciencia, al menos en este momento, prime sobre el orgullo. Los orgullosos son siempre los que pierden en el amor.
A estas alturas podrá entender que los fracasos amorosos no son asuntos de víctimas y victimarios, ni de abandonos. No crea que un clavo saca otro clavo, solo lo entierra más hondo y lo vuelve más doloroso. Por ningún motivo utilice la estrategia del avestruz. La cabeza en alto, los ojos abiertos, el corazón sintiente: esa es la actitud.
Es un asunto de higiene afectiva; hay que vivir los duelos. Y eso se hace sintiendo, aceptando, pagando las deudas, cerrando los pendientes, haciendo despedidas, con belleza y sobriedad. Hacer un duelo es soltar, des-ilusionarse, reconocer. Es también un acto de humildad: el amor no es como queremos nosotros, sino como la vida quiere. Recuerde que un duelo no es la enfermedad, sino la medicina. Vaya a la esquina del cuadrilátero y sánese con paciencia. Si cierra bien las puertas, se abren bien otras.
Si asumimos así las pérdidas, las caídas, los accidentes amorosos, cada herida nos ayudará a crecer y fortalecernos. El amor es un camino. Y hasta los amores más duros son grandes maestros al servicio del Amor. Si aprende a soltar, pero sin tirar la toalla, si aprende a des-ilusionarse sin perder la fe y la apertura, si el amor es para usted un trabajo interior que no termina y no un ‘baloto’ que la vida le debe, habrá muchas oportunidades. Muchas, incluso si el suyo es un amor que dura toda la vida.
Foto: Instagram Shakira.